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Morenita preso, el fin de los días de la marihuana salvaje

Federico Marín dio por terminada su carrera en el oficio de fugitivo, después de correr más de tres años por el ripio ingrato de las persecuciones. En el medio dejó tiros y amenazas, así como fuertes dolores de cabeza a los uniformados de los que se escapó. Eso sí, incumplió su promesa de terminar muerto.

Por Juan Manuel Laprovitta

@juanmalapro

De la Redacción

Comer caramelos con el secretario de un juzgado. Escaparse a los tiros de Gendarmería. Amenazar a un abogado. Buscar muertos en el río. La salvaje vida de Federico Sebastián Marín en libertad se terminó y pasó a sus días más aburridos, en Buenos Aires de vuelta a un pabellón lleno de presos.

Le había pasado en Tucumán en 2015. Pero lo soltaron y comenzó a vivir los tres años más feroces de su existencia.

Se terminaron este viernes a la mañana, cuando la Gendarmería por enésima vez lo rodeó y no tuvo más para dónde correr. Empuñó una pistola 9 mm, atendió una videollamada de Whatsapp y para negociar hasta el mediodía merodeó un terreno tan complicado que los portavoces de la Justicia no daban por concluido el negocio de atrapar al narco más buscado de la Argentina hasta que no bajó el arma. “La situación es delicada”, se animaban a decir.

Los interlocutores aceptaron su último pedido antes de meterlo en una camioneta para hacerlo viajar desde Itatí hasta Buenos Aires, con escala en Corrientes: que lo trasladen hasta la casa de su pareja para despedirse de sus hijos.

María Lourdes Alegre tiene por bijouterie más valiosa una pulsera electrónica que le entregó la Justicia Federal de Corrientes, usada para monitorear sus pasos mientras cumple prisión domiciliaria en una casa de barrio en la localidad de la Virgen. Previamente tuvo que acreditar una caución de 20 mil pesos.

Su vínculo con “Morenita” Marín la dejó en falsa escuadra con la ley, que la acusa de ser su encubridora y parte de la organización que lo tiene al morocho de casi 30 años como uno de los organizadores.

“Puedo ser un pobre ignorante, pero no te imaginás lo que puedo llegar a hacer si me enojo”. El bocadillo fue pronunciado por Federico Marín en 2016, al teléfono de Omar Antonio Serial, el abogado de su esposa.

Esa era una suerte de prueba de amor que le prodigaba el narcotraficante a su mujer, cuando aún permanecía detenida en un instituto de presidiarias de Corrientes y el profesional no reflejaba en hechos los esfuerzos económicos que hacía el contrabandista para que la chica vuelva a su casa.

Serial está preso en Buenos Aires. Sus vínculos con el narcotráfico enraizado en Itatí lo llevaron a cometer algunas acciones que a los ojos del juez porteño Sergio Torres ameritan su encierro y la reserva de un asiento en un juicio que se realizará el año que viene.

En la amenazante conversación que tuvo con el capo de la marihuana, un retazo hizo flotar en los oídos de los sabuesos de gendarmería que escuchaban las conversaciones, que, aunque confiaba en un letrado, Marín también tenía trato directo con el responsable de una de las secretarías penales del Juzgado Federal 1 de Corrientes, Federico Grau.

“El otro día estuvimos comiendo caramelos juntos. Y podemos volver a comer”, desafió Marín al defensor de su mujer.

En los tribunales de la esfera federal, solamente en Corrientes, Morenita está complicado en 10 causas abiertas desde febrero de 2015, cuando cayó un alijo de 90,7 kilos de marihuana vinculado a sus negocios, hasta octubre de 2016, pasando por expedientes que lo vinculan con cargamentos que incluyeron casi dos toneladas de marihuana.

Además, lo buscaban jueces de Chaco, Tucumán y Rosario. Su calidad de fugitivo llevó a que se diseñen en Interpol un pedido de captura internacional y en el Ministerio de Seguridad de la Nación una recompensa de un millón y medio de pesos para quien aporte datos sobre su pellejo.

Marín es muy habilidoso. Lo demostró especialmente con sus fugas, que si las tuviera enumeradas serían un decálogo de humillaciones a las fuerzas. Se escapó tantas veces y de las formas más diversas que en una oportunidad precipitó una reunión de términos severos en el Escuadrón 48 de Gendarmería, en el que un jefe se despachó con sus subordinados para que no les pase a los hombres de esa unidad lo que les había pasado a camaradas suyos de otra formación.

Era la segunda semana de octubre de 2016. Morenita salía de un departamento de la zona Sur de Corrientes, caminó 20 metros hasta un estacionamiento donde tenía un Volskwagen Golf negro y junto con un compañero, alrededor de las 22.45, se encontraron en medio de una persecución que terminó en Madariaga y la avenida J. R. Vidal.

Corrieron a los tiros, chocaron con autos estacionados y siguieron a pie. El vehículo abandonado registraba papeles a nombre de un muchacho radicado en Esquina. El apellido, Molinari, lo vincula con un funcionario de la Defensoría Oficial ante la Cámara Federal de Apelaciones.

El depuesto viceintendente de Itatí, Fabio Aquino, relató por ejemplo que el 20 agosto de 2016 se dio vuelta la lancha en la que iban familiares directos de su esposa, una joven de apellido Noguera cuyo padre, Eustaquio, desapareció junto con hija y nietos en el Paraná.

Aquino, al igual que numerosas personas de Itatí, se abocaron a una búsqueda en lanchas particulares que recaló en una isla en la frontera líquida con Paraguay. Hasta ahí llegó Morenita en una embarcación con espíritu solidario.

Se puso a disposición del rastrillaje, pero con una advertencia.

“Durante la búsqueda de los cuerpos que estábamos con vecinos, concejales y demás habitantes del pueblo, paramos en una isla para tomar unos mates y descansar y Federico vino y se presentó delante de un montón de personas y dijo que si venía Prefectura él se iba a ir porque no quería estar cuando suceda eso y me dijo que le avisara si llegaba la Prefectura”. Así relató Aquino su intercambio con Marín en medio del río.

En los primeros días de 2016 fue la Gendarmería la que comprobó lo resbaladizo que resultó Marín. En un control sobre la Ruta Nacional 12 a la altura de San Cosme lo detuvieron, lo identificaron, pero finalmente se escapó.

Episodios de ese estilo se multiplicaron hasta construir alrededor del escurridizo contrabandista prácticamente un mito.

Pero en 2017 comenzó la etapa más dura. Se fortalecieron los controles en cancha náutica y los gendarmes apretaron más los dientes para que no se vuelva a escapar. Cayeron sus compadres más cercanos, como Jorge “Chaquito” Espinosa y su hermano Ezequiel, alias “Viru”.

Después los Gayoso y hasta el hermano mayor, “Morena”, fue atrapado en una casa de Paso de la Patria en manos de la Prefectura a principios de julio, luego de que le siguieran el rastro de más de 600 kilos de marihuana que abandonó en una isla chaqueña.

Más tarde le tocó el turno a una cuñada y los esfuerzos de los servicios de inteligencia de Gendarmería rindieron frutos el viernes cuando lograron darle la bienvenida a sus fauces.

Una lengua larga de las 46 investigadas en el expediente del Operativo Sapucay terminó contando dónde estaba Marín el año pasado y lo ubicó en un sitio de la costa paraguaya del Paraná conocida como “La Ranchada”.

De ahí también se escapó antes de que lo atrapen. Siguiendo siempre su vieja promesa: “Marín le había indicado que jamás se iba a entregar, que de donde está lo sacan muerto”, contó el delator escondido en el anonimato durante su declaración ante el juez Torres.

El viernes lo único que evitó que termine así fue poder ver a sus hijos.

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