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Domingo 16de Junio de 2019CORRIENTES15°Pronóstico Extendidoclima_nublado

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Entrampados entre grotescas opciones

En pocos días más culmina este complicado y turbulento 2018 y arranca un año especial, plagado de comicios en todo el territorio nacional. Buena parte de la sociedad se siente atrapada entre paupérrimas variantes. La angustia cívica da paso ahora a la desesperanza y a la resignación.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

No lo dicen sólo los operadores seriales, ni los periodistas militantes, ni siquiera es monopolio exclusivo de los pesimistas crónicos, sino que aparece con una claridad demoledora en casi todos los muestreos serios de opinión.
La gente está hastiada, totalmente saturada ante tanta desilusión, absolutamente fastidiada con una clase política que le miente a cara descubierta y le hace pagar los platos rotos de sus eternos desaciertos.
Lo más patético de este proceso es que esos dirigentes siguen creyendo que su tarea es seducir a esos potenciales votantes complacientes, apostando justamente a la pésima calidad del abanico de ofertas disponibles.
No alcanzan a comprender la gravedad del asunto y es por eso que no reaccionan adecuadamente. Están leyendo muy mal lo que ocurre y entonces sacan conclusiones demasiado equivocadas acerca de la realidad.
Cuando en las encuestas aparecen los datos que confirman que los ciudadanos votarán inexorablemente a uno u otro, entre ese par de rivales esperables, esa ya no es más que una expresión de fatal impotencia.
Ya no se trata de lo que la gente desea fervientemente hacer con gran entusiasmo, sino de lo que percibe, a regañadientes, a desgano, como los únicos senderos posibles de recorrer, al menos en este cortísimo plazo.
Abusar despiadadamente de esta repetida dinámica no sólo exhibe una perversidad sin límites por parte de quienes utilizan esa situación ante una comunidad frágil y confundida, sino también una increíble miopía política.
Jugar con fuego siempre es peligroso e invariablemente termina muy mal. La repentina aparición de nuevas figuras, que no provienen de la política tradicional, no es una casualidad ni, necesariamente, una buena noticia.
La improvisación no constituye un atributo digno de ser elogiado en esta actividad que precisa de elevados niveles de conocimientos, además de una importante experiencia en un mundo que tiene sus códigos propios.
Sin embargo, en los últimos años, una avalancha de personajes de gran popularidad, aterrizaron en la política con gran éxito electoral en muchos casos, pero con magros resultados en casi todos esos experimentos.
El país pronto iniciará una nueva y tortuosa maratón de elecciones y la mayoría de la gente volverá entonces a transitar este incómodo y casi cotidiano ejercicio de elegir entre dos bandos que no enamoran para nada.
Su decisión ya no pasará por apoyar a aquellos que coinciden con sus valores vitales, sus convicciones profundas y su visión ideológica, sino simplemente con esa nómina que resulte ser la menos despreciable.
Sólo tendrán que buscar el candidato menos malo o ese grupo de personas que consideren relativamente aceptable respecto de la otra. Ya no es preciso ser el mejor, el más virtuoso, sino sólo evitar ser el peor de la grilla.
La política ha dejado de ser, hace ya demasiado tiempo, aquella fascinante oportunidad de convencer a tantos sobre la validez, legitimidad y pertinencia de una lista de propuestas programáticas aplicables.
No toda la responsabilidad la tienen los políticos, que obviamente deben hacerse cargo de lo que les toca, sino que también la sociedad debe asumir el costo de su permanente apatía, de su indiferencia y de su eterna abulia.
Si no existen otras posibilidades mejores con postulantes más honestos, preparados, con coraje y dispuestos a hacer lo necesario no es sólo porque un conjunto de picaros, sin escrúpulos, hace lo único que sabe y puede.
Eso también sucede porque demasiadas personas han decidido, deliberadamente, ser meros espectadores del presente y le han cedido ingenuamente el terreno a los más ineptos e inmorales.
Los que son parte del sistema intentarán minimizar esa mirada, atacar a los que los critican, pero las pruebas están a la vista y son abrumadoramente contundentes. Sus mediocres excusas, sus justificaciones irrelevantes y cientos de argumentos banales, no alcanzan a explicar semejante fracaso.
El actual esquema sólo ha generado una pobreza estructural y una corrupción generalizada de magnitudes inimaginables y eso no es opinable. Sus discursos grandilocuentes no pueden opacar tan deplorable desenlace.
No hay ningún margen para arribar a deducciones suaves, ni tampoco para tener piedad con quienes han sido los protagonistas de décadas de frustración. Por acción directa o por omisión, tienen que ver con esta calamidad y no deberían tener el atrevimiento de hacerse los distraídos.
Esos políticos, si así lo prefieren, pueden ofenderse, enojarse y hasta insultar, pero nada de eso cambia las cifras disponibles que ofrecen un testimonio irrebatible. Sus logros están allí, delante de todos, al desnudo.
Nunca se debe descartar la probabilidad de que algún sector de la dirigencia reflexione, haga la autocrítica de rigor y cambie el rumbo, pero la historia no aporta demasiadas evidencias en esa anhelada dirección.
Las soluciones siempre las tiene la sociedad. Claro que no es fácil, pero lo bueno siempre conlleva esfuerzos y ese es el dilema que la ciudadanía debe discutir ahora mismo para luego empezar a construir opciones superadoras.

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Entrampados entre grotescas opciones

En pocos días más culmina este complicado y turbulento 2018 y arranca un año especial, plagado de comicios en todo el territorio nacional. Buena parte de la sociedad se siente atrapada entre paupérrimas variantes. La angustia cívica da paso ahora a la desesperanza y a la resignación.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

No lo dicen sólo los operadores seriales, ni los periodistas militantes, ni siquiera es monopolio exclusivo de los pesimistas crónicos, sino que aparece con una claridad demoledora en casi todos los muestreos serios de opinión.
La gente está hastiada, totalmente saturada ante tanta desilusión, absolutamente fastidiada con una clase política que le miente a cara descubierta y le hace pagar los platos rotos de sus eternos desaciertos.
Lo más patético de este proceso es que esos dirigentes siguen creyendo que su tarea es seducir a esos potenciales votantes complacientes, apostando justamente a la pésima calidad del abanico de ofertas disponibles.
No alcanzan a comprender la gravedad del asunto y es por eso que no reaccionan adecuadamente. Están leyendo muy mal lo que ocurre y entonces sacan conclusiones demasiado equivocadas acerca de la realidad.
Cuando en las encuestas aparecen los datos que confirman que los ciudadanos votarán inexorablemente a uno u otro, entre ese par de rivales esperables, esa ya no es más que una expresión de fatal impotencia.
Ya no se trata de lo que la gente desea fervientemente hacer con gran entusiasmo, sino de lo que percibe, a regañadientes, a desgano, como los únicos senderos posibles de recorrer, al menos en este cortísimo plazo.
Abusar despiadadamente de esta repetida dinámica no sólo exhibe una perversidad sin límites por parte de quienes utilizan esa situación ante una comunidad frágil y confundida, sino también una increíble miopía política.
Jugar con fuego siempre es peligroso e invariablemente termina muy mal. La repentina aparición de nuevas figuras, que no provienen de la política tradicional, no es una casualidad ni, necesariamente, una buena noticia.
La improvisación no constituye un atributo digno de ser elogiado en esta actividad que precisa de elevados niveles de conocimientos, además de una importante experiencia en un mundo que tiene sus códigos propios.
Sin embargo, en los últimos años, una avalancha de personajes de gran popularidad, aterrizaron en la política con gran éxito electoral en muchos casos, pero con magros resultados en casi todos esos experimentos.
El país pronto iniciará una nueva y tortuosa maratón de elecciones y la mayoría de la gente volverá entonces a transitar este incómodo y casi cotidiano ejercicio de elegir entre dos bandos que no enamoran para nada.
Su decisión ya no pasará por apoyar a aquellos que coinciden con sus valores vitales, sus convicciones profundas y su visión ideológica, sino simplemente con esa nómina que resulte ser la menos despreciable.
Sólo tendrán que buscar el candidato menos malo o ese grupo de personas que consideren relativamente aceptable respecto de la otra. Ya no es preciso ser el mejor, el más virtuoso, sino sólo evitar ser el peor de la grilla.
La política ha dejado de ser, hace ya demasiado tiempo, aquella fascinante oportunidad de convencer a tantos sobre la validez, legitimidad y pertinencia de una lista de propuestas programáticas aplicables.
No toda la responsabilidad la tienen los políticos, que obviamente deben hacerse cargo de lo que les toca, sino que también la sociedad debe asumir el costo de su permanente apatía, de su indiferencia y de su eterna abulia.
Si no existen otras posibilidades mejores con postulantes más honestos, preparados, con coraje y dispuestos a hacer lo necesario no es sólo porque un conjunto de picaros, sin escrúpulos, hace lo único que sabe y puede.
Eso también sucede porque demasiadas personas han decidido, deliberadamente, ser meros espectadores del presente y le han cedido ingenuamente el terreno a los más ineptos e inmorales.
Los que son parte del sistema intentarán minimizar esa mirada, atacar a los que los critican, pero las pruebas están a la vista y son abrumadoramente contundentes. Sus mediocres excusas, sus justificaciones irrelevantes y cientos de argumentos banales, no alcanzan a explicar semejante fracaso.
El actual esquema sólo ha generado una pobreza estructural y una corrupción generalizada de magnitudes inimaginables y eso no es opinable. Sus discursos grandilocuentes no pueden opacar tan deplorable desenlace.
No hay ningún margen para arribar a deducciones suaves, ni tampoco para tener piedad con quienes han sido los protagonistas de décadas de frustración. Por acción directa o por omisión, tienen que ver con esta calamidad y no deberían tener el atrevimiento de hacerse los distraídos.
Esos políticos, si así lo prefieren, pueden ofenderse, enojarse y hasta insultar, pero nada de eso cambia las cifras disponibles que ofrecen un testimonio irrebatible. Sus logros están allí, delante de todos, al desnudo.
Nunca se debe descartar la probabilidad de que algún sector de la dirigencia reflexione, haga la autocrítica de rigor y cambie el rumbo, pero la historia no aporta demasiadas evidencias en esa anhelada dirección.
Las soluciones siempre las tiene la sociedad. Claro que no es fácil, pero lo bueno siempre conlleva esfuerzos y ese es el dilema que la ciudadanía debe discutir ahora mismo para luego empezar a construir opciones superadoras.