Encontrar en la ciencia una contribución a la sociedad
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Encontrar en la ciencia una contribución a la sociedad

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Juan Monzón Gramajo
Especial para El Litoral 

Dejó su Santo Tomé natal de tierra colorada y calles con pedregullo a los 17 años para cumplir lo que era una decisión personal y familiar: ser una profesional universitaria. Como dirían los psicólogos en la actualidad, Blanca Beatriz Alvarez dejaba su espacio de confort para ocupar otro totalmente desconocido: el de una ciudad como Corrientes, con tintes conservadores, ambiente universitario y comodidades que hacían extrañar las del hogar.
Ya había quedado atrás su deseo de ser médica y continuar sus estudios en Buenos Aires. Aconsejada por su padre, quien le hizo ver los inconvenientes de esa opción según los conceptos de la época, se enfocó en buscar una carrera que tuviera “anatomía” en el plan de estudio. Así surgió la posibilidad de cursar el Profesorado en Biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y Agrimensura de la Unne.
“Formé parte de una de las primeras generaciones de maestros normales del pueblo que accedió casi en su totalidad a la formación universitaria. Estábamos muy bien preparados, no tuvimos problemas en tener un buen desempeño y destacarnos”, recordó.
“Llegué a Corrientes en febrero de 1964 para comenzar las clases en la Facultad. Vine con Miriam Garay, mi amiga hasta el día de hoy desde la primaria y con quien estudiaríamos el profesorado. Para nosotras era como haber llegado a Harvard por lo que representaba el ambiente y una ciudad totalmente desconocidos”.
“Viajar de Santo Tomé a la capital era una verdadera aventura. De hecho, todos los pueblos de la provincia que están sobre el río Uruguay no tenían casi conexión con esta parte de Corrientes. No había caminos, el sistema Iberá dividía a la provincia y el asfalto llegaba hasta Itatí. Imagínese, en esas condiciones nosotras volvíamos sólo dos veces al año a nuestras casas”, indicó.
Asimismo, agregó: “Tengo muy buenos recuerdos de esos tiempos, aunque ese primer año fue una transición dura que ahora la recuerdo con una sonrisa. Vivíamos en una pensión buena, pero que, por costumbre de la época, cortaban la luz a media noche para no tener un consumo excesivo”.
“El día previo al inicio de las clases en el primer año no teníamos la menor idea de cómo hacer para llegar a la Facultad. Las actividades se desarrollaban en el edificio actual de la Facultad de Ciencias Agrarias, las materias humanísticas en la Escuela Regional y las restantes en el edificio de 9 de Julio. Afortunadamente, ese día previo, estando en la casa del doctor Jaime Mazza -muy amigo de mi padre- nos presentaron a una chica que ya cursaba el segundo año, María Mercedes Arbo. Gentilmente ella se transformó en nuestra guía y amiga en esos primeros días”, señaló.
Finalmente, “me recibí en el año 1967, en tiempo y forma. Tenía un compromiso muy grande con mi familia por el esfuerzo que hacía al enviarme a estudiar. Siempre fui una enferma de la responsabilidad, en cumplir proyectos, objetivos, plazos, horarios… es algo que no pude manejarlo. Una de las últimas materias que rendí fue Paleontología con el doctor Rafael Herbst, una eminencia que vino como parte de una diáspora de profesionales tucumanos pertenecientes al Instituto Miguel Lillo. Tras dar un buen examen, el doctor Herbst me consultó si me interesaba la paleontología y me invita a trabajar ad honorem en un equipo que estaba formando. Fue un profesional que me dio las reglas generales y básicas para hacer investigación y docencia que me guiaron en mi carrera”.
“Siempre me gustó mucho el trabajo de campo -subrayó- y es que no hay otra forma para la biología: el primer laboratorio está ahí, en la naturaleza. He realizado campañas de 7 a 10 días, en carpa, con lluvia, calor y frío. Es fascinante. Exploramos y sacamos fósiles en abundancia junto a Herbst y al técnico Simón Castro en un primer yacimiento ubicado en la costa del río Paraná, muy próximo a la desembocadura del Riachuelo. Posteriormente trabajamos en las cárcavas del arroyo Toropí, un sitio próximo a Bella Vista. Allí pudimos dar con una abundancia y diversidad de fósiles de mamíferos del cuaternario ya extintos, realmente sorprendente. Esta fauna fue el objeto de mis primeros trabajos científicos”.
Luego, “en 1969 voy a La Plata a cursar la Licenciatura en Biología como parte de un convenio que la Unne suscribió con la Unlp. Debía rendir entre 7 y 8 materias, para complementar ese plan de estudio. Tuve que renunciar a mi cargo de ayudante ad honorem y la Facultad me becó con la obligación de devolver a mi regreso con el doble de la carga horaria”.
“Estuve viviendo 2 años en La Plata junto a otras dos chicas correntinas y se me abrió un mundo totalmente distinto al ambiente universitario de Corrientes. Era una época muy convulsionada desde lo político, con debates, conferencias, charlas y grupos de lectura, que impactó en el ambiente universitario”.
“Regresé a Corrientes tras obtener la licenciatura, y traía además conmigo la necesidad de servir a la sociedad de manera más efectiva. Canalizando mi interés por la medicina seguramente, me presenté como voluntaria en el área de emergencia del Hospital Juan Ramón Vidal. Cumplía mis funciones desde las 5 de la mañana hasta cerca del mediodía, y posteriormente toda la tarde trabajaba en la Facultad. Entre otras cosas, aprendí a aplicar inyecciones. Mi primer caso fue el de una señora con la que salió todo perfecto, no así con el señor que entró posteriormente y se retiró no muy contento (risas)”.
Resaltó además que “mi experiencia como voluntaria se extendió a lo largo de un año aproximadamente y tuvo que finalizar cuando me sale el nombramiento de ayudante con dedicación semiexclusiva en la Facultad. Allí se inició mi carrera como investigadora y docente. Paralelamente me casé, formé mi familia y tuve a mis cuatro hijas. Pude compatibilizar el trabajo bastante bien con la ayuda de mi esposo (el doctor Jorge Ramón Avanza, ex secretario general de Ciencia y Técnica de la Unne), con quien nos turnábamos para ir a la Facultad; nunca dejamos de cumplir nuestras obligaciones”.

Cambios
La nueva estructura familiar de la licenciada Alvarez y las complicaciones para realizar campañas por tiempos prolongados y a lugares muy lejanos, la llevan a buscar un nuevo tema de investigación y con poca información. “Casi a mediados de los 80 me enfoco en el estudio de los vertebrados actuales, en el grupo de reptiles y anfibios sobre los cuales había un vacío de información importante. Mi interés por la herpetología surgió de modo fortuito. Todas las siestas cuando me iba a la facultad en la sede de calle 9 de Julio, debía atravesar la plaza Cabral. Casi siempre y a lo largo de mi recorrido me topaba con lagartijas. Me generó inquietud saber más de ellas y así nació mi área de investigación”. 
Así, “cuando cursé la licenciatura en La Plata me gustó mucho la materia ‘Anatomía Comparada’. Al abrirse en el 78 la Licenciatura en Biología en la Unne, organicé la materia y la comencé a dictar, incorporando más tarde a otros profesionales al cuerpo docente. Dictándola me jubilé”. 
“Volvería a repetir todo el camino recorrido, cumplí con mi responsabilidad para la que fui formada. Con mucho esfuerzo llegué a formar un grupo de investigación en herpetología que se destaca en el país y que continua. Entre otras cosas, hemos descripto numerosas nuevas especies para la ciencia, hemos diversificado la temática de nuestros estudios y se han elaborado varias tesis doctorales. Paralelamente hemos formado una colección herpetológica de referencia de la fauna de anfibios y reptiles del NEA”, afirmó.
“A veces me cuestiono no haberle dado más tiempo a mi familia. ¿Si me arrepentí de no haber seguido Medicina? Para nada, he tenido cuatro hijas que constituyen mi mayor orgullo, todas estudiaron en la Unne, dos se dedicaron a la docencia e investigación en esta misma universidad y dos son médicas. En ellas me veo reflejada, tanto en mis viejos anhelos como en mi vida académica posterior”.

— ¿Cómo ayudaba con sus estudios a los más necesitados?
— Soy una defensora de la ciencia básica. Nunca sabemos qué aplicación tendrá en el futuro, los conocimientos que vamos adquiriendo a diario. Esa es nuestra contribución a la sociedad y al desarrollo del conocimiento en el país”.

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Encontrar en la ciencia una contribución a la sociedad

Juan Monzón Gramajo
Especial para El Litoral 

Dejó su Santo Tomé natal de tierra colorada y calles con pedregullo a los 17 años para cumplir lo que era una decisión personal y familiar: ser una profesional universitaria. Como dirían los psicólogos en la actualidad, Blanca Beatriz Alvarez dejaba su espacio de confort para ocupar otro totalmente desconocido: el de una ciudad como Corrientes, con tintes conservadores, ambiente universitario y comodidades que hacían extrañar las del hogar.
Ya había quedado atrás su deseo de ser médica y continuar sus estudios en Buenos Aires. Aconsejada por su padre, quien le hizo ver los inconvenientes de esa opción según los conceptos de la época, se enfocó en buscar una carrera que tuviera “anatomía” en el plan de estudio. Así surgió la posibilidad de cursar el Profesorado en Biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y Agrimensura de la Unne.
“Formé parte de una de las primeras generaciones de maestros normales del pueblo que accedió casi en su totalidad a la formación universitaria. Estábamos muy bien preparados, no tuvimos problemas en tener un buen desempeño y destacarnos”, recordó.
“Llegué a Corrientes en febrero de 1964 para comenzar las clases en la Facultad. Vine con Miriam Garay, mi amiga hasta el día de hoy desde la primaria y con quien estudiaríamos el profesorado. Para nosotras era como haber llegado a Harvard por lo que representaba el ambiente y una ciudad totalmente desconocidos”.
“Viajar de Santo Tomé a la capital era una verdadera aventura. De hecho, todos los pueblos de la provincia que están sobre el río Uruguay no tenían casi conexión con esta parte de Corrientes. No había caminos, el sistema Iberá dividía a la provincia y el asfalto llegaba hasta Itatí. Imagínese, en esas condiciones nosotras volvíamos sólo dos veces al año a nuestras casas”, indicó.
Asimismo, agregó: “Tengo muy buenos recuerdos de esos tiempos, aunque ese primer año fue una transición dura que ahora la recuerdo con una sonrisa. Vivíamos en una pensión buena, pero que, por costumbre de la época, cortaban la luz a media noche para no tener un consumo excesivo”.
“El día previo al inicio de las clases en el primer año no teníamos la menor idea de cómo hacer para llegar a la Facultad. Las actividades se desarrollaban en el edificio actual de la Facultad de Ciencias Agrarias, las materias humanísticas en la Escuela Regional y las restantes en el edificio de 9 de Julio. Afortunadamente, ese día previo, estando en la casa del doctor Jaime Mazza -muy amigo de mi padre- nos presentaron a una chica que ya cursaba el segundo año, María Mercedes Arbo. Gentilmente ella se transformó en nuestra guía y amiga en esos primeros días”, señaló.
Finalmente, “me recibí en el año 1967, en tiempo y forma. Tenía un compromiso muy grande con mi familia por el esfuerzo que hacía al enviarme a estudiar. Siempre fui una enferma de la responsabilidad, en cumplir proyectos, objetivos, plazos, horarios… es algo que no pude manejarlo. Una de las últimas materias que rendí fue Paleontología con el doctor Rafael Herbst, una eminencia que vino como parte de una diáspora de profesionales tucumanos pertenecientes al Instituto Miguel Lillo. Tras dar un buen examen, el doctor Herbst me consultó si me interesaba la paleontología y me invita a trabajar ad honorem en un equipo que estaba formando. Fue un profesional que me dio las reglas generales y básicas para hacer investigación y docencia que me guiaron en mi carrera”.
“Siempre me gustó mucho el trabajo de campo -subrayó- y es que no hay otra forma para la biología: el primer laboratorio está ahí, en la naturaleza. He realizado campañas de 7 a 10 días, en carpa, con lluvia, calor y frío. Es fascinante. Exploramos y sacamos fósiles en abundancia junto a Herbst y al técnico Simón Castro en un primer yacimiento ubicado en la costa del río Paraná, muy próximo a la desembocadura del Riachuelo. Posteriormente trabajamos en las cárcavas del arroyo Toropí, un sitio próximo a Bella Vista. Allí pudimos dar con una abundancia y diversidad de fósiles de mamíferos del cuaternario ya extintos, realmente sorprendente. Esta fauna fue el objeto de mis primeros trabajos científicos”.
Luego, “en 1969 voy a La Plata a cursar la Licenciatura en Biología como parte de un convenio que la Unne suscribió con la Unlp. Debía rendir entre 7 y 8 materias, para complementar ese plan de estudio. Tuve que renunciar a mi cargo de ayudante ad honorem y la Facultad me becó con la obligación de devolver a mi regreso con el doble de la carga horaria”.
“Estuve viviendo 2 años en La Plata junto a otras dos chicas correntinas y se me abrió un mundo totalmente distinto al ambiente universitario de Corrientes. Era una época muy convulsionada desde lo político, con debates, conferencias, charlas y grupos de lectura, que impactó en el ambiente universitario”.
“Regresé a Corrientes tras obtener la licenciatura, y traía además conmigo la necesidad de servir a la sociedad de manera más efectiva. Canalizando mi interés por la medicina seguramente, me presenté como voluntaria en el área de emergencia del Hospital Juan Ramón Vidal. Cumplía mis funciones desde las 5 de la mañana hasta cerca del mediodía, y posteriormente toda la tarde trabajaba en la Facultad. Entre otras cosas, aprendí a aplicar inyecciones. Mi primer caso fue el de una señora con la que salió todo perfecto, no así con el señor que entró posteriormente y se retiró no muy contento (risas)”.
Resaltó además que “mi experiencia como voluntaria se extendió a lo largo de un año aproximadamente y tuvo que finalizar cuando me sale el nombramiento de ayudante con dedicación semiexclusiva en la Facultad. Allí se inició mi carrera como investigadora y docente. Paralelamente me casé, formé mi familia y tuve a mis cuatro hijas. Pude compatibilizar el trabajo bastante bien con la ayuda de mi esposo (el doctor Jorge Ramón Avanza, ex secretario general de Ciencia y Técnica de la Unne), con quien nos turnábamos para ir a la Facultad; nunca dejamos de cumplir nuestras obligaciones”.

Cambios
La nueva estructura familiar de la licenciada Alvarez y las complicaciones para realizar campañas por tiempos prolongados y a lugares muy lejanos, la llevan a buscar un nuevo tema de investigación y con poca información. “Casi a mediados de los 80 me enfoco en el estudio de los vertebrados actuales, en el grupo de reptiles y anfibios sobre los cuales había un vacío de información importante. Mi interés por la herpetología surgió de modo fortuito. Todas las siestas cuando me iba a la facultad en la sede de calle 9 de Julio, debía atravesar la plaza Cabral. Casi siempre y a lo largo de mi recorrido me topaba con lagartijas. Me generó inquietud saber más de ellas y así nació mi área de investigación”. 
Así, “cuando cursé la licenciatura en La Plata me gustó mucho la materia ‘Anatomía Comparada’. Al abrirse en el 78 la Licenciatura en Biología en la Unne, organicé la materia y la comencé a dictar, incorporando más tarde a otros profesionales al cuerpo docente. Dictándola me jubilé”. 
“Volvería a repetir todo el camino recorrido, cumplí con mi responsabilidad para la que fui formada. Con mucho esfuerzo llegué a formar un grupo de investigación en herpetología que se destaca en el país y que continua. Entre otras cosas, hemos descripto numerosas nuevas especies para la ciencia, hemos diversificado la temática de nuestros estudios y se han elaborado varias tesis doctorales. Paralelamente hemos formado una colección herpetológica de referencia de la fauna de anfibios y reptiles del NEA”, afirmó.
“A veces me cuestiono no haberle dado más tiempo a mi familia. ¿Si me arrepentí de no haber seguido Medicina? Para nada, he tenido cuatro hijas que constituyen mi mayor orgullo, todas estudiaron en la Unne, dos se dedicaron a la docencia e investigación en esta misma universidad y dos son médicas. En ellas me veo reflejada, tanto en mis viejos anhelos como en mi vida académica posterior”.

— ¿Cómo ayudaba con sus estudios a los más necesitados?
— Soy una defensora de la ciencia básica. Nunca sabemos qué aplicación tendrá en el futuro, los conocimientos que vamos adquiriendo a diario. Esa es nuestra contribución a la sociedad y al desarrollo del conocimiento en el país”.