Siempre que hay que educar, enseñar conductas y reglas de convivencia y de mejora personal, porque solo el hombre puede crecer interiormente de manera indefinida.

 

Por Leticia Oraisón de Turpín
leticiaoraison@hotmail.com

La sabia naturaleza cumple todos sus ciclos con precisión y misterio. La semilla germina sola y la planta crece constantemente sin que nos percatemos de cómo y cuándo sucede.
El Universo todo tiene un orden extraordinario que se controla sin ayuda externa, dejándonos como simples e inoficiosos espectadores de su ritmo y ciclos.
Así también se gesta la vida, después de un gran acto de amor, sin que lo advirtamos externamente, el fruto de ese amor, el hijo, cual pequeña semilla se desarrolla naturalmente y a partir de una célula se transforma en una maravillosa criatura que nace en el tiempo que le marca el misterioso llamado de Dios.
Pero a ese crecimiento hay que ayudar con preocupación y atención, para que no se convierta en un yuyo, porque el ser humano es el único viviente que tiene la posibilidad de desarrollar códigos y principios, que lo ayudan a participar en su evolución y transformación.
Por eso se dice siempre que hay que educar, enseñar conductas y reglas de convivencia y de mejora personal, porque solo el hombre puede crecer interiormente de manera indefinida, ya que los demás seres vivientes tienen códigos de comportamiento prácticamente inamovibles que los condicionan y limitan.
El hombre no, el hombre puede aprender y superarse, tiene capacidad de sacrificio, de renuncia y de perseverancia inagotables, sabe querer, buscar, lograr y modificarse constantemente, decidiendo permanentemente en qué se convierte. Por eso debe ser guiado, cuidado y atendido en sus distintas etapas evolutivas.
Porque si bien, la persona humana al nacer es totalmente necesitada de ayuda para sobrevivir, después de lograr adquirir en un largo tiempo algunas habilidades, es capaz por sí mismo, de superarse indefinidamente en forma continua y permanente. De allí surge la conveniencia de la guía y la necesidad de imprimirle el sello de los modales, el comportamiento y los sentimientos altruistas, para que sola pueda elaborarlos y mejorarlos convenientemente, y lo hará seguramente de acuerdo a cómo haya sido el empeño, la constancia y la intencionalidad de sus educadores.
Y ciertamente, los padres son siempre los primeros y los más importantes formadores de lo que algún día podrá llegar a ser, ese inicialmente invalido niñito, que al nacer no sabe ni puede desenvolverse solo, necesitando de largos tiempos para  sedimentar y aprender ciertas capacidades que lo prepararan para desarrollar su propio perfeccionamiento.
Un gran maestro de vida, el Padre Adolfo Smiguel, decía que; “lo primero que se escribe es lo último que se borra”. Y es así realmente queridos padres, ustedes tienen junto a sí lo más sagrado de la vida, sus hijitos, no dejen de atenderlos, de escucharlos y sobre todo de enseñarles valores esenciales para ir esculpiendo en ellos un espíritu sensible, sencillo y generoso, cualidades que entenderán y desarrollarán mejor si el espejo en el que se miran (ustedes mismos) les revela el secreto de cómo vivir la donación personal, para llegar a ser realmente felices.
Estas enseñanzas, las primeras, las más importantes, se inscriben en el corazón de los hijos con amor, infinito amor, porque ellos son nuestro regalo, nuestra felicidad y el compromiso que tenemos con la vida. 

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