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Pecadoras

Por José Ceschi

¡Buen día! Usted vio el título y comenzó a leer. Porque se habla de “pecadoras”, específicamente de las mujeres, no de los hombres. Y bueno, ya que empezó a leer ¿por qué no sigue?
Quisiera transmitirle un interesante comentario de Juan Pablo II en su carta apostólica “Mulieris dignitatem” (15.8.88), en la que se habla de la dignidad y la vocación de la mujer.
Y el tema tiene que ver con aquello que contradice precisamente esa dignidad: el pecado. El Papa comenta el tema de la mujer tomada en flagrante adulterio y arrojada a los pies de Jesús para que decida si hay que ajusticiarla o no (Jn. 8,3-11). “El que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”, dice Jesús a los hombres que la acusan. “Jesús -agrega el Santo Padre- parece decirles a los acusadores: esta mujer con todo su pecado ¿no es quizá también, y sobre todo, la confirmación de vuestras transgresiones, de vuestra injusticia “masculina”, de vuestros abusos?”.
El Papa no se queda con el pasado: “Esta es una verdad válida para todo el género humano. El hecho referido en el Evangelio de San Juan puede presentarse de nuevo en cada época histórica, en innumerables situaciones análogas.
Una mujer es dejada sola con su pecado y es señalada ante la opinión pública, mientras detrás de este pecado “suyo” se oculta un hombre pecador, culpable del “pecado de otra persona”; es más, corresponsable del mismo. Y sin embargo, su pecado escapa a la atención, pasa en silencio; aparece como no responsable del “pecado de otra persona”. A veces se transforma, incluso, en el acusador, como en el caso descrito en el Evangelio de San Juan, olvidando el propio pecado.
Cuántas veces, en casos parecidos, la mujer paga por el propio pecado (puede suceder que sea ella, en ciertos casos, culpable por el pecado del hombre como “pecado del otro”), pero solamente paga ella, y paga sola. ¡Cuántas veces queda ella abandonada con su maternidad, cuando el hombre, padre del niño, no quiere aceptar su responsabilidad!”.
El texto es más extenso y merece una lectura detenida. Mientras tanto, queda sonando lo de Sor Juana Inés de la Cruz: “¡Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón...”.

¡Hasta mañana!

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Pecadoras

Por José Ceschi

¡Buen día! Usted vio el título y comenzó a leer. Porque se habla de “pecadoras”, específicamente de las mujeres, no de los hombres. Y bueno, ya que empezó a leer ¿por qué no sigue?
Quisiera transmitirle un interesante comentario de Juan Pablo II en su carta apostólica “Mulieris dignitatem” (15.8.88), en la que se habla de la dignidad y la vocación de la mujer.
Y el tema tiene que ver con aquello que contradice precisamente esa dignidad: el pecado. El Papa comenta el tema de la mujer tomada en flagrante adulterio y arrojada a los pies de Jesús para que decida si hay que ajusticiarla o no (Jn. 8,3-11). “El que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”, dice Jesús a los hombres que la acusan. “Jesús -agrega el Santo Padre- parece decirles a los acusadores: esta mujer con todo su pecado ¿no es quizá también, y sobre todo, la confirmación de vuestras transgresiones, de vuestra injusticia “masculina”, de vuestros abusos?”.
El Papa no se queda con el pasado: “Esta es una verdad válida para todo el género humano. El hecho referido en el Evangelio de San Juan puede presentarse de nuevo en cada época histórica, en innumerables situaciones análogas.
Una mujer es dejada sola con su pecado y es señalada ante la opinión pública, mientras detrás de este pecado “suyo” se oculta un hombre pecador, culpable del “pecado de otra persona”; es más, corresponsable del mismo. Y sin embargo, su pecado escapa a la atención, pasa en silencio; aparece como no responsable del “pecado de otra persona”. A veces se transforma, incluso, en el acusador, como en el caso descrito en el Evangelio de San Juan, olvidando el propio pecado.
Cuántas veces, en casos parecidos, la mujer paga por el propio pecado (puede suceder que sea ella, en ciertos casos, culpable por el pecado del hombre como “pecado del otro”), pero solamente paga ella, y paga sola. ¡Cuántas veces queda ella abandonada con su maternidad, cuando el hombre, padre del niño, no quiere aceptar su responsabilidad!”.
El texto es más extenso y merece una lectura detenida. Mientras tanto, queda sonando lo de Sor Juana Inés de la Cruz: “¡Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón...”.

¡Hasta mañana!