El Centro Cultural como instancia de laboratorio para superar lo preestablecido
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El Centro Cultural como instancia de laboratorio para superar lo preestablecido

La tarea que lleva adelante Fernanda Toccalino es compleja, plural, crítica e inclusiva. La gestión pública, en general, suele ir detrás de los acontecimientos generados en los bordes de lo oficial, pero ella es una excepción ya que muchos de los hechos que produce parten de allí con nuevas miradas y abordajes que expresan distintas visiones. 

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Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Fernanda Toccalino llegó a Corrientes en 1996 con Pablo, su esposo, y el 31 de diciembre de 1997 se mudaron a Santa Ana que, sin duda, es su lugar en el mundo.
Toccalino fue profesora del Instituto Josefina Contte, directora del Museo de Bellas Artes y ahora coordina el Centro Cultural Universitario.
Es, además, artista plástica y durante los primeros años de su estancia en la provincia esas actividades convivieron, aunque en los últimos años la artista plástica y visual guarda un silencio que esperamos sea pasajero.
A lo largo de estos años, Toccalino ha dejado una marca de gestión de gran rigor profesional relacionada con la formación, la producción local de contenidos artísticos diversos, la pluralidad de propuestas y miradas, el rescate de las identidades locales conviviendo con la osadía de planteos no convencionales y experimentales que generaron un espacio para nuevos actores y espectadores del ámbito cultural local y regional.
Talleres, seminarios, encuentros, conferencias, produjeron a lo largo de estos años espacios abiertos al intercambio de ideas y pensamiento crítico y cruces de disciplinas que resultan siempre fertilizante para el campo cultural. Se trata no sólo de mostrar lo que los artistas producen sino poder reflexionar sobre los procesos de manera crítica, leyendo los contextos, las entrelíneas y dobleces de las producciones locales.
La realización de Premios Unne de Artes Plásticas y las distinciones literarias lograron una gran convocatoria de artistas que buscan visibilizar sus producciones con el reconocimiento de la Universidad y a la vez permite a la gestión ampliar el conocimiento del mapa de lo producido en la región.
Las tareas de extensión en el terreno son una parte importante de gestión de Toccalino que va más allá de la fugacidad de la prensa diaria, tal vez porque hunde sus manos en las problemáticas sociales del lugar donde vivimos. No se trata sólo de ir a llevar un par de canciones y retirarse. Se trata de ir a compartir algo de manera sistemática, un saber, un no saber, alguna destreza, contar algunas historias o acompañar al que sufre alguna enfermedad o una carencia. Una inclusión vivida, no sólo manifestada. No espectáculo efímero sino una pausa que busca el encuentro. Encuentro que parte de la escucha de lo que el otro tiene para manifestar o mostrar. La gestión como un diálogo no exento de dudas y de críticas.
La tarea que lleva adelante es compleja, plural, crítica e inclusiva. La gestión pública, en general, suele ir detrás de los acontecimientos generados en los bordes de lo oficial, pero Toccalino es una excepción, ya que muchos de los hechos que produce parten de allí con nuevas miradas y abordajes que expresan distintas visiones. 
Ampliar los horizontes estéticos, habitar los bordes, crear o propiciar nuevos espacios de producción de contenidos abiertos a la “pasión crítica”, superar los lugares comunes, es lo que ha hecho Toccalino durante estos años con seriedad y sobriedad. En la nota cuenta algunas de las líneas de su trabajo.

— ¿Cuál es tu tarea?
— Mi tarea es diseñar proyectos y gestionar actividades para un centro cultural, coordino el Centro Cultural Universitario de la Universidad del Nordeste.
— ¿Hace cuánto que estás ahí?
— Hace 7 años.
— ¿Cuáles son las líneas de trabajo que tuviste al comenzar y cómo fueron cambiando?
— Al principio, trabajaba mucho desde afuera, implementando actividades pensadas y coordinadas junto a mi equipo; convocando al público a que se sume. Después entendí que, con la intención de que sea equilibrada, que sea diversa, de atender distintos campos, distintas disciplinas, distintos públicos, armábamos una estructura elaborada pero rígida. Era extremadamente prolija, tratando de ser equitativa, y después me di cuenta de que en realidad estaba parada en un solo lugar y que desde esa perspectiva proyectaba las actividades, diseñaba un entramado complejo de actividades pero desde ese lugar, mi lugar.
De a poco me fui impregnando de lo que pasaba en mi ciudad en su contexto más amplio y entendí la importancia de una gestión más transversal, más colectiva, esto de “hacerlo con otros”, y en esa otredad me encontré con algunos que estaban silenciados, invisibilizados, postergados. Desde ahí y con ellos, surgieron muchas actividades, ya no desde la verticalidad o una cosa diseñada rígidamente, sin un punto fijo.
— Eso es algo que se mueve, una gestión que se mueve. Si tuvieras que definir hoy la tarea de gestión desde allí, ¿cuáles son las líneas generales? ¿Cuáles son los planteos o los temas?
— Entiendo a la comunidad con todos sus matices y propongo dos líneas bien definidas: una que tiene que ver con el fortalecimiento del vínculo con la comunidad mediante acciones artísticas que generen enriquecimiento mutuo, desde las capacitaciones y actualizaciones de saberes, hasta compartir sus producciones en diferentes exposiciones y espectáculos. 
Desde el Centro Cultural trabajamos en un “ida y vuelta”, recibimos muchos pedidos y a su vez ofrecemos propuestas que entendemos (políticamente) importantes. 
El CCU cuenta con distintos talleres artísticos y cursos de capacitación, además hay elencos vocacionales como el coro de la Universidad, un grupo de bailarines de danzas folclóricas, un taller de música popular del que van surgiendo grupos de música; arrancan como talleristas y después forman agrupaciones que se sostienen en el tiempo y que crecen más allá del centro cultural; un taller de teatro con el profesor Angel Quintela…
— Como había siempre en la Universidad. Como lo llevó “Coco” Barreda durante tanto tiempo.
— Sí, así es.
— ¿Y la otra pata? Eso me parece interesante.
— La otra pata es la del trabajo fuera del centro cultural, trabajar en distintos territorios, con las minorías, con programas, proyectos y actividades que entiendan la relevancia de la actividad artística en la sociedad como aporte de dignidad e igualdad, y tratar de ver cómo se pueden generar más oportunidades, sobre todos para aquellos que no tienen tantas. Entonces, desde lo colectivo, imaginar cómo se puede generar esta transformación de hacer accesible lo que muchas veces no lo es tanto.
— ¿Querés ponerle nombre a eso? 
— Tenemos varios programas, hay uno que se llama “Contraseña cultural, pase libre al arte”, donde nos acercamos a distintos barrios.
Tenemos una idea preestablecida, pero después va modificándose, con el equipo de trabajo nos repensamos todo el tiempo. Entendemos que el centro cultural es un lugar de encuentro, es un lugar para conversar, para pensar con el otro, para que el otro nos ponga en debate algunos temas que no se nos ocurrieron. Hacemos base en comedores, en hospitales, en barrios; a veces nos quedamos más tiempo con distintos talleres.
— ¿En qué consiste?
— Por ejemplo, este año hemos ido al Hospital Vidal, fuimos al área oncológica con el coro, mientras hacían el tratamiento de quimioterapia pasamos un rato juntos.
Puedo asegurar que es importantísimo por experiencia propia -no en esa área pero sí en otra- que cuando pasa algo diferente de tu rutina como enfermo es hermoso, uno lo vive con mucha felicidad porque no pasa todo el tiempo. Cuando pasa, es muy bueno.
Al principio no se prendían mucho, es como si se preguntaran: “¿qué es esto?”, “¿qué pasa?”, después, enseguida empezaron a mover los pies, a seguir el ritmo, a engancharse y algunos a cantar.
Estuvimos juntos un tiempo y después estuvimos en la sala de espera, que es otro espacio donde se vive la preocupación, la espera ansiosa, la angustia. Entonces pasamos otro buen momento ahí, fue muy lindo también, porque ahí ya se podía hacer otro despliegue. ¡Se unió hasta el jefe de farmacia y sacó a bailar a alguien! ¡Se armó un mboyeré tan lindo! Por el solo hecho de juntarse y de que las cosas vayan sucediendo, ya digo, sin demasiada programación, generando espacios de diálogo.
En otros lugares, en cambio, ofrecemos algunas capacitaciones. En el geriátrico estuvimos trabajando con talleres de dibujo y pintura o con niños también hicimos algunos trabajos, estuvimos en el barrio Punta Taitalo; a veces es merendar nomás y hacer algunos dibujos o leer; la profesora Beatriz Morilla estuvo yendo a muchos encuentros. 
— Esta es la extensión ¿no?
— Esta es la extensión. Estos son programas extensionistas.
— Es la extensión que tiene este punto social.
— Sí.
— Que por ahí no tiene toda la prensa necesaria y a veces no se busca la prensa, pero sucede.
— A veces me preguntan por qué no hay tanta difusión, tanto “registro” de estas actividades; yo entiendo la importancia del registro en tanto sirva para sumar gente o para ajustar el diagnóstico que se hizo o para repensar estrategias. Pero es cierto, trabajamos mucho fuera del centro cultural y no es lo que tiene más vidriera.
Hay otros programas, “Educar con el arte en contexto de encierro”, programa que acerca, desde hace más de 5 años, algunos talleres de artes y oficios, fundamentalmente a la Unidad Penal 1 y a la Unidad Penal 3.
— Hubo una feria ahora ¿no?
— Sí, justamente este programa nos llevó a pensar en cómo podríamos sortear algunos obstáculos: ¿qué se hace cuando las producciones van apareciendo? ¿Cómo se hace para que no sea la mera catarsis o la ocupación de un tiempo ocioso? ¿Cómo hacer para que esta parte productiva pueda tener un circuito de comercialización? ¿Cómo se puede organizar el trabajo? ¿Qué herramientas tengo yo? ¿Cómo puedo hacer valer mis derechos? Estoy privado de transitar libremente, pero sigo conservando mis derechos como persona. 
Así es como aparece un diseño del Centro de Estudios Sociales de la Unne, donde junto al CCU y a otros organismos como la red de derechos humanos y algunos colectivos independientes imaginamos una diplomatura en Economía Popular. Aplicamos a una convocatoria, “Abrealas”, y conseguimos una línea de financiamiento de la Secretaría de Políticas Universitarias para implementarla a partir de abril de este año, destinada a personas alojadas en las unidades penales Nº 1, 3, 4 y Anexo San Luis del Palmar.
— Además de esto, desde estas cuestiones que son evidentemente sociales, con un fin específico muy valioso, hay líneas de trabajo que tienen que ver con la educación, con la formación, y hay una parte que me interesa que es lo experimental que está presente ahí. ¿Cuáles son esas líneas de trabajo? 
— La Universidad es el referente de las demandas de generación y sistematización del conocimiento, y nos parece fundamental que el centro cultural se haga cargo también de esta instancia de laboratorio para poder superar lo preestablecido como ir un poco más allá, asumir un riesgo.
Para esto promovemos espacios de análisis y reflexión para la comunidad artística, propiciamos el intercambio de especialistas y la promoción de espectadores activos y con juicio crítico. 
Acompañamos especialmente la producción de los artistas emergentes, los espacios de encuentro, de debate, de compartir, de reflexionar en grupo, pero también de generar una producción y que esta producción a su vez pueda interactuar con un otro y que se puedan generar nuevos conocimientos, nuevas perspectivas.
“Play semana videoarte” es un buen ejemplo de esto, donde el arte y la tecnología se juntan ofreciendo otras posibilidades de creación. Coordinado por Maia Navas, este año se llevó a cabo la séptima edición, fue creciendo año tras año con la participación de muchísimos artistas de la región, pero también nacionales e internacionales. Tenemos muy buenos realizadores audiovisuales en Corrientes, pero en este caso en particular el videoarte se sirve de las imágenes y el sonido desde la poética, no precisamente desde la narrativa. Entonces, lo abordamos desde otro lugar y aparece lo desopilante, aparece lo sensible, el efecto que te saca de la rutina, te quiebra la inercia y genera otras cosas. 
— Tal vez es una mirada más sensible de todo esto, no necesariamente tiene que tener un fundamento, una historia, algo que decir, una moraleja; nada de esto ¿no? Está hecho de otros materiales y hay otra lógica, y además creaste un espacio que a mí me gusta mucho, que es del cafecito. Hay una cosa ahí, una cosa también experimental ¿no?
— Sí, está Salón B Biblio Bar, que es una biblioteca de literatura de autores de la región. Es una biblioteca chiquitita pero no hay tantas bibliotecas en Corrientes que sean específicas, hay desde fanzines hasta libros de escritores consagrados con un reconocimiento por fuera de esta región. 
Al lado está el Espacio Plasma que vos mencionabas, que está en un lugar muy accesible de mucho tránsito, es un espacio donde transitan por ese hall, entre las 7 de la mañana y las 22 horas, gente que va a hacer un curso de computación, alumnos que van a hacer teatro, gente que pasó para ir a una conferencia y queda entrampada con la propuesta que se exhibe en un televisor, generalmente de artistas jóvenes, emergentes que, tal vez, por diferentes cuestiones no acceden a la Sala del Sol, y el mismo formato les resulta amigable.
— A lo largo de todas tus gestiones, tanto en el Museo de Bellas Artes como ahora, hay un vínculo muy fuerte entre la formación y los hechos; es decir, entre la formación y la actividad. ¿Por qué?
— Porque en realidad siempre es bueno saber, porque creo que cuanto uno más profundiza los temas, los conecta con otros saberes, los hace crecer, sin dudas que la obra crece también.
La obra nunca es más que uno, y ahí nos metemos con la necesidad de formar paralelamente al espectador.
— Pero está la obra ahí y está el artista ahí ¿no?
— Exactamente, siempre son, quien más quien menos, autorreferenciales, sobre todo las nuevas instancias de formación, donde hay mucho de reflexionar con otro, socializar la obra y  ponerla a consideración. No quedarse en la comodidad de la verdad única, la de uno mismo. La importancia de poder debatirla con otro o rever, porque muchas veces el otro nos interpela y no hace rever la obra o el discurso. Obra en un sentido más amplio, literario, plástico o lo que fuera.
— ¿Dónde quedó la Fernanda Toccalino artista? ¿Dónde está?
— Está redireccionada en la gestión, por ahora no está, no siento la necesidad de hacer una obra con la materialidad como antes lo hacía.
— ¿Qué te dio Corrientes?
— A mí Corrientes me dio demasiado. Yo estoy muy agradecida, me dio la posibilidad de conocer gente muy linda que quiero mucho. Me dio la posibilidad de acceder a espacios. Yo vengo de Buenos Aires, donde todo era muy difícil, era para grupos muy chiquititos y yo acá me siento muy reconocida. Me siento realmente muy agradecida, me dio muchos colores, olores, sabores y naturaleza, más allá de que me dio hijos, más razones para sentirme muy plena y muy feliz.
— Todo esto que sentís por Corrientes se manifiesta en la gestión. Entendés la gestión como algo local ¿no es cierto? Como algo que se hace de desde aquí. ¿Por qué?
— Sí, primero porque valoro lo local y regional, porque me parece que hay gente muy talentosa, muy rica en experiencias, y porque además hoy hablábamos de lo autorreferencial, yo creo que uno es en tanto es con sus circunstancias, con su vida, con su realidad y, entonces, me parece que hablar desde ese lugar es fundamental y además porque le habla a alguien, a un par, le habla a otro desde ese mismo lugar, hay una comunicación, un entendimiento.
— O sea que tenemos que meterle mano a lo local.
— Para mí, sin dudarlo, le tenemos que meter mano a lo local, sin que esto implique que sea ni campechano ni… 
— Ni un folclorismo falso, digamos, ¿no?
Exacto, para nada.

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El Centro Cultural como instancia de laboratorio para superar lo preestablecido

La tarea que lleva adelante Fernanda Toccalino es compleja, plural, crítica e inclusiva. La gestión pública, en general, suele ir detrás de los acontecimientos generados en los bordes de lo oficial, pero ella es una excepción ya que muchos de los hechos que produce parten de allí con nuevas miradas y abordajes que expresan distintas visiones. 

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Fernanda Toccalino llegó a Corrientes en 1996 con Pablo, su esposo, y el 31 de diciembre de 1997 se mudaron a Santa Ana que, sin duda, es su lugar en el mundo.
Toccalino fue profesora del Instituto Josefina Contte, directora del Museo de Bellas Artes y ahora coordina el Centro Cultural Universitario.
Es, además, artista plástica y durante los primeros años de su estancia en la provincia esas actividades convivieron, aunque en los últimos años la artista plástica y visual guarda un silencio que esperamos sea pasajero.
A lo largo de estos años, Toccalino ha dejado una marca de gestión de gran rigor profesional relacionada con la formación, la producción local de contenidos artísticos diversos, la pluralidad de propuestas y miradas, el rescate de las identidades locales conviviendo con la osadía de planteos no convencionales y experimentales que generaron un espacio para nuevos actores y espectadores del ámbito cultural local y regional.
Talleres, seminarios, encuentros, conferencias, produjeron a lo largo de estos años espacios abiertos al intercambio de ideas y pensamiento crítico y cruces de disciplinas que resultan siempre fertilizante para el campo cultural. Se trata no sólo de mostrar lo que los artistas producen sino poder reflexionar sobre los procesos de manera crítica, leyendo los contextos, las entrelíneas y dobleces de las producciones locales.
La realización de Premios Unne de Artes Plásticas y las distinciones literarias lograron una gran convocatoria de artistas que buscan visibilizar sus producciones con el reconocimiento de la Universidad y a la vez permite a la gestión ampliar el conocimiento del mapa de lo producido en la región.
Las tareas de extensión en el terreno son una parte importante de gestión de Toccalino que va más allá de la fugacidad de la prensa diaria, tal vez porque hunde sus manos en las problemáticas sociales del lugar donde vivimos. No se trata sólo de ir a llevar un par de canciones y retirarse. Se trata de ir a compartir algo de manera sistemática, un saber, un no saber, alguna destreza, contar algunas historias o acompañar al que sufre alguna enfermedad o una carencia. Una inclusión vivida, no sólo manifestada. No espectáculo efímero sino una pausa que busca el encuentro. Encuentro que parte de la escucha de lo que el otro tiene para manifestar o mostrar. La gestión como un diálogo no exento de dudas y de críticas.
La tarea que lleva adelante es compleja, plural, crítica e inclusiva. La gestión pública, en general, suele ir detrás de los acontecimientos generados en los bordes de lo oficial, pero Toccalino es una excepción, ya que muchos de los hechos que produce parten de allí con nuevas miradas y abordajes que expresan distintas visiones. 
Ampliar los horizontes estéticos, habitar los bordes, crear o propiciar nuevos espacios de producción de contenidos abiertos a la “pasión crítica”, superar los lugares comunes, es lo que ha hecho Toccalino durante estos años con seriedad y sobriedad. En la nota cuenta algunas de las líneas de su trabajo.

— ¿Cuál es tu tarea?
— Mi tarea es diseñar proyectos y gestionar actividades para un centro cultural, coordino el Centro Cultural Universitario de la Universidad del Nordeste.
— ¿Hace cuánto que estás ahí?
— Hace 7 años.
— ¿Cuáles son las líneas de trabajo que tuviste al comenzar y cómo fueron cambiando?
— Al principio, trabajaba mucho desde afuera, implementando actividades pensadas y coordinadas junto a mi equipo; convocando al público a que se sume. Después entendí que, con la intención de que sea equilibrada, que sea diversa, de atender distintos campos, distintas disciplinas, distintos públicos, armábamos una estructura elaborada pero rígida. Era extremadamente prolija, tratando de ser equitativa, y después me di cuenta de que en realidad estaba parada en un solo lugar y que desde esa perspectiva proyectaba las actividades, diseñaba un entramado complejo de actividades pero desde ese lugar, mi lugar.
De a poco me fui impregnando de lo que pasaba en mi ciudad en su contexto más amplio y entendí la importancia de una gestión más transversal, más colectiva, esto de “hacerlo con otros”, y en esa otredad me encontré con algunos que estaban silenciados, invisibilizados, postergados. Desde ahí y con ellos, surgieron muchas actividades, ya no desde la verticalidad o una cosa diseñada rígidamente, sin un punto fijo.
— Eso es algo que se mueve, una gestión que se mueve. Si tuvieras que definir hoy la tarea de gestión desde allí, ¿cuáles son las líneas generales? ¿Cuáles son los planteos o los temas?
— Entiendo a la comunidad con todos sus matices y propongo dos líneas bien definidas: una que tiene que ver con el fortalecimiento del vínculo con la comunidad mediante acciones artísticas que generen enriquecimiento mutuo, desde las capacitaciones y actualizaciones de saberes, hasta compartir sus producciones en diferentes exposiciones y espectáculos. 
Desde el Centro Cultural trabajamos en un “ida y vuelta”, recibimos muchos pedidos y a su vez ofrecemos propuestas que entendemos (políticamente) importantes. 
El CCU cuenta con distintos talleres artísticos y cursos de capacitación, además hay elencos vocacionales como el coro de la Universidad, un grupo de bailarines de danzas folclóricas, un taller de música popular del que van surgiendo grupos de música; arrancan como talleristas y después forman agrupaciones que se sostienen en el tiempo y que crecen más allá del centro cultural; un taller de teatro con el profesor Angel Quintela…
— Como había siempre en la Universidad. Como lo llevó “Coco” Barreda durante tanto tiempo.
— Sí, así es.
— ¿Y la otra pata? Eso me parece interesante.
— La otra pata es la del trabajo fuera del centro cultural, trabajar en distintos territorios, con las minorías, con programas, proyectos y actividades que entiendan la relevancia de la actividad artística en la sociedad como aporte de dignidad e igualdad, y tratar de ver cómo se pueden generar más oportunidades, sobre todos para aquellos que no tienen tantas. Entonces, desde lo colectivo, imaginar cómo se puede generar esta transformación de hacer accesible lo que muchas veces no lo es tanto.
— ¿Querés ponerle nombre a eso? 
— Tenemos varios programas, hay uno que se llama “Contraseña cultural, pase libre al arte”, donde nos acercamos a distintos barrios.
Tenemos una idea preestablecida, pero después va modificándose, con el equipo de trabajo nos repensamos todo el tiempo. Entendemos que el centro cultural es un lugar de encuentro, es un lugar para conversar, para pensar con el otro, para que el otro nos ponga en debate algunos temas que no se nos ocurrieron. Hacemos base en comedores, en hospitales, en barrios; a veces nos quedamos más tiempo con distintos talleres.
— ¿En qué consiste?
— Por ejemplo, este año hemos ido al Hospital Vidal, fuimos al área oncológica con el coro, mientras hacían el tratamiento de quimioterapia pasamos un rato juntos.
Puedo asegurar que es importantísimo por experiencia propia -no en esa área pero sí en otra- que cuando pasa algo diferente de tu rutina como enfermo es hermoso, uno lo vive con mucha felicidad porque no pasa todo el tiempo. Cuando pasa, es muy bueno.
Al principio no se prendían mucho, es como si se preguntaran: “¿qué es esto?”, “¿qué pasa?”, después, enseguida empezaron a mover los pies, a seguir el ritmo, a engancharse y algunos a cantar.
Estuvimos juntos un tiempo y después estuvimos en la sala de espera, que es otro espacio donde se vive la preocupación, la espera ansiosa, la angustia. Entonces pasamos otro buen momento ahí, fue muy lindo también, porque ahí ya se podía hacer otro despliegue. ¡Se unió hasta el jefe de farmacia y sacó a bailar a alguien! ¡Se armó un mboyeré tan lindo! Por el solo hecho de juntarse y de que las cosas vayan sucediendo, ya digo, sin demasiada programación, generando espacios de diálogo.
En otros lugares, en cambio, ofrecemos algunas capacitaciones. En el geriátrico estuvimos trabajando con talleres de dibujo y pintura o con niños también hicimos algunos trabajos, estuvimos en el barrio Punta Taitalo; a veces es merendar nomás y hacer algunos dibujos o leer; la profesora Beatriz Morilla estuvo yendo a muchos encuentros. 
— Esta es la extensión ¿no?
— Esta es la extensión. Estos son programas extensionistas.
— Es la extensión que tiene este punto social.
— Sí.
— Que por ahí no tiene toda la prensa necesaria y a veces no se busca la prensa, pero sucede.
— A veces me preguntan por qué no hay tanta difusión, tanto “registro” de estas actividades; yo entiendo la importancia del registro en tanto sirva para sumar gente o para ajustar el diagnóstico que se hizo o para repensar estrategias. Pero es cierto, trabajamos mucho fuera del centro cultural y no es lo que tiene más vidriera.
Hay otros programas, “Educar con el arte en contexto de encierro”, programa que acerca, desde hace más de 5 años, algunos talleres de artes y oficios, fundamentalmente a la Unidad Penal 1 y a la Unidad Penal 3.
— Hubo una feria ahora ¿no?
— Sí, justamente este programa nos llevó a pensar en cómo podríamos sortear algunos obstáculos: ¿qué se hace cuando las producciones van apareciendo? ¿Cómo se hace para que no sea la mera catarsis o la ocupación de un tiempo ocioso? ¿Cómo hacer para que esta parte productiva pueda tener un circuito de comercialización? ¿Cómo se puede organizar el trabajo? ¿Qué herramientas tengo yo? ¿Cómo puedo hacer valer mis derechos? Estoy privado de transitar libremente, pero sigo conservando mis derechos como persona. 
Así es como aparece un diseño del Centro de Estudios Sociales de la Unne, donde junto al CCU y a otros organismos como la red de derechos humanos y algunos colectivos independientes imaginamos una diplomatura en Economía Popular. Aplicamos a una convocatoria, “Abrealas”, y conseguimos una línea de financiamiento de la Secretaría de Políticas Universitarias para implementarla a partir de abril de este año, destinada a personas alojadas en las unidades penales Nº 1, 3, 4 y Anexo San Luis del Palmar.
— Además de esto, desde estas cuestiones que son evidentemente sociales, con un fin específico muy valioso, hay líneas de trabajo que tienen que ver con la educación, con la formación, y hay una parte que me interesa que es lo experimental que está presente ahí. ¿Cuáles son esas líneas de trabajo? 
— La Universidad es el referente de las demandas de generación y sistematización del conocimiento, y nos parece fundamental que el centro cultural se haga cargo también de esta instancia de laboratorio para poder superar lo preestablecido como ir un poco más allá, asumir un riesgo.
Para esto promovemos espacios de análisis y reflexión para la comunidad artística, propiciamos el intercambio de especialistas y la promoción de espectadores activos y con juicio crítico. 
Acompañamos especialmente la producción de los artistas emergentes, los espacios de encuentro, de debate, de compartir, de reflexionar en grupo, pero también de generar una producción y que esta producción a su vez pueda interactuar con un otro y que se puedan generar nuevos conocimientos, nuevas perspectivas.
“Play semana videoarte” es un buen ejemplo de esto, donde el arte y la tecnología se juntan ofreciendo otras posibilidades de creación. Coordinado por Maia Navas, este año se llevó a cabo la séptima edición, fue creciendo año tras año con la participación de muchísimos artistas de la región, pero también nacionales e internacionales. Tenemos muy buenos realizadores audiovisuales en Corrientes, pero en este caso en particular el videoarte se sirve de las imágenes y el sonido desde la poética, no precisamente desde la narrativa. Entonces, lo abordamos desde otro lugar y aparece lo desopilante, aparece lo sensible, el efecto que te saca de la rutina, te quiebra la inercia y genera otras cosas. 
— Tal vez es una mirada más sensible de todo esto, no necesariamente tiene que tener un fundamento, una historia, algo que decir, una moraleja; nada de esto ¿no? Está hecho de otros materiales y hay otra lógica, y además creaste un espacio que a mí me gusta mucho, que es del cafecito. Hay una cosa ahí, una cosa también experimental ¿no?
— Sí, está Salón B Biblio Bar, que es una biblioteca de literatura de autores de la región. Es una biblioteca chiquitita pero no hay tantas bibliotecas en Corrientes que sean específicas, hay desde fanzines hasta libros de escritores consagrados con un reconocimiento por fuera de esta región. 
Al lado está el Espacio Plasma que vos mencionabas, que está en un lugar muy accesible de mucho tránsito, es un espacio donde transitan por ese hall, entre las 7 de la mañana y las 22 horas, gente que va a hacer un curso de computación, alumnos que van a hacer teatro, gente que pasó para ir a una conferencia y queda entrampada con la propuesta que se exhibe en un televisor, generalmente de artistas jóvenes, emergentes que, tal vez, por diferentes cuestiones no acceden a la Sala del Sol, y el mismo formato les resulta amigable.
— A lo largo de todas tus gestiones, tanto en el Museo de Bellas Artes como ahora, hay un vínculo muy fuerte entre la formación y los hechos; es decir, entre la formación y la actividad. ¿Por qué?
— Porque en realidad siempre es bueno saber, porque creo que cuanto uno más profundiza los temas, los conecta con otros saberes, los hace crecer, sin dudas que la obra crece también.
La obra nunca es más que uno, y ahí nos metemos con la necesidad de formar paralelamente al espectador.
— Pero está la obra ahí y está el artista ahí ¿no?
— Exactamente, siempre son, quien más quien menos, autorreferenciales, sobre todo las nuevas instancias de formación, donde hay mucho de reflexionar con otro, socializar la obra y  ponerla a consideración. No quedarse en la comodidad de la verdad única, la de uno mismo. La importancia de poder debatirla con otro o rever, porque muchas veces el otro nos interpela y no hace rever la obra o el discurso. Obra en un sentido más amplio, literario, plástico o lo que fuera.
— ¿Dónde quedó la Fernanda Toccalino artista? ¿Dónde está?
— Está redireccionada en la gestión, por ahora no está, no siento la necesidad de hacer una obra con la materialidad como antes lo hacía.
— ¿Qué te dio Corrientes?
— A mí Corrientes me dio demasiado. Yo estoy muy agradecida, me dio la posibilidad de conocer gente muy linda que quiero mucho. Me dio la posibilidad de acceder a espacios. Yo vengo de Buenos Aires, donde todo era muy difícil, era para grupos muy chiquititos y yo acá me siento muy reconocida. Me siento realmente muy agradecida, me dio muchos colores, olores, sabores y naturaleza, más allá de que me dio hijos, más razones para sentirme muy plena y muy feliz.
— Todo esto que sentís por Corrientes se manifiesta en la gestión. Entendés la gestión como algo local ¿no es cierto? Como algo que se hace de desde aquí. ¿Por qué?
— Sí, primero porque valoro lo local y regional, porque me parece que hay gente muy talentosa, muy rica en experiencias, y porque además hoy hablábamos de lo autorreferencial, yo creo que uno es en tanto es con sus circunstancias, con su vida, con su realidad y, entonces, me parece que hablar desde ese lugar es fundamental y además porque le habla a alguien, a un par, le habla a otro desde ese mismo lugar, hay una comunicación, un entendimiento.
— O sea que tenemos que meterle mano a lo local.
— Para mí, sin dudarlo, le tenemos que meter mano a lo local, sin que esto implique que sea ni campechano ni… 
— Ni un folclorismo falso, digamos, ¿no?
Exacto, para nada.