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Un escenario repleto de catástrofes al acecho

En el tramo final de una interminable campaña plagada de turnos electorales provinciales dispersos, las intrigas son las protagonistas de la actualidad y el futuro sigue siendo una incógnita gigante.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

Cuando el proselitismo toma potencia, abundan las promesas grandilocuentes, cada palabra dicha se descifra sesgadamente y los silencios también son objeto de una retorcida y minuciosa lectura.
No menos cierto es que en un país en el que los partidos y la clase política han hecho un culto del vacío ideológico, las declaraciones son difíciles de interpretar acabadamente ya que siempre son ambiguas y dejan, deliberadamente, aristas libres para que cada uno saque sus conclusiones.
Un pesimismo alarmista sobrevuela este presente. La crítica situación económica y la larga secuencia de fracasos sistemáticos le imprimen una gravedad adicional a cualquier diagnóstico al que se pueda arribar.
Lo cierto es que de un lado y del otro de este insólito mostrador de modelos elocuentemente fallidos que han tenido la oportunidad de mostrar progresos sin éxito alguno, juegan a espantar a la sociedad con lo que puede venir.
La idea de continuar con esta dinámica gradualista, que no ha conseguido ningún hito positivo que pueda ser exhibido, no puede entusiasmar a nadie y entonces sus circunstanciales adversarios asustan al electorado con una pobreza creciente y esa nómina de calamidades que aparecerán pronto.
Los oficialistas que ahora prometen, para el próximo período, soluciones que no fueron capaces de implementar mientras gobernaron, aterrorizan a los independientes con el fantasma de Venezuela y con el eventual retorno de un esquema despiadadamente autocrático que avasallará a todos.  
Sería muy temerario afirmar que la elección ya tiene un ganador indiscutible, pero sería pecar de ingenuidad también apalancarse en ese argumento para ignorar que existe un candidato con mayores chances.
Habrá que decir que resulta casi imposible saber que harán quienes deban gobernar sobre todo por la versatilidad de los movimientos políticos locales, su inocultable apego al pragmatismo y su falta de escrúpulos a la hora de cumplir con lo que se haya afirmado en el intento de seducir votantes.
Existe una posibilidad concreta de que todos, o al menos algunos, de los augurios negativos se cumplan. Si no se revierten actitudes y conceptos y no se instrumentan programas adecuados, las desgracias dejarán de ser sólo hipótesis y se convertirán en parte visible del inédito paisaje.
Que los presagios no sean del agrado de la mayoría no implica que no ocurrirán sólo por mero voluntarismo. Para que esas profecías no se concreten habrá que hacer bastante mas que recitar triviales discursos.
El país tiene problemas reales, tangibles y complejos, de esos que no se solucionan con optimismo religioso, esperanza sin acción o simple retórica ampulosa. Es imprescindible percibir esto para poder superarlo.
Ni bien se terminen los comicios y las urnas den su veredicto inapelable se iniciará un nuevo tiempo en el que todo lo que se ha dicho en campaña puede ser absolutamente confirmado o premeditadamente ignorado.
La política tiene una fase pasional muy intensa cuando su objetivo consiste en alcanzar el botín y otra bien distinta cuando le toca en suerte lograr la meta, estar en posición de mando y ejercer plenamente el gobierno.
La transición está a la vuelta de la esquina. Ese extraño intervalo entre lo que los ciudadanos decidieron y la puesta en marcha de una etapa diferente parece breve, pero en estas débiles condiciones puede ser una eternidad.
Las señales que aparezcan en esperada noche de la elección con ese discurso clave que mezclará la euforia y el entusiasmo, con la prudencia y los puentes hacia los que no acompañaron a ese espacio, será vital para empezar a dibujar el innovador horizonte con renovadas expectativas.
Allí recién se podrá comenzar a avizorar hacia dónde soplarán los vientos y se corroborarán entonces las presunciones de los analistas o se tirarán por la borda todos los pronósticos proyectados hasta ese instante.
En política los cataclismos también ocurren y esta nación no está exenta de lo que pudiera suceder. Su historia tan cíclica como exasperante, tan ridícula como paradójica, da cuenta de múltiples experiencias nefastas.
Un régimen dictatorial, una economía en caída libre, el temido aislamiento mundial, un mayor despilfarro con mas desocupación, la hiperinflación y hasta una escalada de conflictos sociales están en el bolillero y no deberían ser descartados con tanta liviandad, ni aceptados con tanta resignación.
La tarea de la política es entender lo que está pasando y tener los reflejos suficientes para reaccionar con rapidez, el coraje para hacer lo necesario y la visión para comprender donde habrá que concentrar todas las energías.
También la sociedad civil debe asumir su rol que consiste en prepararse para la adversidad, asumir la fragilidad de esta instancia, abandonar las ilusiones mágicas y demandar posturas firmes a sus dirigentes. 
De este desmadre se sale tomando una serie de decisiones integrales, incómodas y políticamente incorrectas, con un enorme esfuerzo individual y además con la perseverancia y convicción que la delicada situación amerita.
El camino de lo insustancial se ha agotado. Esas recetas que proponen atajos sin esmero no han funcionado en ningún lugar del mundo. Como sostiene aquel sabio refrán: “A grandes males, grandes remedios”.

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Un escenario repleto de catástrofes al acecho

En el tramo final de una interminable campaña plagada de turnos electorales provinciales dispersos, las intrigas son las protagonistas de la actualidad y el futuro sigue siendo una incógnita gigante.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

Cuando el proselitismo toma potencia, abundan las promesas grandilocuentes, cada palabra dicha se descifra sesgadamente y los silencios también son objeto de una retorcida y minuciosa lectura.
No menos cierto es que en un país en el que los partidos y la clase política han hecho un culto del vacío ideológico, las declaraciones son difíciles de interpretar acabadamente ya que siempre son ambiguas y dejan, deliberadamente, aristas libres para que cada uno saque sus conclusiones.
Un pesimismo alarmista sobrevuela este presente. La crítica situación económica y la larga secuencia de fracasos sistemáticos le imprimen una gravedad adicional a cualquier diagnóstico al que se pueda arribar.
Lo cierto es que de un lado y del otro de este insólito mostrador de modelos elocuentemente fallidos que han tenido la oportunidad de mostrar progresos sin éxito alguno, juegan a espantar a la sociedad con lo que puede venir.
La idea de continuar con esta dinámica gradualista, que no ha conseguido ningún hito positivo que pueda ser exhibido, no puede entusiasmar a nadie y entonces sus circunstanciales adversarios asustan al electorado con una pobreza creciente y esa nómina de calamidades que aparecerán pronto.
Los oficialistas que ahora prometen, para el próximo período, soluciones que no fueron capaces de implementar mientras gobernaron, aterrorizan a los independientes con el fantasma de Venezuela y con el eventual retorno de un esquema despiadadamente autocrático que avasallará a todos.  
Sería muy temerario afirmar que la elección ya tiene un ganador indiscutible, pero sería pecar de ingenuidad también apalancarse en ese argumento para ignorar que existe un candidato con mayores chances.
Habrá que decir que resulta casi imposible saber que harán quienes deban gobernar sobre todo por la versatilidad de los movimientos políticos locales, su inocultable apego al pragmatismo y su falta de escrúpulos a la hora de cumplir con lo que se haya afirmado en el intento de seducir votantes.
Existe una posibilidad concreta de que todos, o al menos algunos, de los augurios negativos se cumplan. Si no se revierten actitudes y conceptos y no se instrumentan programas adecuados, las desgracias dejarán de ser sólo hipótesis y se convertirán en parte visible del inédito paisaje.
Que los presagios no sean del agrado de la mayoría no implica que no ocurrirán sólo por mero voluntarismo. Para que esas profecías no se concreten habrá que hacer bastante mas que recitar triviales discursos.
El país tiene problemas reales, tangibles y complejos, de esos que no se solucionan con optimismo religioso, esperanza sin acción o simple retórica ampulosa. Es imprescindible percibir esto para poder superarlo.
Ni bien se terminen los comicios y las urnas den su veredicto inapelable se iniciará un nuevo tiempo en el que todo lo que se ha dicho en campaña puede ser absolutamente confirmado o premeditadamente ignorado.
La política tiene una fase pasional muy intensa cuando su objetivo consiste en alcanzar el botín y otra bien distinta cuando le toca en suerte lograr la meta, estar en posición de mando y ejercer plenamente el gobierno.
La transición está a la vuelta de la esquina. Ese extraño intervalo entre lo que los ciudadanos decidieron y la puesta en marcha de una etapa diferente parece breve, pero en estas débiles condiciones puede ser una eternidad.
Las señales que aparezcan en esperada noche de la elección con ese discurso clave que mezclará la euforia y el entusiasmo, con la prudencia y los puentes hacia los que no acompañaron a ese espacio, será vital para empezar a dibujar el innovador horizonte con renovadas expectativas.
Allí recién se podrá comenzar a avizorar hacia dónde soplarán los vientos y se corroborarán entonces las presunciones de los analistas o se tirarán por la borda todos los pronósticos proyectados hasta ese instante.
En política los cataclismos también ocurren y esta nación no está exenta de lo que pudiera suceder. Su historia tan cíclica como exasperante, tan ridícula como paradójica, da cuenta de múltiples experiencias nefastas.
Un régimen dictatorial, una economía en caída libre, el temido aislamiento mundial, un mayor despilfarro con mas desocupación, la hiperinflación y hasta una escalada de conflictos sociales están en el bolillero y no deberían ser descartados con tanta liviandad, ni aceptados con tanta resignación.
La tarea de la política es entender lo que está pasando y tener los reflejos suficientes para reaccionar con rapidez, el coraje para hacer lo necesario y la visión para comprender donde habrá que concentrar todas las energías.
También la sociedad civil debe asumir su rol que consiste en prepararse para la adversidad, asumir la fragilidad de esta instancia, abandonar las ilusiones mágicas y demandar posturas firmes a sus dirigentes. 
De este desmadre se sale tomando una serie de decisiones integrales, incómodas y políticamente incorrectas, con un enorme esfuerzo individual y además con la perseverancia y convicción que la delicada situación amerita.
El camino de lo insustancial se ha agotado. Esas recetas que proponen atajos sin esmero no han funcionado en ningún lugar del mundo. Como sostiene aquel sabio refrán: “A grandes males, grandes remedios”.