En el lugar, que trae al recuerdo la saga de películas de fines de los 80, se encuentra uno de los paisajes de belleza más indómita del Reino Unido: la Isla Skye, la más grande del país.

Por Alejandro San Martín
En las Tierras Altas de Escocia, los Highlands -que trae al recuerdo la saga de películas de fines de los 80 interpretadas por Christopher Lambert y Sean Connery- se encuentra uno de los paisajes de belleza más indómita del Reino Unido: La Isla Skye, que con sus más de 1.600 kilómetros cuadrados (72 millas de norte a sur), es la más grande del país.
Una vez llegar a la ciudad de Inverness, también escenario de otra joya de la pantalla, esta vez de la TV, la serie Outlander, todo estaba preparado para realizar la excursión de un día por la isla, con guía local incluido.
Quizás sin ser la mejor época en cuanto al clima, el típico invierno escocés con sus lloviznas persistentes, viento, y frío, la ventaja es que se evita la enorme cantidad de turistas que llegan a la Isla Skye en temporada de verano, que el año pasado fue de más de 3 millones de personas.

Desde Inverness
El viaje comienza en la misma estación de tren de Inverness, pequeña pero elegante, que está presidida por la estatua de un escocés con su tradicional falda (kilt) y que es un monumento que recuerda a los patriotas muertos en la batalla de Kartum.
Para llegar hasta la estación, y si se viaja en grupo, lo más recomendable es tomar alguno de los enormes taxis de esta pequeña ciudad porque el precio resulta más accesible que un transporte público, y además siempre se cuenta con la simpatía y amabilidad de los conductores escoceses.
Los dos vagones que conforman el tren cuentan con grandes ventanales, ideales para disfrutar del variado paisaje mientras los pasajeros que van subiendo estación tras estación sacan a relucir todo tipo de viandas para degustarlas a lo largo de las dos horas y medio de viaje.
A medida que el suave traqueteo va ganando kilómetros se empiezan a descubrir las elevaciones del terreno que caracterizan a los Highlands en dirección al norte, rumbo al Océano Atlántico.
Para quien nunca visitó la zona, los ríos de aguas negras que cruzan el camino del tren; las canchas de golf, un popular deporte en Escocia, que se reparten a los costados de la vías; los caballos cubiertos con mantas; y los rebaños de ovejas que pastan tranquilas en el césped perfecto, no dejan lugar más que para el asombro y la curiosidad.
Una hora después que partió la formación comienzan a verse los extensos manchones de bosques sobre las elevaciones, cada vez más altas a medida que el tren avanza, y que se mezcla con la piedra, ofreciendo una increíble diversidad de colores, a pesar de ser invierno.
El viaje en sí, con buena compañía y algo para comer y beber, es una crónica en sí mismo, con los sentidos estimulados a cada paso por el paisaje: grandes lagos; arroyos que bajan turbulentos; nubes bajas que cubren las elevaciones; e hileras de pircas que separan irregulares terrenos.

Puerto de los Reyes 
El tren llega puntual a la estación de Portree (nombre galeico de Porto Righ), la capital de la isla, donde espera sonriente, y en manga corta pese al frío y la llovizna, James Fraser, quien será el guía que nos conducirá por toda la isla en su combi para siete pasajeros cómodamente ubicados.
Mientras pedimos que nos lleve a un café, nos explica que en el lugar se habla gaélico, pese al esfuerzo de los ingleses por anularlo, y que el nombre de la ciudad (Puerto de los Reyes), es en honor a una visita que hizo Jacobo V en 1540.
El café es un food trucks en el Skye Market Square, un lugar donde se pueden adquirir productos típicos de la isla y donde tres de los seis que viajamos nos animamos, a pesar de la hora temprana, a probar la Stonefield Porks Sausaces, una salchicha del lugar muy parecida al chorizo criollo, acompañada con café.
Portree es un encantador pueblo costero, con negocios pulcros y de medida elegancia, y con el pequeño puerto al que se llega bajando un camino en el que se distribuyen bares y restaurantes.
Hay muchos Bed & Breakfast para hospedar a la gran cantidad de turistas que llegan de fines de marzo a fines de octubre, mientras que en el resto del año la actividad principal es la pesca.
Como no podía ser de otra manera, la importancia de los clanes familiares se manifiesta en cada rincón de la Isla, como el pueblo cercano a la capital que todavía conserva sus construcciones típicas de techos de paja, y que era propiedad en su totalidad de los Mc Kimnon.
La parte sur, donde se encuentra el apostadero para ferries, era dominio de la familia Mc Donald, quienes peleaban frecuentemente contra los Campbells, mientras que al norte todavía influyen los Mc Cloud.

Hoy lluvia, mañana whisky
Todas estas historias forman parte del relato de James Fraser, quien expresa: "Mucha gente en Escocia dice: hoy lluvia, mañana whisky", un buen preámbulo para visitar una destilería que abrió este verano donde "se hace el mejor whisky del mundo" -asegura con vehemencia- gracias a las propiedades del agua de los Highlands.
Una vez saboreado el exquisito trago enfilamos por la ruta donde se suceden los pueblos costeros -todos miran hacia el mar porque desde allí llegaban las provisiones- subiendo y bajando el terreno, observados por las vacas Highlands, de grandes cuernos y largo pelaje.
En verano todas las montañas que ahora se ofrecen verdes y húmedas están cubiertas en su totalidad por la flor Scotch Broom -amarillas como las retamas- y es el tiempo ideal para los escaladores que llegan de toda Europa.
El recorrido continúa y nos vamos enterando que los chicos aprenden a prepararse para algún día abandonar la isla e ir a las grandes ciudades; que la otra isla -Raasay- era donde la gente iba a los pubs los fines de semana; que en la parte Este hay un hotel (el Cullin Brewery) donde se encuentran 400 tipos de whiskys; y que en temporada es posible el avistaje de leones marinos, focas, delfines y hasta ballenas.
El fin de la excursión, con visita a la espectacular cascada incluida, deja sabor a revancha y promesa de retorno, algo que festeja y alienta James Fraser contento de haber llevado a un grupo de viajeros argentinos, quizás por algún recuerdo de la rivalidad, manifiesta o no, con los ingleses. 

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