Adentrarse en la República Dominicana es hacerlo en un mundo donde el color de su edificios coloniales y de sus aguas turquesas se mezcla con una gastronomía a base de frutas y mariscos y con el ritmo latino que late en todos y cada uno de los rincones de este país caribeño.

Por Beatriz Mapelli
Para EfeTur
Hola Santo Domingo. Son las 19.30 horas, nada más abandonar el Boeing 787 Dreamliner de Air Europa recién aterrizado en el Aeropuerto Internacional de Las Américas, lo primero que se advierte es ese golpe de humedad propio de un país que hace gala de su condición de caribeño. Y, después, al tiempo que se aclimata el cuerpo, esas ganas de que arranque el día para poder descubrir todo lo que ofrece este destino que ocupa dos tercios de la isla La Española -compartida con Haití-, en cuyos 48.442 kilómetros cuadrados de superficie se distribuyen multitud de propuestas turísticas integradas en una extraordinaria naturaleza.
Amanece en la capital y todo está dispuesto para asombrar al turista con joyas patrimoniales, museos con historia, gastronomía, playas paradisíacas y la amabilidad de sus gentes, que suman más de nueve millones según el último censo de 2015.
Aquí, los más de cinco millones de extranjeros que visitan República Dominicana cada año pueden descubrir una ciudad colonial reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. El corazón turístico de la urbe se extiende por una cuadrícula formada por 16 pequeñas calles adoquinadas y salpicadas de joyas arquitectónicas de los siglos XVI al XX, que se intercalan con vendedores ambulantes y puestos callejeros en los que saciar la sed con un refrescante jugo tropical.
Entre las paradas imprescindibles está el Parque Colón, una plaza poblada de árboles y palomas blancas, abrazada por la arquitectura colonial, republicana y moderna, y dominada por la estatua del descubridor. Justo al lado espera, la Catedral, con más de 500 años de antigüedad, techos de estilo gótico y pinturas al óleo del período colonial. También resulta interesante visitar el Alcázar de Colón, un palacio de estilo gótico y renacentista construido en 1512 por Diego, el hijo de Colón, y su esposa, María de Toledo, sobrina del Rey de España; se considera “la residencia virreinal más antigua de América”, según Turismo de República Dominicana.

Ciudad colonial 
Entre las céntricas calles de la capital, los visitantes encuentran también la Fortaleza Ozama, “la primera estructura militar permanente construida por los españoles en América”, a principios del siglo XVI; cuenta con una torre de cinco pisos y una plataforma de vigilancia que ofrece vistas panorámicas al río Ozama, que atraviesa la ciudad. O el Museo de las Casas Reales, que ofrece un recorrido por la historia del país, desde 1492 hasta su independencia de España en 1821.
La ciudad invita a visitar el Faro a Colón, terminado en 1992, donde reposan los restos del famoso explorador europeo y donde se exhiben distintos objetos históricos, y a pasear por el malecón, un bulevar de más de 14 kilómetros que se extiende frente al mar Caribe. La oferta se completa con tiendas -en las que adquirir especialidades dominicanas como cigarros, ron, chocolate, café, ámbar y larimar- y multitud de restaurantes en los que saborear especialidades locales sazonas con condimentos como orégano, ajo, cebolla, pimientos, tomates o alcaparras.

Punta Cana
Con la maleta llena ya de recuerdos, recorremos en autobús las casi dos horas que separan la capital de otro popular destino del país: Punta Cana. Aquí se congregan parte de los más de 1.600 kilómetros de costa y 400 kilómetros de playa de los que presume la República Dominicana. La primera imagen es un escenario salpicado de grandes complejos hoteleros, resorts que miran al mar y que harán las delicias de los turistas con un amplio abanico de propuestas de ocio y bienestar.
Y es que esta tierra se vale de su arena blanca, sus aguas turquesas y sus cocoteros para conquistar al viajero. Si a ello se suman los once campos de los que dispone a lo largo de la costa para los amantes del golf, los llamativos hoteles, la infinidad de actividades deportivas y, de nuevo, la rica gastronomía, el resultado es, simplemente, maravilloso.
Por la noche, además, se puede bailar al ritmo del merengue en los numerosos locales que hay en la ciudad. Como Coco Bongo, que emerge dentro del centro comercial Down Town Punta Cana, entre exclusivos restaurantes y los cientos de turistas que le rinden pleitesía ante su puerta, practicando los pasos que, una vez dentro de este aparente coliseo romano, darán en una atmósfera festiva sin parangón, donde los shows, los acróbatas, los tributos a grandes artistas, las sorpresas y la más moderna tecnología harán el resto.
Desde la autopista recién estrenada se puede poner rumbo a otros rincones como La Romana, un destino donde se dan cita lujosas villas, galerías, tiendas, campos de golf, playas y extensos cañaverales. Desde aquí, resulta imprescindible mimar los sentidos en la Isla Saona, ubicada en el Parque Nacional del Este, un paraíso terrenal que se ha ganado a pulso ser considerada “la atracción natural más visitada del país”.
Junto a este, otros rincones que bien vale la pena descubrir son Samaná, Puerto Plata, Santiago o Barahona, destinos todos ellos que comparten con los anteriores sus atractivos espacios naturales, su historia y su gran riqueza turística. Por lo demás, una experiencia repleta de vivencias, ocio, bienestar y descanso que, de vuelta en ese Boeing 787 Dreamliner, se traduce en una promesa: “Volveremos”.

 

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