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Domingo 21de Abril de 2019CORRIENTES24°Pronóstico Extendidoclima_nublado

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Naturaleza

Por José Ceschi

¡Buen día! “La mirada del que ama es una invitación a la apertura y a la intimidad; como las caricias del sol que abren la flor”, escribía con razón René Trossero (“Pensar y vivir en libertad”).
Esa apertura y esa intimidad debemos dirigirle también a la madre naturaleza, criatura del Señor. Lamentablemente, dice Antonio Zappino, “hoy vemos acaso demasiadas cosas. Nuestras cámaras de televisión nos transportan hasta las profundidades del océano, sobre el suelo lunar: nos revelan la vida de la célula y la circulación de la sangre. La civilización tecnológica nos ofrece medios maravillosos para investigar, para descubrir, para divulgar, para dominar, incluso, el mundo”.
“El hombre ha adquirido dimensiones nuevas, ha ampliado su horizonte hacia afuera, ha crecido su campo de experiencias. “Pero esa civilización lleva consigo un peligro: el de quedarse atada a las imágenes, el de quedarse en la superficie, sin hacer esfuerzos para llegar a la realidad; sin plantearse la cuestión de su razón de ser, sin preguntarse el por qué.
“Hace falta saber observar. Es decir, como hombres, aproximarnos pacientemente a la naturaleza, acercarnos con calma a las cosas. Penetrar en sus secretos”.
Para lograrlo hay que aprender a mirar con ojos nuevos, con nuevas luces. Leemos a María Granata: “Luz en los ojos es lo que nos hace falta para apreciar la maravilla de la creación; luz en el alma es lo indispensable para comprender el sentido de esa maravilla que casi nunca justipreciamos, como si concediésemos la misma importancia a un jardín que a un desierto; luz en el corazón es lo que necesitamos para instaurar, de una vez por todas, una imbatible conducta humana, una hermosa conducta social. Es el amor el que nos vuelve resplandecientes, y es sólo en medio de su magnífica exaltación que podemos estar frente a la autenticidad, cargados de sentido”. Con esa luz y con esos ojos contempló Francisco de Asís a la creación entera. Por eso pudo llamarla hermana, hija también ella del mismo Padre del cielo.
 ¡Hasta mañana!

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Naturaleza

Por José Ceschi

¡Buen día! “La mirada del que ama es una invitación a la apertura y a la intimidad; como las caricias del sol que abren la flor”, escribía con razón René Trossero (“Pensar y vivir en libertad”).
Esa apertura y esa intimidad debemos dirigirle también a la madre naturaleza, criatura del Señor. Lamentablemente, dice Antonio Zappino, “hoy vemos acaso demasiadas cosas. Nuestras cámaras de televisión nos transportan hasta las profundidades del océano, sobre el suelo lunar: nos revelan la vida de la célula y la circulación de la sangre. La civilización tecnológica nos ofrece medios maravillosos para investigar, para descubrir, para divulgar, para dominar, incluso, el mundo”.
“El hombre ha adquirido dimensiones nuevas, ha ampliado su horizonte hacia afuera, ha crecido su campo de experiencias. “Pero esa civilización lleva consigo un peligro: el de quedarse atada a las imágenes, el de quedarse en la superficie, sin hacer esfuerzos para llegar a la realidad; sin plantearse la cuestión de su razón de ser, sin preguntarse el por qué.
“Hace falta saber observar. Es decir, como hombres, aproximarnos pacientemente a la naturaleza, acercarnos con calma a las cosas. Penetrar en sus secretos”.
Para lograrlo hay que aprender a mirar con ojos nuevos, con nuevas luces. Leemos a María Granata: “Luz en los ojos es lo que nos hace falta para apreciar la maravilla de la creación; luz en el alma es lo indispensable para comprender el sentido de esa maravilla que casi nunca justipreciamos, como si concediésemos la misma importancia a un jardín que a un desierto; luz en el corazón es lo que necesitamos para instaurar, de una vez por todas, una imbatible conducta humana, una hermosa conducta social. Es el amor el que nos vuelve resplandecientes, y es sólo en medio de su magnífica exaltación que podemos estar frente a la autenticidad, cargados de sentido”. Con esa luz y con esos ojos contempló Francisco de Asís a la creación entera. Por eso pudo llamarla hermana, hija también ella del mismo Padre del cielo.
 ¡Hasta mañana!