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Viernes 15de Noviembre de 2019CORRIENTES26°Pronóstico Extendidoclima_parcial

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Emoción de madre

Yolanda quiso compartir con El Litoral un escrito que llegó a manos de sus hijos en una presentación en Buenos Aires y que hace poco lo encontró en una caja con recuerdos:  
“Ellos están perfectamente plantados en el horizonte. El futuro no es su secreto, porque conocen e intuyen el pasado, que lo está devolviendo absolutamente íntegros, puros, perfectos. En este proceso de tiempo, su edad permaneció ajena a los deterioros y deformaciones. Nada se ha distorsionado, la historia de esta música se reconoce, purísima. Cuando en el umbral del siglo XXI ellos vuelven a convertir el proceso creador. Si Abitbol alguna vez le dio clima a La Calandria, ahora ellos nos hacen sentir de nuevo el milagro de aquel instante único, que sin embargo vuelve como un secreto para adentrarse en nuestras vidas, como una cuña un poco sin historia, que está siempre presente cuando están ellos. Ellos pueden mover las piezas del pasado y reconducirlas a cualquier clima, a cualquier momento, a cualquier público. No en vano fascinaron a Francia e hipnotizaron a los alemanes, que de música saben mucho. Ellos tienen el poder de comunicar, sin ser vistos. Podría desaparecer y su música seguiría sonando dentro de quienes los escucharon. 
Ellos permanecen ajenos a este rituario de convertir la historia en un hecho vigente. Tienen y conservan la ingenua virtud de una tierra añorada. Uno colma en ellos el modelo de la inocencia que se nos fue de la mano. Ellos continúan manejando entre sus manos el relato de nuestros pasos. El destino mismo parece no ser más que una expresión vacía, una forma de enmascarar lo desconocido. Porque hacen música y todo se hace diáfano, uno se convence de participar de la clarividencia; cómo dos nigromantes, dueños de un oficio cercano, pueden mostrarnos que la magia está indisolublemente unida a la realidad. 
Probablemente ellos nada sepan de esta trasmutación: en sus manos, lo viejo recobra futuro, lo porvenir se hace histórico, lo real se descubre, en lo imposible. Es difícil olvidar la desconocida historia de Corrientes, cuando empieza a salmodiar esta música desde ellos. 
El que no conoce, conoce por presentimiento, lo que los escolásticos llamaron presciencia, no era más que el poder de Dios de conocer el mañana, ya que su acto creador estuvo fuera del tiempo, decían. Esto mismo se intuye cuando ellos nos cuentan las bravas jornadas de guerra y destrucciones, el apagado lamento que se fue volviendo música, porque el hombre puede destruir, es cierto, pero también puede convertir esta perversidad en un acto purísimo de creación. 
Ellos lo pueden hacer. Lo hacen. Se ponen silenciosos, se concentran por un minuto y después brota la respuesta a todas las preguntas que nos acosan desde siempre. Uno ve dos muchachos comunes, sin nada que denuncie todo lo que está oculto. Porque ellos empiezan a desentrañar los secretos y son, de pronto, dos monstruos. Uno debe negar el testimonio de sus ojos. Uno tiene que engañarse, buscando alguna explicación... hasta que todo se olvida y el océano de esa música absorbe todo: como un gigantesco huracán hecho de emociones perdidas, el torbellino silencia todo. Silencia con sonidos, con acordes que nunca terminan, que permanecen guardados en su propiedad, mucho después que las luces se hayan apagado sobre la guitarra. Son oscuros, simples, transparentes. Como seres purificados, a los que algún purgatorio terrenal los ha librado de toda superficie, y solamente hubiera dejado la piel intocada. Cuando hablan, miran de frente. Son absolutamente francos, directos, precisos. No revuelven en su ánimo para torcer sus respuestas. No quieren aparecer, exponerse, pero su presencia empieza cuando acarician las notas. Desde allí es imposible ignorarlos. Nada dicen con palabras, acaso desconfíen de ellas. Todo lo dicen con esa música que invade pidiendo permiso. Todo vuelve a investirse de significado. Ellos tienen esa rarísima virtud de ser innovadores de la autenticidad. Son auténticos sin proponérselo. En ellos nada es deliberado, todo es azar natural. No buscan ser fieles a ninguna raíz, ellos simplemente son la raíz. Aunque retoñen lo nuevo, los ilumina el espejo del ayer, que es mucho más profundo que la tradición. Las costumbres pueden cambiar, pero ellos no. Ellos no cambian porque crean, o re crean lo procreado. Será porque su carne está hecha de una madera distinta. Será porque aprendieron aquel ritmo, sumergido en la misma sangre. Será porque vienen de una familia de músicos, porque la escuela de su arte no empezó nunca y nunca terminará: aprenden con el sonido de todos los días. Será porque hacían falta en el proceso de resurgimiento del chamamé. Será porque debían ser, de un modo necesario. Ahora sé que son imprescindibles. Que el chamamé podrá seguir su marcha a través de los tiempos, pero no será igual sin ellos, nunca será igual si faltan ellos. 
Sin duda, lo más puro del futuro, ellos. 

Talo Maciel, Buenos Aires, noviembre de 1992”.

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Emoción de madre

Yolanda quiso compartir con El Litoral un escrito que llegó a manos de sus hijos en una presentación en Buenos Aires y que hace poco lo encontró en una caja con recuerdos:  
“Ellos están perfectamente plantados en el horizonte. El futuro no es su secreto, porque conocen e intuyen el pasado, que lo está devolviendo absolutamente íntegros, puros, perfectos. En este proceso de tiempo, su edad permaneció ajena a los deterioros y deformaciones. Nada se ha distorsionado, la historia de esta música se reconoce, purísima. Cuando en el umbral del siglo XXI ellos vuelven a convertir el proceso creador. Si Abitbol alguna vez le dio clima a La Calandria, ahora ellos nos hacen sentir de nuevo el milagro de aquel instante único, que sin embargo vuelve como un secreto para adentrarse en nuestras vidas, como una cuña un poco sin historia, que está siempre presente cuando están ellos. Ellos pueden mover las piezas del pasado y reconducirlas a cualquier clima, a cualquier momento, a cualquier público. No en vano fascinaron a Francia e hipnotizaron a los alemanes, que de música saben mucho. Ellos tienen el poder de comunicar, sin ser vistos. Podría desaparecer y su música seguiría sonando dentro de quienes los escucharon. 
Ellos permanecen ajenos a este rituario de convertir la historia en un hecho vigente. Tienen y conservan la ingenua virtud de una tierra añorada. Uno colma en ellos el modelo de la inocencia que se nos fue de la mano. Ellos continúan manejando entre sus manos el relato de nuestros pasos. El destino mismo parece no ser más que una expresión vacía, una forma de enmascarar lo desconocido. Porque hacen música y todo se hace diáfano, uno se convence de participar de la clarividencia; cómo dos nigromantes, dueños de un oficio cercano, pueden mostrarnos que la magia está indisolublemente unida a la realidad. 
Probablemente ellos nada sepan de esta trasmutación: en sus manos, lo viejo recobra futuro, lo porvenir se hace histórico, lo real se descubre, en lo imposible. Es difícil olvidar la desconocida historia de Corrientes, cuando empieza a salmodiar esta música desde ellos. 
El que no conoce, conoce por presentimiento, lo que los escolásticos llamaron presciencia, no era más que el poder de Dios de conocer el mañana, ya que su acto creador estuvo fuera del tiempo, decían. Esto mismo se intuye cuando ellos nos cuentan las bravas jornadas de guerra y destrucciones, el apagado lamento que se fue volviendo música, porque el hombre puede destruir, es cierto, pero también puede convertir esta perversidad en un acto purísimo de creación. 
Ellos lo pueden hacer. Lo hacen. Se ponen silenciosos, se concentran por un minuto y después brota la respuesta a todas las preguntas que nos acosan desde siempre. Uno ve dos muchachos comunes, sin nada que denuncie todo lo que está oculto. Porque ellos empiezan a desentrañar los secretos y son, de pronto, dos monstruos. Uno debe negar el testimonio de sus ojos. Uno tiene que engañarse, buscando alguna explicación... hasta que todo se olvida y el océano de esa música absorbe todo: como un gigantesco huracán hecho de emociones perdidas, el torbellino silencia todo. Silencia con sonidos, con acordes que nunca terminan, que permanecen guardados en su propiedad, mucho después que las luces se hayan apagado sobre la guitarra. Son oscuros, simples, transparentes. Como seres purificados, a los que algún purgatorio terrenal los ha librado de toda superficie, y solamente hubiera dejado la piel intocada. Cuando hablan, miran de frente. Son absolutamente francos, directos, precisos. No revuelven en su ánimo para torcer sus respuestas. No quieren aparecer, exponerse, pero su presencia empieza cuando acarician las notas. Desde allí es imposible ignorarlos. Nada dicen con palabras, acaso desconfíen de ellas. Todo lo dicen con esa música que invade pidiendo permiso. Todo vuelve a investirse de significado. Ellos tienen esa rarísima virtud de ser innovadores de la autenticidad. Son auténticos sin proponérselo. En ellos nada es deliberado, todo es azar natural. No buscan ser fieles a ninguna raíz, ellos simplemente son la raíz. Aunque retoñen lo nuevo, los ilumina el espejo del ayer, que es mucho más profundo que la tradición. Las costumbres pueden cambiar, pero ellos no. Ellos no cambian porque crean, o re crean lo procreado. Será porque su carne está hecha de una madera distinta. Será porque aprendieron aquel ritmo, sumergido en la misma sangre. Será porque vienen de una familia de músicos, porque la escuela de su arte no empezó nunca y nunca terminará: aprenden con el sonido de todos los días. Será porque hacían falta en el proceso de resurgimiento del chamamé. Será porque debían ser, de un modo necesario. Ahora sé que son imprescindibles. Que el chamamé podrá seguir su marcha a través de los tiempos, pero no será igual sin ellos, nunca será igual si faltan ellos. 
Sin duda, lo más puro del futuro, ellos. 

Talo Maciel, Buenos Aires, noviembre de 1992”.