La tragedia de Cromagnon en 2004 fue repetida como farsa en Olavarría por el Indio Solari. Un semidiós calvo y misterioso se descubrió como lo que era: un artista avaro e inescrupuloso.

 

Por JORGE EDUARDO SIMONETTI
jorgesimonetti.blogspot.com.ar
Para El Litoral


“La historia ocurre dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”.

“El 18 Brumario de 
Luis Bonaparte”, 
Carlos Marx
                               
La desdicha de Cromagnon nos vino automáticamente a la memoria ni bien comenzamos a conocer los pormenores del concierto del Indio Solari en Olavarría, el sábado 11 por la noche, que terminó con dos muertos.
Una matriz similar, aunque las circunstancias fueran diferentes, determinó que seres humanos dejaran su vida en un lugar al que fueron a divertirse, a escuchar música (por lo menos es lo que pensaban).
Se repitió la historia, con actores diferentes pero con la misma negligencia culpable en la organización de eventos, que involucra tanto al poder público como a los particulares que intervienen en el negocio.
Lo que fue una tragedia con casi doscientos muertos en la disco de Once en 2004, trece años después se nos aparece con formato de farsa, política y artística, pública y empresarial, institucional y musical.
Un intendente de Cambiemos, que recurriendo al populismo facilista pretende dar un golpe político y transferir simbióticamente la fama de Solari hacia su persona y su gestión, aunque en el camino deba relajar los controles municipales del espectáculo y hacerse garante de los empresarios organizadores.
Del otro extremo de la cuerda, una tremenda farsa montada por un artista que convoca multitudes, que bajo las vestiduras de una pretendida representatividad cultural del antisistema, expone la hilacha más decadente del propio sistema que dice combatir: la avaricia.
Los Redonditos de Ricota primero, el Indio Solari después, supieron construir una épica del fanatismo que excedió largamente las bondades de su música, para inscribirse en una suerte de religión que convocaba a sus acólitos a las famosas “misas ricoteras”.
Un dios calvo y misterioso convencía a la multitud, eran ellos los elegidos para participar del culto de los diferentes, las sustancias ayudaban, el delirio colectivo hacía el resto.
Se fue formando así una burbuja de ilusión, rebosante de fanatismo y carente de raciocinio, la suma de adeptos a una especie de orden  fundacional, una batalla contra la cultura pacata del sistema, con las únicas armas del amor y la música, estimuladas convenientemente.
“Aguanten los trapos”, “aguante el Indio”, “aguante la noche”, la cultura del aguante fue genuina invención del ser argentino, tanto de los rockeros del Indio como de los barrabravas del tablón, adobados convenientemente por los intereses políticos.
Al decir de Viviana Taylor (blog Psicología Social e Institucional) “el aguante pasa a transformarse en un lenguaje, una estética y una ética. Un lenguaje que se estructura en una serie de metáforas… una estética plebeya basada en un tipo de cuerpos radicalmente distintos a los hegemónicos y aceptados… un despliegue de disfraces, pinturas, banderas y fuegos artificiales, fuera de las canchas, los tatuajes y los piercings. Una ética, porque el aguante pasa a ser entendido como una categoría moral, una forma de entender el mundo, de dividirlo en amigos y enemigos, cuya diferencia siempre se salda violentamente, pudiendo llegarse a la muerte, una ética donde la violencia no está penada sino recomendada”.
En el caso del Indio Solari, el “aguante” se traducía en las indecibles penurias económicas y físicas de los seguidores para llegar y estar en los lejanos e inhóspitos lugares del concierto, penurias que se esfumaban con las primeras notas musicales y comenzaba esa especie de alucinación colectiva.
Toda generalización es indebida, no todos son iguales, menos aún los chicos que concurrían acompañados de sus padres,  pero esas eran las emociones que los comerciantes contraculturales querían explotar, y vaya si lo lograban.
Sabiéndolo, no les importó seguir jugando con fuego, cebados como estaban, creyeron que el delirio colectivo que confluía en el endiosado artista cubriría con su manto piadoso las gravísimas irregularidades de organización de tales conciertos que reunían a cientos de miles de personas.
Es que mientras de un lado los sentimientos del aguante no tenían cálculo, del otro la máquina de sumar jugaba su papel fundamental. La avaricia, como pecado capital, arrollaba cualquier atisbo de prudencia, de moderación, de responsabilidad.
Quedó de manifiesto, un día, ese día, que el Indio Solari era lo menos parecido a un dios, su cara parecía más identificada con lo que verdaderamente era: un artista veterano ganado por una codicia sin límites.
Disminuir costos, maximizar ganancias, los dos mandamientos liminares del dios ricotero, aunque haya que meter cuatro veces más personas que la capacidad, contratar menos seguridad, tener equipos de sonido que no alcanzaban para todo el predio, convocar a los fanáticos aunque no tengan entrada, no contar con los medios sanitarios elementales, pagar pocos impuestos.
Y no le fue mal al Indio con su sistema, tanto que la revista Forbes Argentina ya lo ubicaba en 2012 como el artista más rico de la Argentina.
Paradójicamente fue un intendente de Cambiemos el que le abrió la puerta a un músico que fue un símbolo kirchnerista, prueba que la política, tenga un sello u otro, tiene marcas en el orillo que le son comunes a todos los signos.
Es cierto que todo evento público multitudinario conlleva un riesgo que le es propio, y esto lo deberían saber quienes asisten a los mismos. Nadie en su sano juicio, me parece, puede llevar niños para que convivan con semejante escenario, en el barro, en medio de apretujones, avalanchas, porros y alcohol.
Sin embargo, ello no disminuye la responsabilidad primaria de los organizadores, que dejaron de lado elementales medidas de seguridad y comodidad para gastar menos y sacar el mejor provecho con la mínima inversión.  Un despropósito canallesco. Obviamente, el alcohol y la droga hacían el resto.
Y en esta Argentina del relativismo moral y la fractura social, se escucharon opiniones que ni lejanamente tenían una pretensión de objetividad. Patéticas las posiciones de dos íconos del kirchnerismo, antes lo fueron de los derechos humanos, ya no, Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini, que pretendieron transformar a Solari de victimario en víctima, una pretensión casi comparable con la defensa de Milani.
El fanatismo es inversamente proporcional a la racionalidad, a la inteligencia, es ese el condimento principal de la religión del aguante, tanto  en su versión barrabrava como rockera.
El templo puede ser una cancha de fútbol o un predio; los feligreses baten el parche, tiran bengalas, blanden palos, tienen piercings; los sacerdotes organizan pingües negocios revendiendo entradas, cobrando estacionamiento, instalando puestos de alcohol y choripán, o haciendo entrar cuatro veces más cantidad de público que la recomendable; las autoridades miran para el costado; y los dioses, tales como Solari y Maradona, hablan de justicia social mientras se llenan los bolsillos.
Los ídolos con pies de barro se desmoronan a los ojos de la gente por el peso de sus propias mezquindades. La de Solari es la avaricia, tan simple como eso.
Aguante el aguante, mientras nos llenamos los bolsillos a su costa.

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