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Acerca de las cosas del querer

Tema tan antiguo como la misma humanidad: crecer para aparearse y comunicarse buscando el entendimiento. Comprender que las hormonas proponen una forma de evolución y las neuronas se acoplan a las propuestas que la cultura ordena  como hábitos de vida, es muy necesario para entender esto de “las cosas del querer”.

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Por Marta Chemes
Especial para El Litoral

Por José Pérez Bahamonde
Especial para El Litoral

Pepe: ¿A qué viene esta ola de violencia entre hombres y mujeres? ¿Acaso se trata de un fenómeno novedoso, o más bien de sacar a la luz lo que histórica y reiteradamente ha venido sucediendo desde el mayor de los silencios?
¡Qué desconcierto! Los hombres nacemos y nos criamos al amparo, sobre todo, de figuras femeninas que se hacen cargo de acompañar nuestro crecimiento y socialización.
Me pregunto: ¿en qué consistirá y qué aportará entonces esa otra  mirada del hombre padre, del hombre adulto que -al día de hoy- sigue callado y sin poder decir lo que sucede en su universo?
El largo y rico proceso de la comunicación tiene sus inicios en el vínculo hijo/a-madre; luego se expande hacia el padre y los demás miembros de la familia en un desarrollo de integración social y afectiva que pone en movimiento la casi totalidad de las capacidades potenciales del individuo. Así, se llega a las experiencias con los pares en la primera infancia (donde con sorpresa, los adultos vemos y nos asombramos al descubrir cómo los más pequeños inician la estructuración de  códigos y normas de vinculación en sus primeras relaciones sociales).
Es tanto, el miedo al propio cambio, que la revolución hormonal y de identidad la viven en el mayor de los silencios. El desarrollo de los órganos sexuales es la puerta que se abre para ingresar al mundo adulto… Así, sin más…
Marta: No sucede lo mismo con las púberes femeninas, que cada cambio que observan en su cuerpo sirve para comunicarlo y celebrarlo en complicidad, tanto con sus amigas como con las madres.
Esta diferenciación comienza a dibujarnos lo que luego se convierte en un perfil sociocultural, donde la diferencia de géneros se sobrecarga de otras diferencias que pasan a funcionar como discriminadores. Este conflicto se traducirá luego en consecuencias vinculares que hoy forman parte de una inmensa preocupación en el área de las diferencias de género.
Veamos: la descripción de Pepe es muy clara y nos aporta una visión del desarrollo que -sin duda- está absolutamente ligada a una mirada masculina del crecimiento.
Voy a intentar desarrollar mi versión: primero quiero hacer la salvedad de que el mundo femenino es altamente competitivo y, aunque la crisis de evolución púbero-adolescente femenina es diferente a la de los chicos, no deja de ser por ello menos angustiante.
Lo que sí tenemos las mujeres es que, en general, ocultamos más “maníacamente” nuestras angustias.
Vamos desde temprano tratando de sostener como estandarte de la identidad el “a mí me va muy bien”, “yo no tengo problemas”, “me siento bárbara”, etc.
Como tampoco existen escuelas para padres -o al menos las necesarias- las madres (o las amigas) son las que “intuyen o detectan” algo que parece no andar bien. Otras veces recién sale a la luz la crisis a través de síntomas.
Quiero decir: lo que queda claro es que mundo femenino y mundo masculino abordan sus crisis púbero/adolescentes indefectiblemente.
Todo esto significa involucrarse hormonal y neuronalmente en “las cosas del querer”.
Pepe: He aquí el primer signo de lo que necesitamos profundizar. Sigo pensando que la carga de silencios y la industria de fantasías que despliega el soliloquio masculino, tiene un fuerte apoyo social y cultural. Este dificulta y lentifica el desarrollo de la inteligencia emocional; el desarrollo de las libertades expresivas; el desarrollo de la complicidad como propuesta entre géneros que permita un fluir del crecimiento, que sea menos denso.
Marta: Concretando: venimos hablando de las diferencias y semejanzas entre géneros, centrándonos en la realidad actual de las relaciones entre jóvenes de 13 a 30 años.
Los varones de esta etapa generacional ¡tienen tanto miedo de aparearse!
Creo, por otra parte, que el desarrollo productivo emocional e intelectual de la mujer ha compaginado un nivel de crecimiento que ha puesto de manifiesto la “multiempresarialidad” de las hormonas femeninas.
Quiero decir que la mujer siempre pudo muchas cosas (ahí donde el hombre sólo alcanza a concentrarse en no más de una por vez).
Creo que tenemos que analizar con mucho detenimiento y humildad dos variables respecto a este tema:
La primera: el “machismo emocional” de las mujeres “casaderas” que respiran al compás de la “caza” del varón que será elegido para consorte y padre de sus hijos.
La segunda: la contracara de este emocional que, generalmente, se pone de manifiesto en una excelente profesional que, con displicente solvencia, opera en su ámbito de trabajo.
El encuentro entre dos no puede fundamentarse en la lucha por el poder.
Este es el fundamento de la palabra “asociación” como abordaje al encuentro entre dos.
Marta: Es bueno hacer la salvedad de que estamos hablando de una realidad que muchos jóvenes la ejercen. Sin embargo, nos parece importante detenernos y profundizar respecto a este momento de la vida con sus peculiaridades, porque no son aún una mayoría los que han aprendido a cultivar valores de colaboración y complicidad. Es más frecuente encontrarnos con la angustia existencial de profesionales jóvenes, que precisan decantar y fortalecer la filosofía de su proyecto personal.
Y aprender a pensar en clave de valores como confianza, humildad, colaboración, al igual que animarse a constituir díadas o grupos donde pensar en voz alta sea un permiso desprendido del “miedo a ser juzgado” o temor a ser objeto de burlas.

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Acerca de las cosas del querer

Tema tan antiguo como la misma humanidad: crecer para aparearse y comunicarse buscando el entendimiento. Comprender que las hormonas proponen una forma de evolución y las neuronas se acoplan a las propuestas que la cultura ordena  como hábitos de vida, es muy necesario para entender esto de “las cosas del querer”.

Por Marta Chemes
Especial para El Litoral

Por José Pérez Bahamonde
Especial para El Litoral

Pepe: ¿A qué viene esta ola de violencia entre hombres y mujeres? ¿Acaso se trata de un fenómeno novedoso, o más bien de sacar a la luz lo que histórica y reiteradamente ha venido sucediendo desde el mayor de los silencios?
¡Qué desconcierto! Los hombres nacemos y nos criamos al amparo, sobre todo, de figuras femeninas que se hacen cargo de acompañar nuestro crecimiento y socialización.
Me pregunto: ¿en qué consistirá y qué aportará entonces esa otra  mirada del hombre padre, del hombre adulto que -al día de hoy- sigue callado y sin poder decir lo que sucede en su universo?
El largo y rico proceso de la comunicación tiene sus inicios en el vínculo hijo/a-madre; luego se expande hacia el padre y los demás miembros de la familia en un desarrollo de integración social y afectiva que pone en movimiento la casi totalidad de las capacidades potenciales del individuo. Así, se llega a las experiencias con los pares en la primera infancia (donde con sorpresa, los adultos vemos y nos asombramos al descubrir cómo los más pequeños inician la estructuración de  códigos y normas de vinculación en sus primeras relaciones sociales).
Es tanto, el miedo al propio cambio, que la revolución hormonal y de identidad la viven en el mayor de los silencios. El desarrollo de los órganos sexuales es la puerta que se abre para ingresar al mundo adulto… Así, sin más…
Marta: No sucede lo mismo con las púberes femeninas, que cada cambio que observan en su cuerpo sirve para comunicarlo y celebrarlo en complicidad, tanto con sus amigas como con las madres.
Esta diferenciación comienza a dibujarnos lo que luego se convierte en un perfil sociocultural, donde la diferencia de géneros se sobrecarga de otras diferencias que pasan a funcionar como discriminadores. Este conflicto se traducirá luego en consecuencias vinculares que hoy forman parte de una inmensa preocupación en el área de las diferencias de género.
Veamos: la descripción de Pepe es muy clara y nos aporta una visión del desarrollo que -sin duda- está absolutamente ligada a una mirada masculina del crecimiento.
Voy a intentar desarrollar mi versión: primero quiero hacer la salvedad de que el mundo femenino es altamente competitivo y, aunque la crisis de evolución púbero-adolescente femenina es diferente a la de los chicos, no deja de ser por ello menos angustiante.
Lo que sí tenemos las mujeres es que, en general, ocultamos más “maníacamente” nuestras angustias.
Vamos desde temprano tratando de sostener como estandarte de la identidad el “a mí me va muy bien”, “yo no tengo problemas”, “me siento bárbara”, etc.
Como tampoco existen escuelas para padres -o al menos las necesarias- las madres (o las amigas) son las que “intuyen o detectan” algo que parece no andar bien. Otras veces recién sale a la luz la crisis a través de síntomas.
Quiero decir: lo que queda claro es que mundo femenino y mundo masculino abordan sus crisis púbero/adolescentes indefectiblemente.
Todo esto significa involucrarse hormonal y neuronalmente en “las cosas del querer”.
Pepe: He aquí el primer signo de lo que necesitamos profundizar. Sigo pensando que la carga de silencios y la industria de fantasías que despliega el soliloquio masculino, tiene un fuerte apoyo social y cultural. Este dificulta y lentifica el desarrollo de la inteligencia emocional; el desarrollo de las libertades expresivas; el desarrollo de la complicidad como propuesta entre géneros que permita un fluir del crecimiento, que sea menos denso.
Marta: Concretando: venimos hablando de las diferencias y semejanzas entre géneros, centrándonos en la realidad actual de las relaciones entre jóvenes de 13 a 30 años.
Los varones de esta etapa generacional ¡tienen tanto miedo de aparearse!
Creo, por otra parte, que el desarrollo productivo emocional e intelectual de la mujer ha compaginado un nivel de crecimiento que ha puesto de manifiesto la “multiempresarialidad” de las hormonas femeninas.
Quiero decir que la mujer siempre pudo muchas cosas (ahí donde el hombre sólo alcanza a concentrarse en no más de una por vez).
Creo que tenemos que analizar con mucho detenimiento y humildad dos variables respecto a este tema:
La primera: el “machismo emocional” de las mujeres “casaderas” que respiran al compás de la “caza” del varón que será elegido para consorte y padre de sus hijos.
La segunda: la contracara de este emocional que, generalmente, se pone de manifiesto en una excelente profesional que, con displicente solvencia, opera en su ámbito de trabajo.
El encuentro entre dos no puede fundamentarse en la lucha por el poder.
Este es el fundamento de la palabra “asociación” como abordaje al encuentro entre dos.
Marta: Es bueno hacer la salvedad de que estamos hablando de una realidad que muchos jóvenes la ejercen. Sin embargo, nos parece importante detenernos y profundizar respecto a este momento de la vida con sus peculiaridades, porque no son aún una mayoría los que han aprendido a cultivar valores de colaboración y complicidad. Es más frecuente encontrarnos con la angustia existencial de profesionales jóvenes, que precisan decantar y fortalecer la filosofía de su proyecto personal.
Y aprender a pensar en clave de valores como confianza, humildad, colaboración, al igual que animarse a constituir díadas o grupos donde pensar en voz alta sea un permiso desprendido del “miedo a ser juzgado” o temor a ser objeto de burlas.