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Miércoles 22de Mayo de 2019CORRIENTES17°Pronóstico Extendidoclima_nublado

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Otro error no forzado

En medio de una situación general compleja se conoció el paquete de medidas prometido. Ha dejado un sabor amargo para muchos observadores que consideran que se ha perdido una nueva oportunidad de corregir el rumbo.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

Luego de muchas idas y vueltas, se presentaron los lineamientos de un programa de transición mas electoral que económico. Lamentablemente, no hubo sorpresas y los funcionarios solo profundizaron su libreto original.
La imagen presidencial no pasa por su mejor momento y el riesgo de perder los comicios está mas latente que nunca. La polarización es el eje central de una cuestionable estrategia, pero si la cotidianeidad de los ciudadanos no mejora y además empeora a diario, difícilmente los votantes acompañen.
En ese contexto, las autoridades entendieron que había que “hacer algo”, sobre todo para contener la inflación creciente, tal vez la peor epidemia doméstica, que hoy aparece como descontrolada a los ojos de la gente.
La sociedad lo demanda enérgicamente y en todos los estudios sociológicos el reclamo transita por la acción gubernamental o, en todo caso, por su supuesta inacción frente a este drama que afecta fuertemente a todos.
Es por estas razones, entre otras, que han surgido en el seno de la alianza gobernante, que el Presidente ha decidido poner las energías en lograr este “acuerdo de precios” que aspira a ser la vedette del anuncio.
No existe, ni en el país ni el mundo entero, un plan de estas características que pueda exhibirse como exitoso a la hora de detener la subida generalizada de precios. Es por eso que cuesta mucho comprender la decisión, porque no hay evidencia empírica que valide semejante dislate.
La inflación sigue siendo, mal que les pese a muchos principiantes, un fenómeno eminentemente monetario y quienes afirman lo contrario se enfocan en describir solo sus efectos y no sus indiscutibles causas.
El gobierno ha elegido el camino del eufemismo llamando “acuerdo” a un solapado y, pretendidamente más elegante, “control de precios”. Pareciera que el arco político mayoritariamente adhiere a este disparate ya que es la herramienta que se ha usado en el pasado y se repite en el presente.
Esta nueva aventura no puede más que fracasar en la praxis como ha ocurrido siempre. En el mejor de los casos, durará un tiempo y se reflejará en los siempre manoseados indicadores de los organismos estatales.
El objetivo real no es mejorar el poder adquisitivo de los ciudadanos, sino que los índices cedan y que la expectativa de corto plazo encuentre una bisagra que impida que se escale del todo.
Como en economía se puede hacer cualquier cosa, pero no se pueden evitar sus consecuencias, estas medidas solo funcionarán como un mecanismo dilatorio, ya que más tarde o más temprano todo seguirá su curso si no se opera con potencia sobre la emisión monetaria y el gasto estatal.
Solo se intentan sortear los comicios y mitigar el impacto negativo sobre la realidad para influir en los votantes que pronto deberán tomar una decisión. La definición del objetivo muestra lo peor de la clase política, esa misma que apuesta a manipular las mentes construyendo sensaciones artificiales de corto plazo aceptando mansamente que el fondo permanece inerte.
Han pasado muchos meses, demasiados tal vez, y la decisión de hacer cambios estructurales sigue ahí, esperando, haciendo la plancha, sin encontrar la ocasión perfecta para resolver los problemas reales.
Como agregado a este desquicio absoluto, pero apostando al mismo perverso juego, suspenden aumentos ya programados en los servicios públicos para “aliviar” la presión sobre los bolsillos de los argentinos.
Claro que todos estos anuncios parecen muy simpáticos. Cualquiera desearía pagar menos por lo mismo y entonces suponen que cuando eso suceda la gente estará dispuesta a cambiar de humor y votarlos sin mas.
Hasta es posible que esa lógica inmoral funcione. No deja de ser este un vulgar atajo, pero de ninguna manera modifica la realidad, sino que solo opera muy parcialmente sobre lo que está en la superficie.
La verdad es que el Gobierno bien podría lograr una enorme disminución de todos los precios casi mágicamente, pero obviamente no está dispuesto a hacer lo que ello implica, solo por sus propios intereses.
Solo deberían quitar la abultada carga impositiva directa y lograrían rebajas más que significativas. Todas las jurisdicciones estatales, desde la nacional a la municipal, pasando por la provincial, recaudan a través de este engranaje jugosas cifras que alimentan su despilfarro cotidiano.
Esa obviedad de eliminar impuestos a los precios que tanto preocupan no la harán jamás porque gracias a esos tributos financian un obsceno aparato político, clientelar y asistencialista que utilizan para ganar elecciones.
No les preocupa la gente, sino conservar a la “gallina de los huevos de oro”. Sin ella, el sistema no funciona y eso nunca será parte del debate para ningún sector político porque esa es la matriz que les permite distribuir dinero estatal discrecionalmente.
Este plan económico es solo otro error no forzado de una larga secuencia de intentos que se enfoca en minimizar consecuencias en vez de resolver las causas. No se debe esperar de esto mucho más que una nueva postergación de un problema que precisa de soluciones y no de alquimias.

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Otro error no forzado

En medio de una situación general compleja se conoció el paquete de medidas prometido. Ha dejado un sabor amargo para muchos observadores que consideran que se ha perdido una nueva oportunidad de corregir el rumbo.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

Luego de muchas idas y vueltas, se presentaron los lineamientos de un programa de transición mas electoral que económico. Lamentablemente, no hubo sorpresas y los funcionarios solo profundizaron su libreto original.
La imagen presidencial no pasa por su mejor momento y el riesgo de perder los comicios está mas latente que nunca. La polarización es el eje central de una cuestionable estrategia, pero si la cotidianeidad de los ciudadanos no mejora y además empeora a diario, difícilmente los votantes acompañen.
En ese contexto, las autoridades entendieron que había que “hacer algo”, sobre todo para contener la inflación creciente, tal vez la peor epidemia doméstica, que hoy aparece como descontrolada a los ojos de la gente.
La sociedad lo demanda enérgicamente y en todos los estudios sociológicos el reclamo transita por la acción gubernamental o, en todo caso, por su supuesta inacción frente a este drama que afecta fuertemente a todos.
Es por estas razones, entre otras, que han surgido en el seno de la alianza gobernante, que el Presidente ha decidido poner las energías en lograr este “acuerdo de precios” que aspira a ser la vedette del anuncio.
No existe, ni en el país ni el mundo entero, un plan de estas características que pueda exhibirse como exitoso a la hora de detener la subida generalizada de precios. Es por eso que cuesta mucho comprender la decisión, porque no hay evidencia empírica que valide semejante dislate.
La inflación sigue siendo, mal que les pese a muchos principiantes, un fenómeno eminentemente monetario y quienes afirman lo contrario se enfocan en describir solo sus efectos y no sus indiscutibles causas.
El gobierno ha elegido el camino del eufemismo llamando “acuerdo” a un solapado y, pretendidamente más elegante, “control de precios”. Pareciera que el arco político mayoritariamente adhiere a este disparate ya que es la herramienta que se ha usado en el pasado y se repite en el presente.
Esta nueva aventura no puede más que fracasar en la praxis como ha ocurrido siempre. En el mejor de los casos, durará un tiempo y se reflejará en los siempre manoseados indicadores de los organismos estatales.
El objetivo real no es mejorar el poder adquisitivo de los ciudadanos, sino que los índices cedan y que la expectativa de corto plazo encuentre una bisagra que impida que se escale del todo.
Como en economía se puede hacer cualquier cosa, pero no se pueden evitar sus consecuencias, estas medidas solo funcionarán como un mecanismo dilatorio, ya que más tarde o más temprano todo seguirá su curso si no se opera con potencia sobre la emisión monetaria y el gasto estatal.
Solo se intentan sortear los comicios y mitigar el impacto negativo sobre la realidad para influir en los votantes que pronto deberán tomar una decisión. La definición del objetivo muestra lo peor de la clase política, esa misma que apuesta a manipular las mentes construyendo sensaciones artificiales de corto plazo aceptando mansamente que el fondo permanece inerte.
Han pasado muchos meses, demasiados tal vez, y la decisión de hacer cambios estructurales sigue ahí, esperando, haciendo la plancha, sin encontrar la ocasión perfecta para resolver los problemas reales.
Como agregado a este desquicio absoluto, pero apostando al mismo perverso juego, suspenden aumentos ya programados en los servicios públicos para “aliviar” la presión sobre los bolsillos de los argentinos.
Claro que todos estos anuncios parecen muy simpáticos. Cualquiera desearía pagar menos por lo mismo y entonces suponen que cuando eso suceda la gente estará dispuesta a cambiar de humor y votarlos sin mas.
Hasta es posible que esa lógica inmoral funcione. No deja de ser este un vulgar atajo, pero de ninguna manera modifica la realidad, sino que solo opera muy parcialmente sobre lo que está en la superficie.
La verdad es que el Gobierno bien podría lograr una enorme disminución de todos los precios casi mágicamente, pero obviamente no está dispuesto a hacer lo que ello implica, solo por sus propios intereses.
Solo deberían quitar la abultada carga impositiva directa y lograrían rebajas más que significativas. Todas las jurisdicciones estatales, desde la nacional a la municipal, pasando por la provincial, recaudan a través de este engranaje jugosas cifras que alimentan su despilfarro cotidiano.
Esa obviedad de eliminar impuestos a los precios que tanto preocupan no la harán jamás porque gracias a esos tributos financian un obsceno aparato político, clientelar y asistencialista que utilizan para ganar elecciones.
No les preocupa la gente, sino conservar a la “gallina de los huevos de oro”. Sin ella, el sistema no funciona y eso nunca será parte del debate para ningún sector político porque esa es la matriz que les permite distribuir dinero estatal discrecionalmente.
Este plan económico es solo otro error no forzado de una larga secuencia de intentos que se enfoca en minimizar consecuencias en vez de resolver las causas. No se debe esperar de esto mucho más que una nueva postergación de un problema que precisa de soluciones y no de alquimias.