Sobre la globalización y el capitalismo
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Sobre la globalización y el capitalismo

La Argentina es un país subdesarrollado. Debiera cambiarse de raíz su estructura económica y montarse un sistema educativo que recupere la escuela pública de Sarmiento y los niveles de enseñanza técnica impulsados por Arturo Frondizi, no para absorber a los obreros calificados de Detroit, sino para irrumpir masivamente en un contexto industrial que integre sus regiones y que siembre de profesionales y técnicos con aptitud para desplegar sus conocimientos en la etapa de la tecnología de punta. 

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Por Sebastián Ruiz
Presidente del MID - Corrientes
Especial para El Litoral
 

Apple y Google se asocian con grandes empresas automovilísticas para avanzar en la fabricación de vehículos que se desplazan  sin conductor o de conducción autónoma. Google ya está montando en Detroit   (EE. UU.), asociado a empresas automovilísticas, una gran fábrica que dará ocupación a no más de 400 obreros especializados. Actualmente este tipo de automóviles ya funciona para distancias cortas y recorridos específicos. Son utilizados, básicamente, por grandes empresas. Firmas dedicadas al progreso tecnológico de punta aplicadas a la informática y la comunicación han desarrollado una pulsera que colocada en la muñeca humana posibilita utilizar el antebrazo como una verdadera computadora que funciona debajo de la superficie del agua. 
Naturalmente,  estas innovaciones tecnológicas, impensadas poco tiempo atrás, ocurren en los países desarrollados. En aquellos Estados nacionales que, previamente, han sabido integrar sus economías y construir fábricas e industrias a lo largo y a lo ancho de sus territorios, siempre sobre los pilares de las industrias de base. Esta realidad tecnológica resulta inviable en las economías subdesarrolladas. Economías siempre dependientes de los insumos que provee la industria pesada del mundo desarrollado. 
No obstante, el ejemplo de los avances tecnológicos, nos sirve para otras reflexiones. La globalización, lejos de estar en crisis como creen muchos, ha llegado para quedarse. Responde a la lógica del desarrollo vertiginoso e imparable de la ciencia y de la tecnología que necesita de la ampliación generalizada de los mercados, en plural y sin fronteras, para colocar su producción. 
Es en este punto donde no debiéramos confundir la globalización, que se nos presenta como una consecuencia lógica del desarrollo capitalista, con la vuelta a las políticas con sesgos nacionalistas, fuertemente proteccionistas, de algunos países desarrollados como EE. UU., China, Rusia y otros países de la Unión Europea. No se trata de una mera tendencia o una cuestión de moda. Estas prácticas proteccionistas apuntan, básicamente, a completar y consolidar la integración de sus propias estructuras productivas y vitalizar su mercado interno, en tiempos aún de transición hacia el mundo uno, para avanzar luego como aplanadoras y con altos niveles de competitividad en el mercado global, de los que son los principales actores. 
El sostenimiento de estas prácticas proteccionistas tienden a la defensa y afirmación de sus mercados internos y al mejor posicionamiento competitivo en la generación de bienes y servicios. Responden a una planificación y a una estrategia. Luego, estos mismos países desarrollados se preocuparán en difundir e imponer la teoría sobre las ventajas del librecambio en las economías más débiles, como la nuestra. Repetirán, una y otra vez, por medio de sus economistas locales, la falaz teoría acerca de las ventajas competitivas que nos ofrece la producción primaria.  
Es importante saber que en el mundo predominan los intereses, no las ideologías y que son estas las que siempre se adaptan a los intereses. Sin embargo, lo que sí está en crisis es el capitalismo y, más específicamente, su sistema de distribución del ingreso. 
El capitalismo ha sido y es el gran motor que ha impulsado las grandes transformaciones en el plano económico y social. Hoy ya no funciona como el sistema de producción y de trabajo que estimulaba la libre competencia con la mirada permisiva  de la “mano invisible” del Estado a la que tanto hacía referencia Adam Smith. Esa fase originaria, ya superada, estimuló la apropiación de grandes excedentes  económicos y con ellos la irrupción de nuevas formas productivas. 
El capital excedente inició y profundizó un proceso de fuerte concentración y centralización del poder económico a escala mundial. Fenómeno que explica la aparición de las grandes empresas o corporaciones multinacionales, a las que hay que entenderlas como un dato objetivo de la realidad y no como un castigo cruel de la historia, como erróneamente se ufana en denunciar una izquierda voluntarista, pero carente, por completo, de rigor científico. 
Es la propia evolución del sistema capitalista, que hoy vive la profundización de su fase monopólica, la que ha generado fuertes concentraciones del capital en muy pocas manos y una inmensa mayoría de la población que por su situación de pobreza no tiene capacidad de consumo. Allí reside la gran contradicción y crisis del capitalismo en su actual fase monopólica. Grandes stocks productivos e inmensas posibilidades de mayor ampliación aún y, por otro lado, un mercado consumidor con inmensos bolsones de pobreza y sin recursos para adquirirlos. 
Esa cruel paradoja que exhibe un sistema capaz de superar hasta lo infinito las posibilidades de aumentar la oferta de bienes y servicios, se ve progresiva y simultáneamente limitada por la incapacidad de consumo de la inmensa mayoría del planeta. La crisis del capitalismo es una crisis esencialmente de demanda. Capacidad instalada para un mercado muy restringido en sus posibilidades de consumo. Tan profundas y marcadas asimetrías no son vehículos para el logro de la paz social. 
Para superar esta contradicción, grave por cierto, no sólo resulta impostergable la adopción de sistemas que mejoren significativamente la distribución del ingreso, sino la aplicación urgente de políticas públicas que eleven y expandan la calidad educativa como verdadero motor de la inclusión social. Las modernas formas productivas impulsan cambios de calidad en las cuestiones laborales que serán siempre mejor absorbidas en los países desarrollados porque además de las cuestiones vinculadas a los niveles de integración de su aparato productivo, poseen altos niveles educativos. 
La Argentina es un país subdesarrollado. Debiera cambiarse de raíz su estructura económica de origen colonial y simultáneamente montarse un sistema educativo que recupere la escuela pública de Sarmiento y los niveles de enseñanza técnica impulsados por Arturo Frondizi, no para absorber a los obreros calificados de Detroit (EE. UU.) especializados en la tecnología de punta, sino para irrumpir masivamente en un contexto industrial que integre sus regiones y que siembre de profesionales y técnicos con aptitud suficiente como para desplegar sus conocimientos en la etapa posterior, la etapa de la tecnología de punta. 
Así como resulta inviable un desarrollo sin integración nacional, de igual modo, resulta inviable avanzar decididos en el desarrollo de la tecnología de punta, sin antes integrar nuestros espacios jurisdiccionales sobre la base de las industrias proveedoras de insumos para el desarrollo industrial. Antes de ponerse el saco, corresponde colocarse la camisa o la media antes del zapato, no al revés. Es el ejemplo y los pasos que han seguido los países que apostaron a construir una verdadera nación. 
Para finalizar, es bueno tener presente que no sólo los tiempos del desarrollo tecnológico y científico son vertiginosos, también lo son, aunque cortos, los tiempos para construir una nación en el mundo de la globalización. Se trata de una decisión política. Ser o no ser. Si la idea de comunidad y de patria no se impone en lo inmediato, seremos arrasados en todas las manifestaciones de nuestra cultura forjada en una larga historia de luchas y de síntesis, para transformarnos definitivamente en un simple espacio geográfico donde exista sólo una administración. La decisión es nuestra, pero el tiempo es breve y nos apura.

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Sobre la globalización y el capitalismo

La Argentina es un país subdesarrollado. Debiera cambiarse de raíz su estructura económica y montarse un sistema educativo que recupere la escuela pública de Sarmiento y los niveles de enseñanza técnica impulsados por Arturo Frondizi, no para absorber a los obreros calificados de Detroit, sino para irrumpir masivamente en un contexto industrial que integre sus regiones y que siembre de profesionales y técnicos con aptitud para desplegar sus conocimientos en la etapa de la tecnología de punta. 

Por Sebastián Ruiz
Presidente del MID - Corrientes
Especial para El Litoral
 

Apple y Google se asocian con grandes empresas automovilísticas para avanzar en la fabricación de vehículos que se desplazan  sin conductor o de conducción autónoma. Google ya está montando en Detroit   (EE. UU.), asociado a empresas automovilísticas, una gran fábrica que dará ocupación a no más de 400 obreros especializados. Actualmente este tipo de automóviles ya funciona para distancias cortas y recorridos específicos. Son utilizados, básicamente, por grandes empresas. Firmas dedicadas al progreso tecnológico de punta aplicadas a la informática y la comunicación han desarrollado una pulsera que colocada en la muñeca humana posibilita utilizar el antebrazo como una verdadera computadora que funciona debajo de la superficie del agua. 
Naturalmente,  estas innovaciones tecnológicas, impensadas poco tiempo atrás, ocurren en los países desarrollados. En aquellos Estados nacionales que, previamente, han sabido integrar sus economías y construir fábricas e industrias a lo largo y a lo ancho de sus territorios, siempre sobre los pilares de las industrias de base. Esta realidad tecnológica resulta inviable en las economías subdesarrolladas. Economías siempre dependientes de los insumos que provee la industria pesada del mundo desarrollado. 
No obstante, el ejemplo de los avances tecnológicos, nos sirve para otras reflexiones. La globalización, lejos de estar en crisis como creen muchos, ha llegado para quedarse. Responde a la lógica del desarrollo vertiginoso e imparable de la ciencia y de la tecnología que necesita de la ampliación generalizada de los mercados, en plural y sin fronteras, para colocar su producción. 
Es en este punto donde no debiéramos confundir la globalización, que se nos presenta como una consecuencia lógica del desarrollo capitalista, con la vuelta a las políticas con sesgos nacionalistas, fuertemente proteccionistas, de algunos países desarrollados como EE. UU., China, Rusia y otros países de la Unión Europea. No se trata de una mera tendencia o una cuestión de moda. Estas prácticas proteccionistas apuntan, básicamente, a completar y consolidar la integración de sus propias estructuras productivas y vitalizar su mercado interno, en tiempos aún de transición hacia el mundo uno, para avanzar luego como aplanadoras y con altos niveles de competitividad en el mercado global, de los que son los principales actores. 
El sostenimiento de estas prácticas proteccionistas tienden a la defensa y afirmación de sus mercados internos y al mejor posicionamiento competitivo en la generación de bienes y servicios. Responden a una planificación y a una estrategia. Luego, estos mismos países desarrollados se preocuparán en difundir e imponer la teoría sobre las ventajas del librecambio en las economías más débiles, como la nuestra. Repetirán, una y otra vez, por medio de sus economistas locales, la falaz teoría acerca de las ventajas competitivas que nos ofrece la producción primaria.  
Es importante saber que en el mundo predominan los intereses, no las ideologías y que son estas las que siempre se adaptan a los intereses. Sin embargo, lo que sí está en crisis es el capitalismo y, más específicamente, su sistema de distribución del ingreso. 
El capitalismo ha sido y es el gran motor que ha impulsado las grandes transformaciones en el plano económico y social. Hoy ya no funciona como el sistema de producción y de trabajo que estimulaba la libre competencia con la mirada permisiva  de la “mano invisible” del Estado a la que tanto hacía referencia Adam Smith. Esa fase originaria, ya superada, estimuló la apropiación de grandes excedentes  económicos y con ellos la irrupción de nuevas formas productivas. 
El capital excedente inició y profundizó un proceso de fuerte concentración y centralización del poder económico a escala mundial. Fenómeno que explica la aparición de las grandes empresas o corporaciones multinacionales, a las que hay que entenderlas como un dato objetivo de la realidad y no como un castigo cruel de la historia, como erróneamente se ufana en denunciar una izquierda voluntarista, pero carente, por completo, de rigor científico. 
Es la propia evolución del sistema capitalista, que hoy vive la profundización de su fase monopólica, la que ha generado fuertes concentraciones del capital en muy pocas manos y una inmensa mayoría de la población que por su situación de pobreza no tiene capacidad de consumo. Allí reside la gran contradicción y crisis del capitalismo en su actual fase monopólica. Grandes stocks productivos e inmensas posibilidades de mayor ampliación aún y, por otro lado, un mercado consumidor con inmensos bolsones de pobreza y sin recursos para adquirirlos. 
Esa cruel paradoja que exhibe un sistema capaz de superar hasta lo infinito las posibilidades de aumentar la oferta de bienes y servicios, se ve progresiva y simultáneamente limitada por la incapacidad de consumo de la inmensa mayoría del planeta. La crisis del capitalismo es una crisis esencialmente de demanda. Capacidad instalada para un mercado muy restringido en sus posibilidades de consumo. Tan profundas y marcadas asimetrías no son vehículos para el logro de la paz social. 
Para superar esta contradicción, grave por cierto, no sólo resulta impostergable la adopción de sistemas que mejoren significativamente la distribución del ingreso, sino la aplicación urgente de políticas públicas que eleven y expandan la calidad educativa como verdadero motor de la inclusión social. Las modernas formas productivas impulsan cambios de calidad en las cuestiones laborales que serán siempre mejor absorbidas en los países desarrollados porque además de las cuestiones vinculadas a los niveles de integración de su aparato productivo, poseen altos niveles educativos. 
La Argentina es un país subdesarrollado. Debiera cambiarse de raíz su estructura económica de origen colonial y simultáneamente montarse un sistema educativo que recupere la escuela pública de Sarmiento y los niveles de enseñanza técnica impulsados por Arturo Frondizi, no para absorber a los obreros calificados de Detroit (EE. UU.) especializados en la tecnología de punta, sino para irrumpir masivamente en un contexto industrial que integre sus regiones y que siembre de profesionales y técnicos con aptitud suficiente como para desplegar sus conocimientos en la etapa posterior, la etapa de la tecnología de punta. 
Así como resulta inviable un desarrollo sin integración nacional, de igual modo, resulta inviable avanzar decididos en el desarrollo de la tecnología de punta, sin antes integrar nuestros espacios jurisdiccionales sobre la base de las industrias proveedoras de insumos para el desarrollo industrial. Antes de ponerse el saco, corresponde colocarse la camisa o la media antes del zapato, no al revés. Es el ejemplo y los pasos que han seguido los países que apostaron a construir una verdadera nación. 
Para finalizar, es bueno tener presente que no sólo los tiempos del desarrollo tecnológico y científico son vertiginosos, también lo son, aunque cortos, los tiempos para construir una nación en el mundo de la globalización. Se trata de una decisión política. Ser o no ser. Si la idea de comunidad y de patria no se impone en lo inmediato, seremos arrasados en todas las manifestaciones de nuestra cultura forjada en una larga historia de luchas y de síntesis, para transformarnos definitivamente en un simple espacio geográfico donde exista sólo una administración. La decisión es nuestra, pero el tiempo es breve y nos apura.