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Juró Alberto Fernández y prometió “empezar por los últimos”, para después llegar a todos

Al mediodía tomó posesión del cargo de presidente de la Nación. En su discurso trazó las primeras líneas de su gobierno. Bajo la lupa, la Justicia y la Agencia de Inteligencia. Su prioridad, la economía y la inclusión. Sin sobreactuaciones, hizo una radiografía cruda de la herencia recibida. Macri entregó los atributos y escuchó estoico la Marcha Peronista. 
 

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Por Eduardo Ledesma
Enviado especial 

“Vengo a convocar a la unidad de toda la Argentina en pos de la construcción de un nuevo contrato ciudadano social”, dijo, fuerte y claro, Alberto Angel Fernández, minutos después de jurar, de recibir los atributos de mando y de convertirse en el nuevo presidente de la Nación. Fue esa frase la chispa inaugural de un discurso potente, denso en concepto y alcance, hondo desde el punto de vista político y sentido para los parámetros simbólicos del peronismo que volvió al gobierno y copó el hemiciclo del Congreso para hacerlo notar. 
“Vengo a convocar a la unidad de toda la Argentina”, dijo el Presidente. Y completó la idea con una construcción muy cara al sentimiento de los argentinos. Habló de volver a unir a las familias para que puedan sentarse en torno a una misma mesa, más allá de lo que piensen. Y de volver a poner el pan en las mesas en las que falta, porque “sin pan no hay futuro”.
El discurso duró una hora y no dio tregua. Al parecer hacían falta esas palabras. En el ambiente caluroso de ayer reinaba la expectativa. En las caras de muchos de los presentes en la jura, adentro y afuera del Congreso, se replicaban mohines de esperanza.
Todo comenzó muy temprano como lo que fue: un día histórico. Y varias son las razones que enmarcan ese adjetivo. Histórico porque desde hace casi 80 años, desde el surgimiento del movimiento peronista, ningún gobierno de otro signo político logró lo que Mauricio Macri: ser reemplazado por el voto popular al final de su mandato constitucional. Macri fue, además, el primer presidente no peronista ni radical en gobernar Argentina desde mediados del siglo XX.
Histórico porque Alberto Fernández es el primer presidente peronista que recibió la banda presidencial de un adversario en tiempo y forma. Y de manos del adversario. Este dato cobra todavía más relevancia si se tiene en cuenta que desde 1928, ningún gobernante de otro partido que no fuera el peronista -ni siquiera uno de la centenaria Unión Cívica Radical- logró entregar el mando cuando correspondía.
Histórico porque aún en contra de todos los pronósticos, dos días antes del traspaso de mando, Macri y Fernández protagonizaron otro hito al acudir juntos y darse un abrazo durante una misa “por la unidad y la paz” en la Basílica de Luján. Y porque el traspaso, que terminó siendo armónico, demuestra el vigor de la democracia que habrá cumplido 40 años de transcurso ininterrumpido cuando Alberto Fernández deje su cargo.

La jura
La ceremonia comenzó al promediar la mañana. A las 11.19 la entonación del Himno Nacional dio inicio a la Asamblea Legislativa. Ingresaron luego Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner y el propio Alberto Fernández, que exactamente a las 11.57 juró como presidente de la Nación. 
La ovación fue grande, aunque no tanta como la que escuchó Cristina Fernández, minutos después. Pero ni juntas se comparan con el momento que tuvo que pasar Mauricio Macri, que al ingresar al recinto para entregar la banda y el bastón, escuchó abucheos, silbidos y varias versiones de la Marcha Peronista cantada adentro y afuera del Congreso, con los correspondientes dedos en V.
Ya en cadena nacional, lo que vino después fue el discurso inaugural del mandato. Comenzó a las 12.06 y concluyó una hora después cosechando acuerdos en su mayoría, aunque también hubo algunos rezongos. La deuda, la crisis, el hambre, la reforma de la Justicia, la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia y el cierre de la grieta, entre otros puntos no menores, tonificaron el contenido del mensaje que será, con el paso de los años, la vara con la que se medirá el éxito o el fracaso de esta nueva gestión.
Alberto Fernández se mostró enérgico, pero moderado con sus palabras. No ahorró críticas, pero las sustentó con datos. Y en ese contexto trazó su camino. 

El discurso  
Desde el principio, el Presidente pidió un nuevo contrato social que proteja y una a los argentinos. “No cuenten conmigo para el desencuentro”, añadió. Reconoció que hay pujas, pero también prioridades. Y la prioridad de su gobierno será “empezar por los últimos, para después llegar a todos”. 
Hizo hincapié en el plan contra el hambre, en el diseño de créditos a tasas bajas para reactivar el trabajo independiente. 
Lanzará, dijo, una serie de acuerdos básicos con todos los sectores para reactivar la producción, la industria y para bajar la inflación que “es la más alta en 28 años”. 
También dijo que “la desocupación es la más alta desde 2002”, y recordó que “el dólar pasó de costar $9,60 en 2009 a $63 ahora”. “La pobreza actual está en los valores más altos desde el 2008” y “la indigencia es la más alta desde 2010”.
“La deuda pública en relación a su PBI está en su peor momento desde el año 2004”, remarcó, y añadió que “en estos cuatro años se perdieron 152.000 empleos registrados del sector privado. Planteó un plan sostenido para recuperarlos, lo mismo que pidió para la ciencia y la tecnología.
Tras hacer este balance, anunció que no aceptará el presupuesto que dejó Macri por carecer de realidad, y que formularán otra herramienta en la que “los privilegiados van a ser los pobres y los marginados”.
En otro tramo de su alocución dijo que la deuda dejó frágil al país. Ratificó su voluntad de pago, pero recordando antes que es el gobierno de Macri el que se fue con un virtual default. Dijo que harán todo para pagar, pero primero harán todo para crecer, porque dada la herencia “no tenemos capacidad de pago”.


Ratificó su idea de gobernar con los 24 gobernadores en el marco de un nuevo federalismo, y allí estaba escuchando atento el gobernador de Corrientes, Gustavo Valdés, sentado en el ala izquierda del estrado principal.Habló del hábitat, de la vivienda y de la creación de un ministerio para que se ocupe de resolver este problema que aqueja a miles de familias argentinas. Habló de la salud, a la que le restituyó su rango ministerial. Y de inmediato anunció que decidió declarar la emergencia sanitaria. “Hoy padecemos el peor brote de sarampión de los últimos 20 años” recordó, para sostener su medida.
Instruyó, dijo, un fuerte trabajo a la diplomacia comercial. Ratificó su compromiso con el Mercosur, condenó los golpes de Estado de la región y sentó las bases de su política internacional haciendo una defensa fuerte de los derechos del país sobre las Islas Malvinas. Malvinas será, además, según dijo, materia de una política de estado multisectorial que exceda su gobierno.
En el tramo más urticante de su mensaje, Alberto Fernández pidió una justicia independiente, y un “nunca más”. Nunca más la Justicia aliada con los servicios de inteligencia y las mafias para atacar a los adversarios políticos. 
Acto seguido, anunció una reforma judicial federal, cuyo plan mandará al Congreso, y la intervención de la Agencia de Inteligencia. Sus fondos reservados, informó, serán redistribuidos para el plan contra el hambre. “Nunca más el estado secreto de los sótanos”, reiteró, cosechando cómo casi en cada párrafo, un coro cerrado de vivas y aplausos.
También habló de reformar los protocolos de seguridad, con la lupa puesta en el gatillo fácil, y hasta le dedicó unos párrafos a la prensa, a la industria periodística y al asunto de la pauta publicitaria. Macri se gastó 9000 millones en los medios, dijo. Anunció que hará ahorros y que su producido se destinará a la educación. Y anunció además que tiene la pretensión de extender las jornadas educativas en el marco de un pacto educativo nacional.
El final fue para ratificar su compromiso con el derecho de las minorías, y con el de las mujeres. Dijo que quiere encabezar la demanda de la igualdad y que la de “Ni una menos” será una de sus banderas.
Este será el gobierno de la solidaridad con los que menos tienen, idea en la que tendrán que participar los que tienen más, dijo Alberto, para cerrar.
No se fue del Parlamento sin recordar a sus padres, pero también a Néstor Kirchner, en uno de los momentos más emotivos de todo el acto. También lo fue el instante de su investidura, en el que se le nublaron un poco los ojos con lágrimas antiguas. 
Repuesto y con ánimos de reconocimiento, hizo su tributo a la estrategia de Cristina Fernández que, entre otras cosas, hizo posible que él mismo esté dando ese discurso.
Pasadas las 13, Alberto y Cristina salieron del Congreso a saludar. A la tarde recibieron a las delegaciones diplomáticas y luego el Presidente tomó juramento a sus ministros. En la Plaza de Mayo, en tanto, la gente, encendida bajo el sol de diciembre, que ayer se mostró más intenso que nunca, vivía su fiesta mientras esperaba la palabra de sus líderes. De él, sin duras, pero también y sobre todo, de ella.

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Juró Alberto Fernández y prometió “empezar por los últimos”, para después llegar a todos

Al mediodía tomó posesión del cargo de presidente de la Nación. En su discurso trazó las primeras líneas de su gobierno. Bajo la lupa, la Justicia y la Agencia de Inteligencia. Su prioridad, la economía y la inclusión. Sin sobreactuaciones, hizo una radiografía cruda de la herencia recibida. Macri entregó los atributos y escuchó estoico la Marcha Peronista. 
 

Por Eduardo Ledesma
Enviado especial 

“Vengo a convocar a la unidad de toda la Argentina en pos de la construcción de un nuevo contrato ciudadano social”, dijo, fuerte y claro, Alberto Angel Fernández, minutos después de jurar, de recibir los atributos de mando y de convertirse en el nuevo presidente de la Nación. Fue esa frase la chispa inaugural de un discurso potente, denso en concepto y alcance, hondo desde el punto de vista político y sentido para los parámetros simbólicos del peronismo que volvió al gobierno y copó el hemiciclo del Congreso para hacerlo notar. 
“Vengo a convocar a la unidad de toda la Argentina”, dijo el Presidente. Y completó la idea con una construcción muy cara al sentimiento de los argentinos. Habló de volver a unir a las familias para que puedan sentarse en torno a una misma mesa, más allá de lo que piensen. Y de volver a poner el pan en las mesas en las que falta, porque “sin pan no hay futuro”.
El discurso duró una hora y no dio tregua. Al parecer hacían falta esas palabras. En el ambiente caluroso de ayer reinaba la expectativa. En las caras de muchos de los presentes en la jura, adentro y afuera del Congreso, se replicaban mohines de esperanza.
Todo comenzó muy temprano como lo que fue: un día histórico. Y varias son las razones que enmarcan ese adjetivo. Histórico porque desde hace casi 80 años, desde el surgimiento del movimiento peronista, ningún gobierno de otro signo político logró lo que Mauricio Macri: ser reemplazado por el voto popular al final de su mandato constitucional. Macri fue, además, el primer presidente no peronista ni radical en gobernar Argentina desde mediados del siglo XX.
Histórico porque Alberto Fernández es el primer presidente peronista que recibió la banda presidencial de un adversario en tiempo y forma. Y de manos del adversario. Este dato cobra todavía más relevancia si se tiene en cuenta que desde 1928, ningún gobernante de otro partido que no fuera el peronista -ni siquiera uno de la centenaria Unión Cívica Radical- logró entregar el mando cuando correspondía.
Histórico porque aún en contra de todos los pronósticos, dos días antes del traspaso de mando, Macri y Fernández protagonizaron otro hito al acudir juntos y darse un abrazo durante una misa “por la unidad y la paz” en la Basílica de Luján. Y porque el traspaso, que terminó siendo armónico, demuestra el vigor de la democracia que habrá cumplido 40 años de transcurso ininterrumpido cuando Alberto Fernández deje su cargo.

La jura
La ceremonia comenzó al promediar la mañana. A las 11.19 la entonación del Himno Nacional dio inicio a la Asamblea Legislativa. Ingresaron luego Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner y el propio Alberto Fernández, que exactamente a las 11.57 juró como presidente de la Nación. 
La ovación fue grande, aunque no tanta como la que escuchó Cristina Fernández, minutos después. Pero ni juntas se comparan con el momento que tuvo que pasar Mauricio Macri, que al ingresar al recinto para entregar la banda y el bastón, escuchó abucheos, silbidos y varias versiones de la Marcha Peronista cantada adentro y afuera del Congreso, con los correspondientes dedos en V.
Ya en cadena nacional, lo que vino después fue el discurso inaugural del mandato. Comenzó a las 12.06 y concluyó una hora después cosechando acuerdos en su mayoría, aunque también hubo algunos rezongos. La deuda, la crisis, el hambre, la reforma de la Justicia, la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia y el cierre de la grieta, entre otros puntos no menores, tonificaron el contenido del mensaje que será, con el paso de los años, la vara con la que se medirá el éxito o el fracaso de esta nueva gestión.
Alberto Fernández se mostró enérgico, pero moderado con sus palabras. No ahorró críticas, pero las sustentó con datos. Y en ese contexto trazó su camino. 

El discurso  
Desde el principio, el Presidente pidió un nuevo contrato social que proteja y una a los argentinos. “No cuenten conmigo para el desencuentro”, añadió. Reconoció que hay pujas, pero también prioridades. Y la prioridad de su gobierno será “empezar por los últimos, para después llegar a todos”. 
Hizo hincapié en el plan contra el hambre, en el diseño de créditos a tasas bajas para reactivar el trabajo independiente. 
Lanzará, dijo, una serie de acuerdos básicos con todos los sectores para reactivar la producción, la industria y para bajar la inflación que “es la más alta en 28 años”. 
También dijo que “la desocupación es la más alta desde 2002”, y recordó que “el dólar pasó de costar $9,60 en 2009 a $63 ahora”. “La pobreza actual está en los valores más altos desde el 2008” y “la indigencia es la más alta desde 2010”.
“La deuda pública en relación a su PBI está en su peor momento desde el año 2004”, remarcó, y añadió que “en estos cuatro años se perdieron 152.000 empleos registrados del sector privado. Planteó un plan sostenido para recuperarlos, lo mismo que pidió para la ciencia y la tecnología.
Tras hacer este balance, anunció que no aceptará el presupuesto que dejó Macri por carecer de realidad, y que formularán otra herramienta en la que “los privilegiados van a ser los pobres y los marginados”.
En otro tramo de su alocución dijo que la deuda dejó frágil al país. Ratificó su voluntad de pago, pero recordando antes que es el gobierno de Macri el que se fue con un virtual default. Dijo que harán todo para pagar, pero primero harán todo para crecer, porque dada la herencia “no tenemos capacidad de pago”.


Ratificó su idea de gobernar con los 24 gobernadores en el marco de un nuevo federalismo, y allí estaba escuchando atento el gobernador de Corrientes, Gustavo Valdés, sentado en el ala izquierda del estrado principal.Habló del hábitat, de la vivienda y de la creación de un ministerio para que se ocupe de resolver este problema que aqueja a miles de familias argentinas. Habló de la salud, a la que le restituyó su rango ministerial. Y de inmediato anunció que decidió declarar la emergencia sanitaria. “Hoy padecemos el peor brote de sarampión de los últimos 20 años” recordó, para sostener su medida.
Instruyó, dijo, un fuerte trabajo a la diplomacia comercial. Ratificó su compromiso con el Mercosur, condenó los golpes de Estado de la región y sentó las bases de su política internacional haciendo una defensa fuerte de los derechos del país sobre las Islas Malvinas. Malvinas será, además, según dijo, materia de una política de estado multisectorial que exceda su gobierno.
En el tramo más urticante de su mensaje, Alberto Fernández pidió una justicia independiente, y un “nunca más”. Nunca más la Justicia aliada con los servicios de inteligencia y las mafias para atacar a los adversarios políticos. 
Acto seguido, anunció una reforma judicial federal, cuyo plan mandará al Congreso, y la intervención de la Agencia de Inteligencia. Sus fondos reservados, informó, serán redistribuidos para el plan contra el hambre. “Nunca más el estado secreto de los sótanos”, reiteró, cosechando cómo casi en cada párrafo, un coro cerrado de vivas y aplausos.
También habló de reformar los protocolos de seguridad, con la lupa puesta en el gatillo fácil, y hasta le dedicó unos párrafos a la prensa, a la industria periodística y al asunto de la pauta publicitaria. Macri se gastó 9000 millones en los medios, dijo. Anunció que hará ahorros y que su producido se destinará a la educación. Y anunció además que tiene la pretensión de extender las jornadas educativas en el marco de un pacto educativo nacional.
El final fue para ratificar su compromiso con el derecho de las minorías, y con el de las mujeres. Dijo que quiere encabezar la demanda de la igualdad y que la de “Ni una menos” será una de sus banderas.
Este será el gobierno de la solidaridad con los que menos tienen, idea en la que tendrán que participar los que tienen más, dijo Alberto, para cerrar.
No se fue del Parlamento sin recordar a sus padres, pero también a Néstor Kirchner, en uno de los momentos más emotivos de todo el acto. También lo fue el instante de su investidura, en el que se le nublaron un poco los ojos con lágrimas antiguas. 
Repuesto y con ánimos de reconocimiento, hizo su tributo a la estrategia de Cristina Fernández que, entre otras cosas, hizo posible que él mismo esté dando ese discurso.
Pasadas las 13, Alberto y Cristina salieron del Congreso a saludar. A la tarde recibieron a las delegaciones diplomáticas y luego el Presidente tomó juramento a sus ministros. En la Plaza de Mayo, en tanto, la gente, encendida bajo el sol de diciembre, que ayer se mostró más intenso que nunca, vivía su fiesta mientras esperaba la palabra de sus líderes. De él, sin duras, pero también y sobre todo, de ella.