El disconforme lógico, coherente, busca apelando a su natural vía de compromiso, expresarse de todas maneras con toda su voz. No quedarse callado. No sumar silencio. Sino aportar su elocuente versión que aunque crítica, no cometa el obsecuente servicio, de aprobar porque sí. En su estado cabal de sentido común, la madre de todas las razones. Porque es más cómodo. Porque no arriesga. Pero quedarse callado es peor que identificarse en oposición, solo por hacer la contra nada más, por romper con el trazado correcto. Es la elección no atinada ni conveniente.
Desde siempre el hombre, tuvo esa virtud. Virtud que requiere grandeza y valor, determinación y argumento. Se necesita como dicen los finlandeses, tener "sisu", es decir tener agallas. Porque está en uno la elección para poder mejorar su ámbito para vivir felices y ser mejores. En estos días donde nada bueno es tenido en cuenta, porque la corrupción destroza sembrado desconfianza, el disconformismo molesto pero razonable, es una vía para enmendarnos procurando acercarnos para que las diferencias tengan lugar y el consenso logre un gratísimo reencuentro siempre y cuando las causas sean buenas, porque de habernos callados, no se hubieran limado diferencias a tiempo. Diferencias de criterio, de razón, de comprensión, que consensuadas son justas y certeras.
Vietnam y su guerra estéril, hizo que Joan Báez en Estados Unidos no callara su voz  pidiendo paz. Fue su tema "We shall overcome" la bandera del disconformismo, que más tarde con el advenimiento de la Democracia en la Argentina, año 1983, también Jairo cantara a capella en el obelisco, el tema versionado en castellano por María Elena Walsh, "Venceremos", cuyo versos más resonantes exigen, "Sólo la justicia, / sólo con justicia, / nos haremos dueños / de la paz. / Quiero que mi país / sea feliz / con amor y libertad”. Pero claro, mucho antes ya, Enríque Cadícamo, adelantándose a Discépolo y su "Cambalache", hizo oír su grito con su tango, "Al mundo le falta un tornillo": "El ladrón es hoy decente / a la fuerza se ha hecho gente, / ya no encuentra a  quién robar. / Y el honrao se ha vuelto chorro / porque en su fiebre de ahorro / él se afana por guardar". El estar disconforme de alguna manera  es un termómetro que preserva que nadie se queme en su propia hoguera, porque la furia necesita decir lo que a otros les cuesta expresar. Esa tarea no decidida, preservada, bien guardada, por quien calla a pesar de todo y no habla por temor a identificarse, faltando al libre derecho de expresión, se traiciona a si mismo.
Esa libertad tuvo adalides que por mérito y necesidad, no callaron, trascendiendo  a través de su obra y actitud personal frente a la vida. Rodolfo Walsh, autor de un periodismo picante, crítico, certero. Poetas como Armando Tejada Gómez, autor con Isella de "Canción con todos", que ante la amenaza de la Triple AAA de incluirlo en una lista negra, evidenciándolo ante el Gobierno de facto, lo obligaron a escribir con seudónimo prescindiendo de su nombre propio. Muchos que adoptan la objetividad como prioritaria, elección correcta y muy saludable, toman ese camino lógico y concreto, peligroso en ciertas épocas, se acostumbran felizmente andar con la verdad siempre a cuestas en un acto natural y ético. Discépolo, por ejemplo, adopta una visión de denuncia casi extenuada de reclamo, agotada de pedir, pero nunca deja de nombrar a las cosas por su nombre. Es decir, no ceja en el empeño. "Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor..! / Ignorante, sabio o chorro,  generoso o estafador..!" En el decir popular está la cosa, la vía por hacer oír nuestro espanto; discrepar sin callar. "No hay aplazaos ni escalafón / los inmorales / nos han igualao”. Lo sintetiza de alguna manera también, el autor Julio Ferrer, en el prólogo de su libro "Osvaldo Bayer íntimo", "Los invito a este recorrido: podrán encontrar a un auténtico militante de la vida, un intelectual al servicio del pueblo, un incansable buscador de utopías, un revolucionario que todavía cree- y lo seguirá haciendo- en la rebeldía y la esperanza. "Pronunciarnos más que adoptar el desdén, es palabra sagrada, movilizadora, activa, bienhechora”.

Adalberto Balduino

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