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22-09-2012 04:00hs
POR MONI MUNILLA
Fabiana y Walter: del amor en primavera
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PARA ADELANTE. “Juntos, como Dios manda”, dice Walter. Fabiana sonríe y empuja la silla de ruedas de su esposo.
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Ella estudiaba Medicina y se enamoró perdidamente de ese muchacho que cantaba tan lindo. Se casaron a los cuatro meses. Hace 21 años que están juntos y son padres de 8 hijos y abuelos de una nieta. “Defendimos este amor porque valía la pena”, dicen.

Fabiana y Walter se conocieron hace 21 años, ella cantaba y tocaba la guitarra en el coro de la capilla Santa María de los Angeles, del barrio Industrial y él tocaba la guitarra y cantaba en el coro de la capilla San Ramón, del barrio Popular. Ambos coincidieron en varios encuentros de la iglesia hasta que la flecha de Cupido les hirió el corazón e hizo brotar ese sublime sentimiento que se llama Amor.
Luego de un fugaz noviazgo que en cuatro meses los llevó de la mano al altar, la vida en común los volvió inseparables.  La voz de Fabiana se entrecorta al contar cómo la sedujo ese jovencito que, sentado en su silla de ruedas, le prometió ante Dios y ante los hombres, cuidarla y amarla en la salud como en la enfermedad, para toda la vida.
 “Me enamoró su forma de ser tan alegre”, dice mirando a su esposo que espera en esa respuesta, la síntesis de todo lo que pasaron y habrán de pasar de aquí a la eternidad que los aguarda. “Ella tenía una hermosa cabellera larga”, agrega Walter, que le devuelve la mirada con embeleso.
“Yo estudiaba Medicina, quedé embarazada y tuve que irme de casa porque mamá no aprobaba nuestra unión. Nació nuestro primer hijo, Emilio Ezequiel (20 años), y cuando vinieron los otros, la familia se fue acercando ya sin condiciones. Esa lucha que emprendimos los dos solitos, nos hizo fuertes, defendimos nuestro amor y les mostramos hasta hoy, que valió la pena”, recuerda Fabiana, que al decir “los otros”, enumera con sus nombres, a los siete niños restantes: Matías (19), Joaquín (17), Jeremías (14), Elías (11), Sofía (8) y los mellizos Tomás y Mariano (de 4 años). Ya con la llegada de Dulce Luz Milagros (2 años), se estrenaron como abuelos.
“Nuestro buen Dios sabe lo que hace”, repite Walter. Cuando tenía un año y once meses, la Poliomielitis afectó sus miembros inferiores y ya no pudo caminar. “Tuve una inmensa mamá que me traía de a pie en sus brazos desde el barrio Popular, frente a la Tipoití, donde vivíamos, hasta el Hospital “Santa Rita”, para que me atienda el doctor Blugerman. Seguí en tratamiento con el doctor Balbastro, luego viajamos con sacrificio a Rosario, pero nada se pudo hacer”.
La primavera está en flor cuando Fabiana y Walter pasean por la peatonal Junín. Me cruzo en su camino y comienzo a hurgar en esta historia. Los veo sonreír y conversar mientras avanzan sorteando los obstáculos que no son de cuidado para el común de la gente: montículos de tierra, veredas en mal estado, rampas demasiado angostas y deterioradas. 
Ella trabaja en el Jardín Maternal “Mitaí Roga” Nº15, de Laguna Brava y él tiene una pensión y hace compostura de calzados en su casa. Hace unos meses, un incendio destruyó parcialmente su vivienda del barrio Ponce. La casa no tiene las comodidades necesarias para que Walter se maneje con su silla de ruedas, pero se dan maña. “Mi teoría de la felicidad es disfrutar allá arriba”, expresa alzando los ojos al cielo.
Aquí en la tierra, la paz de su familia es el nido de amor que fueron entretejiendo con el día a día. “Discutimos, pero nunca nos faltamos el respeto. Nos gusta cantar y compartimos el sueño de formar un conjunto folklórico. Cuando salgo a trabajar, los chicos quedan a cargo de Walter. Son muy pegados a su papá. Mi esposo cocina, lava los platos, ordena lo que esté a su alcance y lo más importante, eso que me hace regresar a su lado: me recibe con la alegría dibujada en su sonrisa. Charlamos como si no nos hubiéramos visto en mucho tiempo, aunque sólo pasaron unas horas. Los mellizos nos cambiaron la rutina, de chiquitos fueron muy demandantes y sin descuidar a sus hermanos, tuvimos que turnarnos para cumplir con nuestras obligaciones. Cuando salimos, lo hacemos todos juntos, menos los dos mayores que ya se independizaron. Da la casualidad que hoy estamos solos y vinimos al centro por unos trámites”.
El mediodía vuelca el sol sobre la plaza y están las palomas ávidas de unas migajas de pan, cuando Fabiana y Walter se alejan, con las manos de ella empujando la silla; con las manos de él cuidando su cartera, abrazando ambos su destino. Sin una queja. Sin un reclamo.
Los miro y recito, para escucharme, esos versos de Francisco Luis Bernárdez: “Estar enamorados, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida. Es empezar a decir siempre, y en adelante no volver a decir nunca…”

mmunilla@ellitoral.com.ar
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