POR JOSE CESCHI

¡Buen día! En las poquísimas fotos de chicos aparezco siempre serio, sin un atisbo de sonrisa. No es que no fuera feliz mi niñez. No se estilaba la sonrisa. ¿Por qué? Simplemente porque no se estilaba. Los únicos chicos que aparecían sonriendo eran los que, en el momento del flash, festejaban algún comentario de un integrante del grupo fotografiado.
En mi preadolescencia, algún compañero un poco mayor tuvo la mala idea de burlarse varias veces de mi sonrisa, entonces tímida y apenas esbozada. Para verificar si era tan poco atractiva yo acudía al espejo y el espejo me devolvía una sonrisa tan forzada que me resultaba intolerable.
Tomé una dolorosa decisión: no sonreiría nunca más. Hablaría siempre serio, como lo hacían algunas personas grandes. Así nadie podría burlarse de mi sonrisa.
Como esta decisión no encajaba con mi temperamento, varias veces me sorprendí sonriendo. Alguien tuvo la buena idea de fotografiarme a escondidas mientras sonreía. Puede constatar entonces que mi sonrisa, lejos de ser tan horrible, era normal.
Pasaron los años. Tenía algo menos de cuarenta cuando inicié la filmación de “Las buenas noches”, un micro de cierre para TV. Unas veces aparecía serio, otras sonriente. Me sorprendí de las veces que los televidentes me pedían que sonriera. Algunos (algunas, más exactamente: viejitas, sobre todo) decían en sus cartas que los hacía bien verme hablar sonriendo. Siempre terminaba el micro diciendo: “En nombre de ese Dios que lo quiere, la quiere con un amor infinito, ¡buenas noches!”. Ese saludo final tenía que iluminarse necesariamente con una sonrisa, aunque el tema reflexionado fuera triste.
Aun hoy, al filmar los micros “Pausa en familia”, los técnicos de audio y video me lo recuerdan cuando me pongo serio: “¡Sonría, padre!”, es una sugerencia reiterada muy seguido.
He querido compartir la historia íntima de mi sonrisa. Pienso que puede ayudar a alguno, angustiado por su sonrisa como lo estuve en mi adolescencia. He llegado a comprender que no existe sonrisa fea cuando brota el corazón. 

¡Hasta mañana!

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