Por José Ceschi

¡Buen día! Un personaje de José Miguel Heredia comentaba: “Qué curiosos: cuanto más pequeña es el alma de los hombres, más mezquindad puede albergar”. O como escuché al pasar: “Una moneda nos parece tan importante cuando la damos en la iglesia, y tan raquítica cuando la llevamos al mercado”.
Es que hay en el hombre una vieja “falla de fábrica”, llamada pecado original. Y esa falla es la que nos hace tan egoístas y tan poco dispuestos a compartir. Debiéramos, en cambio tener en cuenta la sentencia de Jean Veugean: “El hombre no se perfecciona en el egoísmo sino en la entrega”.
A la entrega generosa nos invitan precisamente los obispos latinoamericanos en su Documento de Puebla. Le acerco algunos párrafos para que pueda meditarlos con tiempo y aplicarlos a la vida:
“Acercándonos al pobre para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo nos enseñó, al hacerse hermano nuestro, pobre como nosotros. Por eso el servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente (n° 1145).
Es de suma importancia que este servicio al hermano vaya en la línea que nos marca el Concilio Vaticano II: “Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas y no sólo los efectos de los males y organizar los auxilios de tal forma que quienes lo reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos” (n° 1146).
La pobreza evangélica se lleva a la práctica también con la comunicación y participación de los bienes materiales y espirituales; no por imposición sino por el amor, para que la abundancia de unos remedie la necesidad de los otros.”
¡Hasta mañana!

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