El omnipotente todo lo puede, todo lo quiere y no acepta un “no”. Su personalidad puede parecer motivada y pujante, pero esconde detrás inseguridades y narcisismo. 

Por Bernardo Stamateas

Colaboración Especial 

Seguramente en algún momento de la vida te hayas cruzado con personas omnipotentes, personas que creen que todo lo saben y todo lo pueden. Así es como piensan este tipo de personalidades. El omnipotente todo lo puede, todo lo quiere, no acepta un “no”. Sin embargo, si bien está muy bien querer avanzar en la vida, querer todo muchas veces es una posición infantil. Y nos impide negociar, priorizar y escoger. Una persona omnipotente piensa que es Dios, o quiere ser como Dios.
¿Qué es la omnipotencia entonces? En realidad es uno de los mecanismos de defensa primarios y está basado en la idea: “Todo lo que quiero, lo puedo lograr”. De esta manera el omnipotente se siente frustrado una y otra vez cuando se da cuenta de que no puede lograr siempre hacer “su voluntad” y vive sin reconocer ni tener en cuenta la “voluntad de los demás”, a quienes solo considera funcionales al logro de sus objetivos. 
El omnipotente puede parecer una persona altamente motivada y con iniciativa, pero en realidad solo piensa en sí mismo y no tiene la capacidad de relacionarse de manera sana con los demás, ya que solo puede mirar “su propio ombligo” y poco le interesa el bienestar del otro.

Rasgos 
Veamos ahora los rasgos más sobresalientes de este tipo de personas:
1.    No se conoce a sí mismo ni respeta a los demás. En el fondo se siente impotente, por eso alimenta la ilusión de que es “todopoderoso”, lo que intentará hacerle creer a la gente aunque se trate de algo completamente irreal.
2.    “Vende” su grandeza. El omnipotente, con su personalidad centrada en su propia persona, “vende” seguridad en sí mismo, decisión, ambición, fortaleza. Hasta que aparece alguien que sabe más que él y empieza el conflicto. O hasta que, con el paso del tiempo, la gente que lo rodea se da cuenta de que no es tan maravilloso ni único como él pretende hacerles creer. La autopromoción provoca el efecto contrario al deseado. Si alguien dice: “Estas son mis virtudes”, difícilmente le crean.
3.    Reta a los demás. El omnipotente se queja permanentemente de todo y pone bajo amenaza al otro con frases como: “¡No sabes quién soy yo!” o “Ya verás lo que te voy a hacer”.
4.    No sabe liderar. En general es un mal líder, ya que por creer que él todo lo sabe y lo puede, no valora a sus colaboradores.
5.    Es “rey mago”. Es el que siempre invita, siempre paga, siempre da, siempre trae regalos.

¿Cómo hacer entonces para dejar atrás la omnipotencia?
Comenzando por comprender que los éxitos no nos dan la felicidad, son los errores los que nos ayudan a crecer. No nos avergoncemos de nuestros errores, sino aprendamos de ellos. Aunque para el omnipotente esto no es fácil, es posible reducir un poco la marcha y saber que podemos errar. Flexibilizarnos, saber negociar, nos hace también un poco más humanos.
Lo más importante es poder aprender de nuestros errores y que podamos corregirlos para no seguir repitiendo la misma equivocación una y otra vez. Evitemos vivir en un grado de omnipotencia tal que nos haga terminar solos el camino.
Reconocer nuestra humanidad, nuestra finitud, nuestros “no puedo” en algunas situaciones, nos conduce a descubrir nuestros puntos fuertes, nuestros “sí puedo” que reforzaremos y nos permitirán ser autónomos. Nadie lo puede todo pero todos podemos algo. Somos seres sociales y nos necesitamos unos a otros para complementarnos, solidarizarnos, asistirnos allí donde sea necesario y bendecirnos.

EL DATO 
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

DESTACADO 
Es importante comprender que los éxitos no nos dan la felicidad, son los errores los que nos ayudan a crecer. No nos avergoncemos de nuestros errores, sino aprendamos de ellos. 

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