ellitoral.com.ar

Domingo 16 de Diciembre de 2018 CORRIENTES29°Pronóstico Extendido clima_parcial_noche

Dolar Compra: $37,20

Dolar Venta: $39,00

¿Qué futuro tiene el peronismo?

¿Qué futuro tiene 
el peronismo?

Por Jorge Remes Lenicov
Nota publicada en el 
diario Clarín

Las ideas fuerza de los grandes pensadores o líderes políticos sólo pueden ser comprendidas en su contexto histórico. Fuera de él es menester analizar cuánta vigencia tiene ese pensamiento en circunstancias diferentes.
En el caso del peronismo, excluyendo las pretensiones de quienes procuraron hegemonizarlo en los setenta (principalmente el vandorismo y la tendencia revolucionaria) y que causaron violentos enfrentamientos, el único intento de aggiornamiento a un nuevo contexto nacional e internacional fue el de la Renovación liderada por Cafiero, a partir del triunfo de Alfonsín en diciembre de 1983.
La capacidad de Menem de advertir los cambios en el mundo a partir de la caída del muro de Berlín fue un intento de adaptación a las nuevas realidades estratégicas, lamentablemente frustrado, entre otras razones, por haber permitido la cooptación de su gobierno por dirigentes del neoliberalismo en boga, a partir del consenso de Washington, y por su obsesiva pretensión de perpetuarse en el poder.
Desde entonces, entre el estrepitoso fracaso de la convertibilidad y la degradación política del pseudoprogresismo de la era kirchnerista, el peronismo sólo expresa un proyecto de poder, carente de propuestas de construcción política sobre la base de ideas acordes con la situación del país y del mundo contemporáneo.
El peronismo originario tuvo dos grandes momentos y ambos respondieron a un intento de adaptación al mundo de entonces, teniendo en mira una estrategia de desarrollo.
En la inmediata posguerra, llevó a cabo un acelerado proceso de transformación social en línea con los principios del constitucionalismo social, en el contexto de una previsible tercera guerra mundial.
Debilitado ese modelo de crecimiento hacia dentro, en 1952 se inició un proceso de transformación económica que procuraba sofrenar los desequilibrios macroeconómicos, estabilizar los precios, desarrollar la industria de base y favorecer la incorporación de inversión externa, en el marco de la ya declarada guerra fría.
Para este segundo ciclo era prioritario aumentar la productividad de la economía como factor de desarrollo, aun a costa de limitar el proceso distributivo del primer ciclo.
Hacia 1974, Perón estaba ya convencido de que el peronismo, tras largos años de proscripción de la vida política, debía adecuarse a los requerimientos de una democracia representativa como condición necesaria para pacificar el país e iniciar la senda del desarrollo sustentable.
Advertía, también, la necesidad de promover procesos de integración regional y la importancia de asociar principios de preservación ambiental a la noción de desarrollo económico y social. Tuvo Perón un pensamiento evolutivo. Pensamiento que evolucionó hasta su muerte.
El posperonismo, en cambio, no ha mostrado esa misma virtud. Vale repetir que, salvo el intento de la Renovación -ratificación de principios republicanos y de la democracia representativa, asociados a los principios del constitucionalismo social-, el peronismo, desde la muerte de Perón, ha actuado pendularmente entre posiciones de derecha y de izquierda que no encuentran raíces genuinas en el pensamiento de su creador, ni permiten encontrar en ellas una evolución acorde con las ideas liminares del peronismo originario.
Ideas asociadas a la movilidad social ascendente, al trabajo como eje ordenador de la vida social y al rechazo de la lucha de clases y a los excesos de un capitalismo dominante.
Ni el neoliberalismo menemista ni el asistencialismo kirchnerista favorecieron la movilidad social ascendente, ni sus ideas ni sus acciones abrevaron en el pensamiento de Perón, ni han sido conducentes a la construcción de un país más desarrollado, civilizado y justo.
El peronismo, desde el fracaso de la renovación impulsada por Cafiero, ha congelado su pensamiento y ha adoptado otras ideas, en función de sus circunstanciales necesidades de poder y no como intento de renovación de las que fueran motor de su impulso evolutivo inicial.
El poder fraccionado que el peronismo expresa hoy, basado en un sindicalismo dividido y en retroceso, consolidadas organizaciones piqueteras y dispersos caudillos provinciales, continúa contando con capacidad para atizar o amortiguar conflictos, pero no para prevenirlos o resolverlos.
Consecuentemente, carece de ideas sobre cómo relacionarnos inteligentemente con un mundo cambiante y complejo, generar inversiones productivas, trabajo de calidad y mejores instituciones en una sociedad con claros síntomas de decadencia (movilidad social descendente).
Podrá, incluso, disputar elecciones nacionales y provinciales, con suerte diversa, pero si no se convierte en portador de ideas, prácticas y liderazgos que permitan revertir la decadencia social, la baja productividad de nuestra economía y sus endémicas deficiencias institucionales, el peronismo carecerá de futuro. Posiblemente, tenderá a disgregarse como ha ocurrido antes de ahora con el radicalismo tras las serias crisis de sus gobiernos en 1989 y en 2001.
Ese déficit del peronismo no es sólo un problema de los peronistas; es un problema de nuestro país que necesita, imperiosamente, superar sus crónicos estados de emergencia y fortalecer sus instituciones políticas con partidos democráticos ocupados en el debate de estrategias de desarrollo que vuelvan a impulsar la movilidad social ascendente.

¿Te gustó la nota?
Comentarios
Logo

¿Qué futuro tiene el peronismo?

¿Qué futuro tiene 
el peronismo?

Por Jorge Remes Lenicov
Nota publicada en el 
diario Clarín

Las ideas fuerza de los grandes pensadores o líderes políticos sólo pueden ser comprendidas en su contexto histórico. Fuera de él es menester analizar cuánta vigencia tiene ese pensamiento en circunstancias diferentes.
En el caso del peronismo, excluyendo las pretensiones de quienes procuraron hegemonizarlo en los setenta (principalmente el vandorismo y la tendencia revolucionaria) y que causaron violentos enfrentamientos, el único intento de aggiornamiento a un nuevo contexto nacional e internacional fue el de la Renovación liderada por Cafiero, a partir del triunfo de Alfonsín en diciembre de 1983.
La capacidad de Menem de advertir los cambios en el mundo a partir de la caída del muro de Berlín fue un intento de adaptación a las nuevas realidades estratégicas, lamentablemente frustrado, entre otras razones, por haber permitido la cooptación de su gobierno por dirigentes del neoliberalismo en boga, a partir del consenso de Washington, y por su obsesiva pretensión de perpetuarse en el poder.
Desde entonces, entre el estrepitoso fracaso de la convertibilidad y la degradación política del pseudoprogresismo de la era kirchnerista, el peronismo sólo expresa un proyecto de poder, carente de propuestas de construcción política sobre la base de ideas acordes con la situación del país y del mundo contemporáneo.
El peronismo originario tuvo dos grandes momentos y ambos respondieron a un intento de adaptación al mundo de entonces, teniendo en mira una estrategia de desarrollo.
En la inmediata posguerra, llevó a cabo un acelerado proceso de transformación social en línea con los principios del constitucionalismo social, en el contexto de una previsible tercera guerra mundial.
Debilitado ese modelo de crecimiento hacia dentro, en 1952 se inició un proceso de transformación económica que procuraba sofrenar los desequilibrios macroeconómicos, estabilizar los precios, desarrollar la industria de base y favorecer la incorporación de inversión externa, en el marco de la ya declarada guerra fría.
Para este segundo ciclo era prioritario aumentar la productividad de la economía como factor de desarrollo, aun a costa de limitar el proceso distributivo del primer ciclo.
Hacia 1974, Perón estaba ya convencido de que el peronismo, tras largos años de proscripción de la vida política, debía adecuarse a los requerimientos de una democracia representativa como condición necesaria para pacificar el país e iniciar la senda del desarrollo sustentable.
Advertía, también, la necesidad de promover procesos de integración regional y la importancia de asociar principios de preservación ambiental a la noción de desarrollo económico y social. Tuvo Perón un pensamiento evolutivo. Pensamiento que evolucionó hasta su muerte.
El posperonismo, en cambio, no ha mostrado esa misma virtud. Vale repetir que, salvo el intento de la Renovación -ratificación de principios republicanos y de la democracia representativa, asociados a los principios del constitucionalismo social-, el peronismo, desde la muerte de Perón, ha actuado pendularmente entre posiciones de derecha y de izquierda que no encuentran raíces genuinas en el pensamiento de su creador, ni permiten encontrar en ellas una evolución acorde con las ideas liminares del peronismo originario.
Ideas asociadas a la movilidad social ascendente, al trabajo como eje ordenador de la vida social y al rechazo de la lucha de clases y a los excesos de un capitalismo dominante.
Ni el neoliberalismo menemista ni el asistencialismo kirchnerista favorecieron la movilidad social ascendente, ni sus ideas ni sus acciones abrevaron en el pensamiento de Perón, ni han sido conducentes a la construcción de un país más desarrollado, civilizado y justo.
El peronismo, desde el fracaso de la renovación impulsada por Cafiero, ha congelado su pensamiento y ha adoptado otras ideas, en función de sus circunstanciales necesidades de poder y no como intento de renovación de las que fueran motor de su impulso evolutivo inicial.
El poder fraccionado que el peronismo expresa hoy, basado en un sindicalismo dividido y en retroceso, consolidadas organizaciones piqueteras y dispersos caudillos provinciales, continúa contando con capacidad para atizar o amortiguar conflictos, pero no para prevenirlos o resolverlos.
Consecuentemente, carece de ideas sobre cómo relacionarnos inteligentemente con un mundo cambiante y complejo, generar inversiones productivas, trabajo de calidad y mejores instituciones en una sociedad con claros síntomas de decadencia (movilidad social descendente).
Podrá, incluso, disputar elecciones nacionales y provinciales, con suerte diversa, pero si no se convierte en portador de ideas, prácticas y liderazgos que permitan revertir la decadencia social, la baja productividad de nuestra economía y sus endémicas deficiencias institucionales, el peronismo carecerá de futuro. Posiblemente, tenderá a disgregarse como ha ocurrido antes de ahora con el radicalismo tras las serias crisis de sus gobiernos en 1989 y en 2001.
Ese déficit del peronismo no es sólo un problema de los peronistas; es un problema de nuestro país que necesita, imperiosamente, superar sus crónicos estados de emergencia y fortalecer sus instituciones políticas con partidos democráticos ocupados en el debate de estrategias de desarrollo que vuelvan a impulsar la movilidad social ascendente.