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Vive en una caja, peligra su salud y ayudarlo es casi imposible

Gabriel duerme entre cartones en la esquina de las calles Rivadavia y Mendoza. Tiene serios problemas de salud y no acepta internarse ni recibir curaciones para sus heridas. Buscan a su familia, pero su pasado es un misterio que él se niega a develar.
 

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Gabriel tiene 63 años y varios inviernos en la calle. Soporta el frío en una covacha hecha con cartones que él mismo montó, desde donde intenta resguardar su celosa intimidad y reservar sus escasas pertenencias. Allí, la lluvia las baña y el sol las seca.

La gente que lo conoce cuenta que se niega a recibir cualquier tipo de ayuda; mientras tanto, su estado de salud empeora de prisa. En reiteradas ocasiones pretendieron brindarle atención médica, pero Gabriel se mantiene renuente.

Su situación es alarmante y preocupa a quienes intentan mejorar su calidad de vida, como a Estela Ávalos, una Trabajadora Social que forma parte del área de Servicio Social del Hospital Escuela. Ella es quien se encarga, junto a otros profesionales de la salud, de gestionar los fallidos intentos para que el hombre reciba los cuidados que necesita. Hasta el momento sólo aceptó un andador y una silla de ruedas.

“Se niega a cualquier consulta o tratamiento. Todo el mundo intervino para que él pueda entrar al hospital a hacerse control con los médicos y no quiere”, contó la trabajadora social a ellitoral.com.ar.

Gabriel padece diabetes aguda, tiene una pierna vendada con heridas que supuran y al parecer tiene complicada su otra extremidad inferior.

Según cuenta Miguel, un hombre que se encarga de cuidar las motos de la calle Mendoza y dice conocerlo desde hace 6 años, a veces lo ve rumiando dolor. “Le trajeron vendas, las ata, pero no se pone más nada. Yo estoy acá a las 5 de la mañana y veo que se está quejando y llora”, relató.

“A todos los que vienen a ayudarle y hacerle curar los echa, no quiere saber nada. Él es así”, continuó.

“Es tan terco”, dijo, por su lado, Fátima, quien cuida las motos que estacionan en la calle Rivadavia, y añadió: “Vinieron los doctores y enfermeros para internarle y no se deja. Desde Medicina Familiar quisieron curarle, pero se enojaba. Se queja de todo y todos quieren ayudarle”.

Su pasado es su única intimidad. Lo poco que se sabe es que vino de Santa Fe y en su documento figura un domicilio de Santa Ana. Sin embargo, la Policía de esa localidad, ubicada a 15 kilómetros de Corrientes Capital, se encuentra en la búsqueda de sus familiares, quienes no habitan en la propiedad.

“Él no quiere tener contacto con su familia. En 2016, tuvo un problema coronario y estuvo internado, pero cuando teníamos que darle el alta no quiso que contactemos a nadie”, narró Estela Ávalos.

A quien supo contar con escuetos detalles parte de su historia es a Fátima.

“Cuando todavía estaba bien me dijo que es de Rosario, que allá tenía a su familia; pero él se fue y no volvió más. Tenía esposa, hijos, y vivía en un departamento”.

Gabriel no se presta a relacionarse con nadie, sólo cruza algunas palabras con quienes le acercan agua caliente para sus mates y vendas para sus piernas.

Pasa los días en su sórdido refugio, sostenido con un par de bidones cargados de arena, doblando y desdoblando sus abrigos raídos y frazadas. El único invitado a pasar es un gato rubio que lo sabe acompañar sin molestar. Entra y sale sin permiso entre saltos y serpenteos, se arremolina entre sus cosas, se limpia y juega con unas botellas arrumbadas al costado.
-¿Cómo se llama?
“Andá a saber, nunca me dijo. Preguntale”, responde con desdén y una mirada alunada mientras gira y se sienta en silencio.

Años atrás, el hombre también se ocupaba de cuidar las motos que estacionan en la zona, hasta que su salud le imposibilitó continuar. “La Municipalidad le prohibió que cuide”, señaló Fátima, por su enfermedad y por su carácter embravecido: “A veces retaba a las personas”.

Gabriel, testarudo y solitario, amanece todos los días al compás de las bocinas cuando la ciudad despierta. Sólo desea pasar su vida inerme y en soledad, no espera cambiarla ni encontrar razones para mejorarla. “Maldigo haber nacido, gracias por haber venido”, dijo en voz baja y con el hermetismo como toda despedida.

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Vive en una caja, peligra su salud y ayudarlo es casi imposible

Gabriel duerme entre cartones en la esquina de las calles Rivadavia y Mendoza. Tiene serios problemas de salud y no acepta internarse ni recibir curaciones para sus heridas. Buscan a su familia, pero su pasado es un misterio que él se niega a develar.
 

Gabriel tiene 63 años y varios inviernos en la calle. Soporta el frío en una covacha hecha con cartones que él mismo montó, desde donde intenta resguardar su celosa intimidad y reservar sus escasas pertenencias. Allí, la lluvia las baña y el sol las seca.

La gente que lo conoce cuenta que se niega a recibir cualquier tipo de ayuda; mientras tanto, su estado de salud empeora de prisa. En reiteradas ocasiones pretendieron brindarle atención médica, pero Gabriel se mantiene renuente.

Su situación es alarmante y preocupa a quienes intentan mejorar su calidad de vida, como a Estela Ávalos, una Trabajadora Social que forma parte del área de Servicio Social del Hospital Escuela. Ella es quien se encarga, junto a otros profesionales de la salud, de gestionar los fallidos intentos para que el hombre reciba los cuidados que necesita. Hasta el momento sólo aceptó un andador y una silla de ruedas.

“Se niega a cualquier consulta o tratamiento. Todo el mundo intervino para que él pueda entrar al hospital a hacerse control con los médicos y no quiere”, contó la trabajadora social a ellitoral.com.ar.

Gabriel padece diabetes aguda, tiene una pierna vendada con heridas que supuran y al parecer tiene complicada su otra extremidad inferior.

Según cuenta Miguel, un hombre que se encarga de cuidar las motos de la calle Mendoza y dice conocerlo desde hace 6 años, a veces lo ve rumiando dolor. “Le trajeron vendas, las ata, pero no se pone más nada. Yo estoy acá a las 5 de la mañana y veo que se está quejando y llora”, relató.

“A todos los que vienen a ayudarle y hacerle curar los echa, no quiere saber nada. Él es así”, continuó.

“Es tan terco”, dijo, por su lado, Fátima, quien cuida las motos que estacionan en la calle Rivadavia, y añadió: “Vinieron los doctores y enfermeros para internarle y no se deja. Desde Medicina Familiar quisieron curarle, pero se enojaba. Se queja de todo y todos quieren ayudarle”.

Su pasado es su única intimidad. Lo poco que se sabe es que vino de Santa Fe y en su documento figura un domicilio de Santa Ana. Sin embargo, la Policía de esa localidad, ubicada a 15 kilómetros de Corrientes Capital, se encuentra en la búsqueda de sus familiares, quienes no habitan en la propiedad.

“Él no quiere tener contacto con su familia. En 2016, tuvo un problema coronario y estuvo internado, pero cuando teníamos que darle el alta no quiso que contactemos a nadie”, narró Estela Ávalos.

A quien supo contar con escuetos detalles parte de su historia es a Fátima.

“Cuando todavía estaba bien me dijo que es de Rosario, que allá tenía a su familia; pero él se fue y no volvió más. Tenía esposa, hijos, y vivía en un departamento”.

Gabriel no se presta a relacionarse con nadie, sólo cruza algunas palabras con quienes le acercan agua caliente para sus mates y vendas para sus piernas.

Pasa los días en su sórdido refugio, sostenido con un par de bidones cargados de arena, doblando y desdoblando sus abrigos raídos y frazadas. El único invitado a pasar es un gato rubio que lo sabe acompañar sin molestar. Entra y sale sin permiso entre saltos y serpenteos, se arremolina entre sus cosas, se limpia y juega con unas botellas arrumbadas al costado.
-¿Cómo se llama?
“Andá a saber, nunca me dijo. Preguntale”, responde con desdén y una mirada alunada mientras gira y se sienta en silencio.

Años atrás, el hombre también se ocupaba de cuidar las motos que estacionan en la zona, hasta que su salud le imposibilitó continuar. “La Municipalidad le prohibió que cuide”, señaló Fátima, por su enfermedad y por su carácter embravecido: “A veces retaba a las personas”.

Gabriel, testarudo y solitario, amanece todos los días al compás de las bocinas cuando la ciudad despierta. Sólo desea pasar su vida inerme y en soledad, no espera cambiarla ni encontrar razones para mejorarla. “Maldigo haber nacido, gracias por haber venido”, dijo en voz baja y con el hermetismo como toda despedida.