Este año que comenzó es una gran oportunidad para poner en funcionamiento tres virtudes que nos pueden ayudar a mejorar como personas: esperanza, entusiasmo y constancia.

Por Elizabeth Santángelo                                                                                      
Colaboración Especial 

¿Balance de actividades y experiencias? ¿Metas actuales y futuras? Son las alternativas que surgen cuando finaliza un año calendario y empieza otro. Me pregunto si hay un límite real entre uno y otro, y la respuesta es: no. ¿Por qué? 
Todo lo que fuimos experimentando a lo largo del año que terminó nos ha brindado satisfacciones. O quizás estás pensando: “¿Cuándo será el momento en que se presenten mejores oportunidades para mí?”. Un año con proyectos, propósitos y desafíos nuevos es significativo, pero mejor aún, es considerar que ese cambio se origina en nuestro propio pensamiento y no en el ciclo de un nuevo año. 
Que te vaya bien durante el año no depende de un gobierno, ni de medidas económicas, ni tampoco del nivel intelectual. Los temores e inseguridades pueden ser vencidos desde el comienzo, en este mismo momento.
Al reconocer que vivimos en un eterno ahora, generamos acción y no postergación, y ese sentido de actividad, hace que cada día sea el desarrollo armonioso en todos nuestros asuntos, incluso la salud física, mental o emocional.

El propósito verdadero
En un mensaje que Mary Baker Eddy, quien desarrolló la Ciencia Cristiana, impartió a sus alumnos bien puede ilustrar el ánimo y receptividad con que empezamos esta nueva etapa: “El único propósito de la verdadera educación es no sólo hacernos conocer la verdad, sino vivirla, disfrutar haciendo el bien; no trabajar en los días de sol y huir en la tormenta, sino trabajar en medio de nubes de iniquidad, de injusticia, de envidia, de odio, y esperar en Dios, el fuerte libertador, que recompensará la rectitud. Como tus días serán tus fuerzas”. 
Tener en cuenta que cada día simboliza el desarrollo del bien, ese día no concluye sino que continúa avanzando.
Qué bueno es pensar que todo lo que aconteció durante el año, fue para extraer lo bueno de una enseñanza; aún si las cosas no se presentaron como queríamos, es la oportunidad de madurar, un aprendizaje que contribuye a sentirnos renovados y con mayor solidez ante la vida.
Utilizar de esa manera el tiempo, es sabio porque aprovecharemos cada experiencia, no dejándonos envolver por planteos improductivos, pérdida de tiempo, o razonamientos vacíos. El estancamiento limita la acción.
Si lo que hemos experimentado fue un año de tropiezos y fallas, o te encuentras con una salud deteriorada no te desalientes, comienza con esperanza, entusiasmo y constancia.

Un año virtuoso
Son tres virtudes que no debes olvidar: esperanza, entusiasmo y constancia, pues con ellas estás preparado para empezar bien y terminar bien tus proyectos y ocuparte de tu bienestar.
Me planteo cómo enfrentaría Jesús el comienzo de un nuevo año.
Su propósito era elevado: llevar a la humanidad un mensaje de cambio en el corazón, establecer la salud donde parecía reinar la enfermedad.
Demostrar abundancia donde la escasez y limitación trataban de convencer y desalentar a las multitudes.  Sus aspiraciones eran válidas porque no eran egoístas, pensaba en los demás más que en sí mismo. 
En esta nueva etapa de la vida que comenzó es bueno preguntarse: ¿Será buena para mí, será buena para los demás? Claro que sí, pues la vida te demanda una búsqueda interior para saber y tener presente que tu identidad espiritual es valiosa para ser reconocida en cualquier momento del año.
El cambio que esperamos que ocurra en cada experiencia, indica la necesidad de un cambio interno.  Este cambio conduce a la salud integral y a la renovación.
Teniendo en cuenta todo esto, me gustaría que tengan un muy buen 2017. ¡Feliz Año!


EL DATO 
Elizabeth Santángelo forma parte del Comité de Publicación de la Ciencia Cristiana, en Argentina, y columnista en medios de Capital e Interior del país.
Twitter: @elisantangelo1

 

 

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