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Jueves 21de Febrero de 2019CORRIENTES29°Pronóstico Extendidoclima_sol

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Silencio elegido

Por José Ceschi

¡Buen día! Hablo de silencio elegido porque, de chico y adolescente, casi todas las sanciones las ligaba por hablar. Por hablar donde no correspondía: en la clase, en la capilla, en la fila... en el baño (porque, en el seminario, ¡estaba prohibido hablar en el baño!).
Con el tiempo fui descubriendo el encanto del silencio. No impuesto, sino elegido. Coincido con Teresa, una buena amiga de Resistencia, cuando dice en un poema: “¡Habla tanto mi silencio! / Me da un espacio, / razono, me encuentro. / Es la voz de mi interior, / un susurro compañero / con quien en vida comparto / los difíciles momentos”. 
Sobre el tema quisiera reproducir una página que lleva la firma de Federico Suaréz: “Hay un silencio que nos beneficia, un silencio que no proviene de la distracción, de la ausencia del pensamiento que está en ‘otra cosa’, sino de la contemplación, y que es, al mismo tiempo, condición para que la interioridad sea posible. 
No se puede compaginar la reflexión, y menos aún la contemplación con la habladuría. 
Es necesario un mínimo de silencio para que la atención de la mente se aplique sosegadamente a la consideración de las cuestiones de la vida diaria nos pone ante los ojos con cierta frecuencia. Y hay también un silencio que es fortaleza. 
Y hay una gran fuerza en el que sabe callar, en el que aplica su energía y su atención al cometido que lleva entre manos, a lo ‘único necesario’, en lugar de desparramarse en mil asuntos que no le competen. Siempre es mejor guardar silencio acerca de lo que no debe ser dicho.
Un hombre que calla puede escuchar, y un hombre que escucha está en condiciones de aprender muchas cosas”. A lo que podríamos agregar aquel viejo dicho japonés: “El que sabe escuchar, sabe bastante”.  

¡Hasta mañana!

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Silencio elegido

Por José Ceschi

¡Buen día! Hablo de silencio elegido porque, de chico y adolescente, casi todas las sanciones las ligaba por hablar. Por hablar donde no correspondía: en la clase, en la capilla, en la fila... en el baño (porque, en el seminario, ¡estaba prohibido hablar en el baño!).
Con el tiempo fui descubriendo el encanto del silencio. No impuesto, sino elegido. Coincido con Teresa, una buena amiga de Resistencia, cuando dice en un poema: “¡Habla tanto mi silencio! / Me da un espacio, / razono, me encuentro. / Es la voz de mi interior, / un susurro compañero / con quien en vida comparto / los difíciles momentos”. 
Sobre el tema quisiera reproducir una página que lleva la firma de Federico Suaréz: “Hay un silencio que nos beneficia, un silencio que no proviene de la distracción, de la ausencia del pensamiento que está en ‘otra cosa’, sino de la contemplación, y que es, al mismo tiempo, condición para que la interioridad sea posible. 
No se puede compaginar la reflexión, y menos aún la contemplación con la habladuría. 
Es necesario un mínimo de silencio para que la atención de la mente se aplique sosegadamente a la consideración de las cuestiones de la vida diaria nos pone ante los ojos con cierta frecuencia. Y hay también un silencio que es fortaleza. 
Y hay una gran fuerza en el que sabe callar, en el que aplica su energía y su atención al cometido que lleva entre manos, a lo ‘único necesario’, en lugar de desparramarse en mil asuntos que no le competen. Siempre es mejor guardar silencio acerca de lo que no debe ser dicho.
Un hombre que calla puede escuchar, y un hombre que escucha está en condiciones de aprender muchas cosas”. A lo que podríamos agregar aquel viejo dicho japonés: “El que sabe escuchar, sabe bastante”.  

¡Hasta mañana!