La muerte de Fidel es el epílogo que le faltaba al siglo XX. El remate de una centuria que tuvo de todo y para todos.

 

Por Gonzalo Sarasqueta (*)

Irrumpe un presidente (pre) apocalíptico, se apaga otro (pos) romántico. Sale Fidel Castro, entra Donald Trump. Cambio bisagra en la historia contemporánea. “Lo nuevo acaba de nacer y lo viejo termina de morir”, parafraseando a Antonio Gramsci. Ahora, sí, el plato fuerte del siglo XXI; atrás queda la transición con su predecesor. Megalíderes distópicos, muros aquí, atentados allá, ciberejércitos, guerras en cuotas, racismo mutando en sentido común en “el paladar de la civilización” y un Papa “progre” son algunas de las estrofas de este cambalache con final abierto.
La primera lectura al vuelo sobre la muerte de Fidel, probablemente, se acote a la realidad cubana. Ahí, de hecho, se concentraron casi todos los parlantes de la opinión pública, que se mostró bastante alérgica a los matices. La mayoría optó por el guión dicotómico. Las redes sociales fueron una prueba fehaciente. Y hay motivos: la isla, por sus transformaciones radicales -institucional, cultural y social- provocó un surco profundo en el debate político mundial. Nuestra grieta, en comparación, un bachecito.
Pero, por una jugada, desactivemos la lógica binaria Miami-La Habana, veamos los grises y probemos algo tibio. Empecemos por el cuarto oscuro del país caribeño. La nación que parió a José Martí carece El capitalismo se saca la última piedra (simbólica) del zapato. Se acabó el lado B del casete. Campo abierto para Vladimir Putin, Xi Jinping, Trump and company. de un piso democrático mínimo: hay un sistema de partido único; no hay elecciones abiertas, periódicas ni transparentes; tampoco libertad de asociación, mucho menos de pensamiento; y existe una violación sistemática a los derechos humanos, que va desde casos de tortura a opositores, pasando por fusilamientos a rebeldes, hasta persecuciones a homosexuales (ver Antes que anochezca, interesantísimo film sobre la dramática vida del escritor Reinaldo Arenas). Como abrevió, allá por abril de 2003, Eduardo Galeano en un artículo quirúrgico, sensible y, sobre todo, catártico de Página 12: “Cuba duele”.
Las luces que brillan desde el archipiélago, al menos para la progresía ecuménica, son conocidas. Según la Unesco, su tasa de analfabetismo es la más baja de América latina, 0,2% (la media es de 11,7%); su escolarización primaria es del 100% (contra el 92% de la región); la mortalidad infantil es de 4,6 por mil habitantes (32 por mil en el resto del continente); la esperanza de vida es de 78 años (70 para los vecinos); y su tejido social es uno de los más igualitarios del barrio latino. El parqué del Estado de bienestar completo, aunque sin la escalera de la movilidad social.
Ahora, si tomamos distancia de la patria suplente del Che y nos mudamos al planisferio, brota otra apreciación, de tinte más geopolítico y menos proclive a emociones de alto voltaje. Espiemos.
Sentada China en la mesa del capitalismo glotón, al álbum comunista ya no le quedan figuritas de resonancia mundial. Pocos sabemos el apellido de los césares de Laos o Vietnam del norte. Sólo un puñado de internacionalistas están al tanto, quizás por sus excentricidades o sus improperios diplomáticos, del de Corea del Norte: Kim Jong-un. Pero no mucho más. Fidel era el último hit del socialismo real. Un déjà vu de la Guerra Fría. El ladrillo del Muro de Berlín que quedaba por caer.
El capitalismo se saca la última piedra (simbólica) del zapato. Se acabó el lado B del casete. Campo abierto para Vladimir Putin, Xi Jinping, Trump and company. Con la extinción -en capítulos- de la izquierda latinoamericana, el neoliberalismo, en sus diferentes envases retóricos, pero con la gula de siempre, vuelve a ponerse la servilleta en el cuello. El tenedor libre lo espera.
Porque vale recordar, y esto socialdemócratas de envergadura como Olof Palme (dicho sea de paso, gran amigo de Fidel) lo sabían: la época dorada del Estado de bienestar (post Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de 1973) coincidió con el momento más tenso entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Cuando el capitalismo, temeroso de los niveles de igualdad que ostentaba su antítesis, sintió algo de culpa y debió mostrar su costado más humano. Dicha concesión produjo interesantes experimentos híbridos, que conjugaron derechos individuales con derechos colectivos. Fue la luna de miel entre la democracia instrumental (reglas procedimentales) y la democracia sustantiva (bienestar de la mayoría). Hoy en día, sólo los países nórdicos de Europa mantienen ese romance.
La muerte de Fidel es el epílogo que le faltaba al siglo XX. El remate de una centuria que tuvo de todo y para todos. Lo que viene, en cambio, suena a relato único. ¿Fukuyama is back? Parecería. Aunque, desde diferentes esquinas del planeta, varios líderes amenazan con desafinar. Francisco, Manuela Carmena, Sadiq Khan, Ada Colau, Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, por ahora, se anotaron a este coro de irreverentes. “¿Quién dijo que todo está perdido?”.

(*) Nota publicada en infobae.com

¿Qué Sentís?

    Compartir el voto en Facebook
    Ud. ya ha votado el artículo

    + Opinión

    Tapas del día
    Columnistas