La imagen del ex vicepresidente Amado Boudou con el pelo revuelto, enfundado en un jogging, descalzo y con claras señales de sorpresa y abatimiento, generan el placer propio de la venganza. Muchos habrán disfrutado su turbación mientras el oficial de Justicia le leía el auto de detención y, luego, cuando el efectivo de la Prefectura lo ponía al tanto de sus derechos. No habrán sido pocos los que recordaban al otrora altanero ex compañero de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner al mando de una poderosa Harley Davidson o rasgando una guitarra junto a La Mancha de Rolando.
En la mañana de su detención, la Argentina se convirtió en un inmenso Coliseo. Millones y millones de pulgares de enardecidos argentinos debajo que creían ver que en su detención por fin se estaba haciendo justicia. Imposible no alegrarse con ese manojo informe y temeroso en que se había convertido Boudou. Consciente de saber que ya no era dueño ni de sus propios movimientos, el ex vice de Cristina escuchaba perdido y tembloroso.
La difusión de esas imágenes se trató de una ejecución a cielo abierto, porque, independientemente de los resultados de las causas judiciales que enfrenta, esos registros perseguirán al favorito de la ex presidenta eternamente. El pueblo quería sangre, venganza y escarnio; y el juez Ariel Lijo, una suerte de Nerón de cabotaje, cumplió. El Gobierno se sonrió por lo bajo, pero es innegable que disfrutó el espectáculo y hay quienes creen que también ayudó a montarlo. Un excelente desvío cuando las reformas anunciadas por el Presidente y luego explicadas por el ministro Nicolás Dujovne empiezan a mostrar algunas inconsistencias.
El ex vicepresidente tiene mucho en común con la fallecida María Julia Alsogaray. Ambos son sencillos de sacrificar y generan mucho rédito; soberbios, enriquecidos sin límites e implacables cuando estuvieron en el poder. Figuras antipáticas. Los argentinos nos conformamos con que, de cuando en cuando, nos tiren alguno de estos personajes. Los engullimos y nos conformamos. Pero el problema de la corrupción no sólo sigue ahí, sino que llegó a niveles insospechados durante la “década ganada”.
La sociedad se embriagó de venganza y los medios, como nunca, fueron parte del espectáculo. Sin embargo, el problema empieza cuando la adrenalina baja y nos tenemos que enfrentar a los hechos; que siempre son inapelables e incómodos. Se ha comparado la detención de Boudou con la de Julio de Vido, explicando que esto tiene que ver con nuevos vientos que recorren la Justicia, porque los jueces que antes eran kirchneristas ahora se dieron cuenta de que hay que congraciarse con Cambiemos. 
Incluso que el deseo popular mayoritario es ver a la mayor cantidad de kirchneristas presos. Se ha dicho también que hay una nueva interpretación del instituto de la prisión preventiva a partir del fallo de la Sala II de la Cámara Federal, ese que puso tras las rejas a Julio de Vido. En estos argumentos hay algo de cierto, pero mucho de ignorancia también.
De hecho, Boudou es un marginado político que nunca gozó de ninguna red de contención, otra similitud con la fallecida María Julia Alsogaray. Es más, tan lejos está el fallo de la Sala II de la Cámara Federal, y tan mal citado por parte del juez Lijo para justificar la prisión preventiva, que el abogado defensor del ex vicepresidente podría usarlo como uno de los principales argumentos a la hora de fundar la apelación para conseguir su excarcelación.
No es consistente la prisión preventiva de Boudou, por más antipático e injusto que esto nos parezca. Atenerse al Estado de derecho muchas veces es incómodo, porque es una interpelación constante sobre si las decisiones que se toman pueden sortear el filtro de la Constitución sin importar de quién se trate. No parece ser este el caso. La Argentina necesita justicia y no una caza de brujas.

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