Determinadas cualidades pueden ayudarnos a convertirnos en líderes de excelencia. La palabra, el cuidado en las formas y el estímulo permanente, son algunas de las claves. 

Por Bernardo Stamateas
Colaboración Especial 

Procurar la excelencia en nuestra vida nos convierte en personas interesantes, atractivas, y como resultado las puertas se nos abren. No siempre llega a la cima el más capaz, sino aquel que sabe relacionarse con los demás de manera efectiva.
Un líder de excelencia sabe cómo conducirse con aquellos que tiene a su cargo. Estas son algunas de sus características:
>> Emplea palabras que elogian. A nadie le gusta ser criticado. La crítica duele. Un buen líder sabe qué palabras usar y por lo general es positivo en su forma de hablar: “¡Qué bien te salió esto que hiciste!”; “¡qué linda está tu oficina!”. Siempre existe algo que podemos elogiar en los demás, solo tenemos que proponernos hacerlo a menudo.
>> Emplea palabras que generan expansión. Las palabras provocan emociones y decisiones en la gente. Saber usarlas de manera correcta es un arte que no todos dominan. Veamos algunos ejemplos:
-Palabras amables: “Por favor”; “gracias”; “fue un gusto”. Cortas pero con resonancias infinitas. 
-Palabas que piden: “¿Puedo pedirte un favor?”; “¿podrías darme tu opinión al respecto?”; “necesito cinco minutos de tu tiempo”. 
-Palabras que unen: “Esto lo podríamos resolver juntos”; “tu opinión es muy valiosa para mí”; “es mejor si lo hacemos entre todos”. 
-Palabras que preguntan: “¿Me estás diciendo que…?”; “¿qué te parece esto?”; “¿qué pensás al respecto?”; “me dijeron esto de vos, ¿es verdad?”. 
-Palabras que animan: “Esto es extraordinario”; “te felicito por tu trabajo”; “maravilloso”; “muy bueno”; “contame qué pasó”.

Cuestión de formas 
Las personas escuchan más cómo lo digo que lo que digo. 
Algunas palabras que deberíamos evitar porque no expanden son: “Debés”; “deberías”; “tenés que”; “te exijo”; “siempre”; “nunca”; “sí, pero”; “qué lástima”; “te robo un minuto”; “¿cómo era tu nombre?”; “¡qué cara de…!”. 
>> Es servicial. Siempre tiene algo que ofrecerle a la gente y piensa en cómo ayudar y motivar al otro para que sea exitoso en su tarea y avance a paso firme. Piensa en los demás, antes que en sí mismo. Su valor se encuentra en lo que lleva en su interior para compartir con otros. 
>> Tiene entusiasmo y persuasión. El verdadero líder sabe comunicarse paralingüísticamente, es decir que, además de usar las palabras más adecuadas, gesticula, mueve todo el cuerpo, etc. 
El resultado de un estudio arrojó que estudiantes con una actitud más relajada son más receptivos al escuchar que aquellos que se cruzan de piernas y de brazos. Este último grupo retuvo menos que los otros y fueron más críticos con el profesor. 
>> Arma una cultura del favor. Favor es una gracia inmerecida, un amor que va más allá del merecimiento. Como líderes, en cualquier ámbito que nos movamos, necesitamos armar una cultura del favor. Es decir organizar y establecer gente que estratégicamente preste atención al otro y satisfaga sus necesidades. De esta manera los demás se sentirán no solo motivados, sino además cuidados y valorados. 
El líder de excelencia no solo es agradable, sino que forma personas agradables que emularán su comportamiento y transformarán su entorno para bien.


DESTACADO 
Las personas escuchan más cómo lo digo que lo que digo.

RECUADRITO 
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

 

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