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Ramón Molina, uno de los primeros custodios de la Reserva del Iberá

PRIMER EQUIPO. En la imagen están casi todas las personas que estuvieron desde el inicio trabajando por la reserva. (Foto gentileza H. Rodríguez)
COMPAÑEROS. Ramón Molina (izquierda) y Domingo Cabrera, dos de los guardaparques más antiguos.
Con la creación por ley de la Reserva Provincial del Iberá se iniciaba la difícil tarea de preservar los recursos naturales que existía en el área, especialmente la fauna porque ejemplares de varias especies, como los yacarés y los carpinchos comenzaron a disminuir en forma preocupante. Para revertir esa situación y preparar el lugar para futuras visitas, bajo la coordinación de Ince Apostol y Vicente Fraga, comenzó a trabajar el primer grupo de guardaparques: Ramón Molina, Félix Rodríguez, Lucas Piedrabuena, Domingo Cabrera, Ramón Cardozo, Bernardo Fariña, Bruno Leiva y Humberto Rodríguez.
“En ese momento trabajaba para una arrocera y me ofrecieron hacerlo en la reserva y acepté”, recordó Ramón Molina en diálogo con El Litoral. Entre las primeras tareas que tenían asignadas era limpiar algunos lugares, arreglar otros y hacer senderos. “Cuando comenzamos a trabajar el 11 de mayo de 1983, no había casi nada, sólo estaba en construcción la casa de los guardaparques que tenía una parte techo y la otra no. Tampoco los baños se habían terminado aún”, agregó.
Pero esas labores se tornaban menores en comparación al gran objetivo que tenían los guardianes de la reserva: los cazadores furtivos. Para ello, contaban con una ventaja, algunos de ellos habían pertenecido a ese grupo antes, entonces sabían a qué lugares iban, en qué medios y hasta los días más frecuentes. “Por lo general de martes a viernes nos ocupábamos más de las tareas de limpieza y acondicionamiento de la reserva, y los fines de semana a realizar operativos para evitar las cacerías”, precisó Molina, quien aclaró que inclusive a la noche siempre había una guardia permanente en el lugar.
“En los operativos contra la caza furtiva trabajábamos juntos a los policías y se hacían patrullajes inclusive en canoas”, señaló el guardaparque que hace dos años ya no puede hacer ese tipo de tareas por problemas de salud. Sin embargo, sigue visitando el lugar y recordando a sus compañeros y aquellas extensas horas de recorrida. “Se armaba un equipo con dos o tres guardaparques y teníamos que ir a la laguna que es extensa y nos ibamos en canoa, así que tardábamos dos o tres días en recorrer toda la zona. Así que nos quedábamos a hacer noche por ahi, preparábamos el almuerzo, y todo se hacía en equipo. Tengo muy buenos recuerdos de aquellas experiencias”, rememoró Molina.
Precisamente, en ese tipo de actividades podían observar que casi no se veían yacarés, carpinchos, monos y otras especies autóctonas. Por eso, era tan importante erradicar a los cazadores furtivos . Cumplir ese objetivo, Molina estimó que les demandó entre tres o cuatro años.
“No era sencillo, entre los que más venían para esta zona estaban los misioneros. Los fines de semana siempre tres o cuatro camionetas andaban cazando por la zona”, contó.
Había mucho para hacer, pero Molina asegura que las jornadas laborales les alcanzaban para ocuparse porque “en los primeros años no venía casi nadie a visitarla, en cambio ahora viene gente todo el tiempo”, aseveró. Y sin decirlo señaló uno de los frutos de tantas horas de labor junto a quienes  los nombra como sus compañeros y sobre quienes recuerda hasta la edad.
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Ramón Molina, uno de los primeros custodios de la Reserva del Iberá

PRIMER EQUIPO. En la imagen están casi todas las personas que estuvieron desde el inicio trabajando por la reserva. (Foto gentileza H. Rodríguez)
PRIMER EQUIPO. En la imagen están casi todas las personas que estuvieron desde el inicio trabajando por la reserva. (Foto gentileza H. Rodríguez)
Con la creación por ley de la Reserva Provincial del Iberá se iniciaba la difícil tarea de preservar los recursos naturales que existía en el área, especialmente la fauna porque ejemplares de varias especies, como los yacarés y los carpinchos comenzaron a disminuir en forma preocupante. Para revertir esa situación y preparar el lugar para futuras visitas, bajo la coordinación de Ince Apostol y Vicente Fraga, comenzó a trabajar el primer grupo de guardaparques: Ramón Molina, Félix Rodríguez, Lucas Piedrabuena, Domingo Cabrera, Ramón Cardozo, Bernardo Fariña, Bruno Leiva y Humberto Rodríguez.
“En ese momento trabajaba para una arrocera y me ofrecieron hacerlo en la reserva y acepté”, recordó Ramón Molina en diálogo con El Litoral. Entre las primeras tareas que tenían asignadas era limpiar algunos lugares, arreglar otros y hacer senderos. “Cuando comenzamos a trabajar el 11 de mayo de 1983, no había casi nada, sólo estaba en construcción la casa de los guardaparques que tenía una parte techo y la otra no. Tampoco los baños se habían terminado aún”, agregó.
Pero esas labores se tornaban menores en comparación al gran objetivo que tenían los guardianes de la reserva: los cazadores furtivos. Para ello, contaban con una ventaja, algunos de ellos habían pertenecido a ese grupo antes, entonces sabían a qué lugares iban, en qué medios y hasta los días más frecuentes. “Por lo general de martes a viernes nos ocupábamos más de las tareas de limpieza y acondicionamiento de la reserva, y los fines de semana a realizar operativos para evitar las cacerías”, precisó Molina, quien aclaró que inclusive a la noche siempre había una guardia permanente en el lugar.
“En los operativos contra la caza furtiva trabajábamos juntos a los policías y se hacían patrullajes inclusive en canoas”, señaló el guardaparque que hace dos años ya no puede hacer ese tipo de tareas por problemas de salud. Sin embargo, sigue visitando el lugar y recordando a sus compañeros y aquellas extensas horas de recorrida. “Se armaba un equipo con dos o tres guardaparques y teníamos que ir a la laguna que es extensa y nos ibamos en canoa, así que tardábamos dos o tres días en recorrer toda la zona. Así que nos quedábamos a hacer noche por ahi, preparábamos el almuerzo, y todo se hacía en equipo. Tengo muy buenos recuerdos de aquellas experiencias”, rememoró Molina.
Precisamente, en ese tipo de actividades podían observar que casi no se veían yacarés, carpinchos, monos y otras especies autóctonas. Por eso, era tan importante erradicar a los cazadores furtivos . Cumplir ese objetivo, Molina estimó que les demandó entre tres o cuatro años.
“No era sencillo, entre los que más venían para esta zona estaban los misioneros. Los fines de semana siempre tres o cuatro camionetas andaban cazando por la zona”, contó.
Había mucho para hacer, pero Molina asegura que las jornadas laborales les alcanzaban para ocuparse porque “en los primeros años no venía casi nadie a visitarla, en cambio ahora viene gente todo el tiempo”, aseveró. Y sin decirlo señaló uno de los frutos de tantas horas de labor junto a quienes  los nombra como sus compañeros y sobre quienes recuerda hasta la edad.