El régimen norcoreano, con su líder Kim Jong-un a la cabeza -una especie de niño consentido y bravucón- sigue practicando equilibrismo sin red o, mejor dicho, jugando con fuego al subestimar el poder militar de los Estados Unidos.
Esta semana nuevamente, Corea del Norte volvió a lanzar un misil balístico que sobrevoló Japón y que agrava aún más las tensiones en torno a la península coreana. Es la segunda vez que lo hace, provocando alertas de ataque en el archipiélago nipón.
El cohete fue disparado desde un sitio cerca de Pyongyang, días después de que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobara una octava serie de sanciones para intentar convencer al régimen norcoreano de que renuncie a sus programas balístico y nuclear ilegales.
La preocupación por la forma en que podría terminar las provocaciones norcoreanas se renueva constantemente. El gobierno estadounidense insistió en que la “opción militar” sigue sobre la mesa, pero precisó que no es la preferible.
En tanto el secretario general de la Otan, Jens Stoltenberg, pidió “una respuesta mundial” tras el disparo de un nuevo misil balístico y lo calificó de “violación temeraria de las resoluciones de la ONU”.
Lamentablemente, lejos de amilanarse, Corea del Norte sigue en su tesitura: anunció, con fotos incluidas, la terminación de una cabeza nuclear operativa para ser instalada y eventualmente lanzada desde un nuevo misil de alcance intercontinental o Icbm, o sea, con capacidad de cubrir distancias en torno a los diez mil kilómetros o poco más. La otra, el estallido de un artefacto nuclear de gran potencia.
En los últimos 8 meses, Corea del Norte ha avanzado en desafiar cada uno de los ultimátums que la administración estadounidense de Donald Trump formuló. 
El último hito para el punto de no retorno sería una evidencia empírica del ensamblaje y la puesta operativa de la cabeza nuclear en el Icbm. Con lo cual, el territorio continental de los Estados Unidos quedaría formalmente al alcance de esta amenaza. 
No sería el primer país que cuenta con ello. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Rusia, luego del colapso comunista en Moscú, lo han tenido desde hace más de medio siglo. Más recientemente, la propia China. También países aliados de Washington como Gran Bretaña, con misiles Trident de fabricación estadounidense lanzados desde submarinos, y Francia. Otros Estados que cuentan con misiles dotados de cabezas nucleares operativas son Israel, India y Pakistán. Si bien más pensados en cubrir blancos dentro de los cinco mil kilómetros o poco menos. 
Por lejos, los dos países con mayor arsenal atómico son los Estados Unidos y Rusia, con unas siete mil cabezas nucleares cada uno, de las cuales poco más de mil están colocadas en los temibles Icbm. Lejos los siguen China, Francia y el Reino Unido, con unas trescientas cabezas operativas.
Ante estos datos cabe preguntarse ¿qué cambia con que Corea del Norte se sume a este reducido club? Norcorea es el único aún técnicamente en guerra con los Estados Unidos. El armisticio de 1953 nunca fue coronado por un tratado formal de paz. Otro factor no menor es la posición estratégica que presenta, vecino tanto de la principal potencia emergente que desafía la hegemonía norteamericana, o sea, China y de Rusia, que, si bien distante en cuanto a su poder económico e ideológico de la época soviética, aún conserva el estatus de superpotencia militar.
Para evitar males mayores sería bueno hacer lo aconsejado por Henry Kissinger: la Casa Blanca debería poner todas sus fuerzas diplomáticas y persuasivas, incluyendo la amenaza militar, en un plan junto con China y Rusia para la desnuclearización de la península coreana. 
Un camino que aparece complejo, pero sería bueno que se intente.

 

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