La “cosmetología” de urgencia llegó a las boletas y se armó un revuelo terrible cuando faltan muy pocos días para las elecciones más importantes del año. Recién ahora, con este sacudón, y la reaparición en los medios de CFK se agita el ambiente. Entre escenarios y personajes reiterados, copa peligroso protagonismo la acción embozada, el antifaz, la capucha, el piquete en la ciudad y rutas siempre con el rostro cubierto. El tropezón registrado en el proceso electoral local enturbia sobremanera con una nimiedad la transparencia de un panorama que hasta el momento marcha sobre rieles.

 

Por Carlos Gelmi
De la Redacción
Diario El Litoral

No es cuestión de alarmarse sino de afligirse y preocuparse para que nunca más vuelva a ocurrir, como decimos cada vez que se repite.
Tampoco es cuestión de buscar culpables porque somos muchos y se nos van a torcer los índices apuntándonos a la sien y no va a quedar nadie en la lista de inocentes.
¿Desde cuándo nos está pasando esto y nosotros, todos, con cara de ingenuos y sin ponernos colorados, no decimos nada y tomamos las cosas como las más naturales del mundo y como el cuento del gallego, si nos dicen que el queso es jabón, terminamos creyendo que el jabón es queso?
¿Acaso no miramos embobados los feroces photoshops que nos deslumbran con rostros de algunas estrellas de 40 o 50 arrugas menos que nos tienen convencidos al mango? Desde siempre, desde hace mucho, desde antes que se inventaran los mentirosos y retocados afiches políticos que ensucian nuestras paredes. Son tan viejas estas cosas como nuestras quejas contra ellas y tan profundas como el eco nulo que hemos encontrado…
¿Cuántas veces, en nuestra adolescencia, reventábamos la noche con un baile de mascaritas, donde las parejas estaban previamente acordadas, luego de trabajosos y salpicados acuerdos que se prolongaban en cálidos abrazos hasta minutos antes de comenzar la bailanta?
Pero todos con cara de asombro. Como si fuera un asalto.
¿Por qué nos asombramos de lo que pasa ahora?
Dejemos a un lado los antifaces y llamemos las cosas por su nombre.
Las boletas bien hechas, adelante. Las otras son truchas, falsificaciones, falsas. No sirven. Como los “menemtruchos” que una vez inventó Gostanián, o los  dinerillos que iba a emitir Boudou en su Ciccone.

Las cosas cambiaron
En algunos casos era la ingenuidad, en otros la hipocresía. La violencia cotidiana en las escuelas, a la salida o entrada de los bancos, en una calle cualquiera, de día o de noche. Siempre un encapuchado, un siniestro personaje atrincherado en la cobardía del anonimato, dispuesto al crimen. 
La ciudad o la ruta siempre convulsionada por agresivos piquetes formados por gente encapuchada, mientras altas autoridades siguen estudiando proyectos de “protocolos” para enfrentar los desmanes….
Hasta los estudiantes, con proclamas políticas, capuchas, carteles agresivos, ocupación de los colegios, reivindican la historia del Che y renuevan su mística revolucionaria en la figura de un ídolo por nacer; el mapuche Maldonado. Mientras la TV sigue difundiendo profusamente las reiteradas imágenes de gendarmes encapuchados y prestos a reprimir…
Muchas cosas han cambiado. El escenario, las motivaciones, los personajes. Menos las máscaras.

Volvamos a lo nuestro
Quienes dijeron que se evitó el papelón político se equivocaron en la conjugación del verbo. El papelón ya lo pasamos. Lo que estamos haciendo, como los chicos del colegio, es tratar de justificar la “travesura” cometida contra las boletas, como si fuese un grafitti de esos que solemos pintar en las paredes o en las puertas de los baños.
¿No se dieron cuenta los responsables de introducir en las boletas detalles que pueden derivar en la impugnación del voto? ¿Que es un delito como escribir pavadas en un billete? ¿Que se está dando un mal ejemplo y que se está atentando contra la normalidad del proceso?
¿Nadie observó esos detalles maliciosamente introducidos en las boletas? Este es el punto. No es culpable quien las imprimió, quien las diseñó, etc. Culpable es quien dispuso introducir en las boletas esos detalles truchos a sabiendas de que estaba mal.
Es decir, estaba actuando disfrazado.
Cuando menos, se olvidó de estampar su firma como corresponde cuando se actúa a cara descubierta. Sin pasacalles. Sin antifaz. Sin tapujos…

Como un juego de niños
Lo que está ocurriendo a escasos treinta días de los comicios es muy grave. No se trata del juego de niños que quedó olvidado en nuestra infancia. Es uno de los tantos cánceres que sigue carcomiendo la salud de las prácticas políticas, que comienzan siendo una leve picazón al que nadie le da mayor importancia, y continúa con una inocente coma o una palabra cambiada y termina en un descomunal fraude.
Esos “errores”, o disfraces, o antifaces, conforman lenta pero inexorablemente, un desbarajuste con muchos nudos que al final resulta imposible solucionar. Y como parece una broma, lo dejamos pasar una y cien veces, hasta que se convierte en una rutina.
Cómo es esto de llamar a las personas por sus apodos y no por sus nombres, restándole toda seriedad a un documento público, o a veces todo lo contrario, adjudicando títulos, dignidades y honores a cualquiera.
No sería de extrañar que al ritmo que vamos, cualquier ciudadano con ganas de despejarse la neblina que cada vez le nubla más su panorama político, se detenga ante un afiche cualquiera tratando de adivinar de quién se trata, si es la realidad o un espejismo producido por los efectos de la humedad y el sol en su pertinaz alternancia.
¿Será el Petete, como dice allí? No. Si el Petete es morocho y además se llama Juan Pedro.
Al final optará el ciudadano por seguir su camino con una duda más; esto debe ser una cámara sorpresa de esas que Marcelo Tinelli utiliza para burlarse de sus semejantes…
Tal vez, y detrás de un árbol cercano, el “auténtico” del afiche ¿o será un fantasma? se mate de la risa por el éxito de su travesura…

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