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“Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos”

En el marco del Día del Profesor, el viernes se realizó una cena de agasajo a los docentes de la Facultad de Derecho, donde se recordó al doctor Ricer, quien falleciera el pasado 7 de septiembre. La actividad docente, los cambios en la enseñanza, la universidad, los golpes militares, los estudiantes y los libros, fueron temas abordados en lo que fue su última entrevista.  
 

Homenaje. Ricer agradeció la distinción que le otorgó en mayo la Facultad de Derecho de la Unne.
Docentes. En la cena por el Día del Profesor se recordó al Dr. Ricer.

La Facultad de Derecho de la Unne distinguió en mayo pasado al doctor Abraham Ricer como profesor extraordinario, el máximo título que otorga la casa de altos estudios a sus docentes. Y la misma institución lo recordó el viernes último en la cena por el Día del Profesor. El destacado docente falleció el 7 de septiembre dejando una vasta carrera en diversos roles ligados al derecho. 
Ricer se graduó en 1955 en la Universidad Nacional del Litoral, y en el 64 comenzó su destacada carrera como profesor en la Facultad de Derecho de la Unne y en su fructífera trayectoria llegó al cargo de decano a mediados de los 90 (agosto de 1995 a mayo de 1998). Antes, en los 80, y en su faceta de juez, fue ministro del Superior Tribunal de Justicia (STJ), de 1984 a 1989, y lo presidió durante el año 1988.  
“Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos en sus relaciones interpersonales. Por ello, necesariamente debe transformarse como lo hace la sociedad”, es una frase del doctor Ricer que se destaca en lo que fue la última entrevista que brindó, en este caso a la Revista de la Facultad de Derecho, que gentilmente permitió que El Litoral la pueda reproducir hoy completa. En la charla, además, se refirió a la actividad docente, los cambios en la enseñanza, la universidad, los golpes militares, los estudiantes y los libros. El legado de Ricer también está en estas reflexiones.
—¿Cuáles son los nuevos paradigmas que se presentan en la enseñanza del derecho? 
—El nuevo paradigma es romper los paradigmas. Porque la sociedad, como parte de su constante evolución, especialmente en este último tiempo, quebró todos los moldes conocidos y aceptados. La enseñanza del derecho debe acompañar estos cambios con mayor amplitud, sin prejuicios, sin condicionamientos y en absoluta libertad.
—¿Cómo ve la evolución de la docencia en estos últimos 50 años? 
—Cuando comencé en la docencia, a fines de 1963, era una actividad de prestigio. Actualmente, en cambio, percibo que se encuentra desvalorizada y mal remunerada. Pero destaco la impactante infraestructura de la que goza hoy nuestra Facultad, impensable en otros tiempos. Celebro también la guardería gratuita de niños, el comedor universitario de bajísimo costo y el espacio físico en el acceso de la Facultad para todas las expresiones políticas. 
Me resultan muy interesantes las encuestas a los alumnos sobre el desempeño de los profesores. Hay que trazar una línea entre los docentes dedicados que enseñan con pasión, de aquellos que se limitan a tomar lección. Es fundamental implantar estándares de calificación y formación. 
—¿Cuáles son los cambios más significativos que observa en materia de Derecho Civil? 
—Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos en sus relaciones interpersonales. Por ello, necesariamente debe transformarse como lo hace la sociedad. 
Entre los cambios más importantes mencionaría sin dudar el matrimonio igualitario y la identidad de género. Mas allá de la opinión personal que cada uno tenga al respecto digo lo siguiente: todos los proyectos de vida son igualmente importantes. Su reconocimiento garantiza armonía y convivencia.
—¿Cree que las nuevas tecnologías impactaron en la enseñanza o en el ejercicio del derecho? 
—Comencé la profesión hace 65 años con una vieja máquina de escribir que aún conservo. Actualmente me maravillo todos los días con la posibilidad de acceder a décadas de trabajo profesional guardadas en el disco rígido o de consultar online la misma información que tengo en los más de 6.000 libros de mi biblioteca. Sin embargo, las nuevas tecnologías son apenas un soporte: todo depende de la calidad de información que contienen. 
Una cosa es una base de datos de una editorial jurídica seria. Otra muy distinta es el caso de aquel juez que adquirió triste renombre en el año 2006 por basar su sentencia en información obtenida del sitio web “El rincón del vago”.
—¿Cuáles son para usted los pilares de nuestra universidad pública? 
—Soy hijo de inmigrantes judíos que llegaron a la Argentina con lo mínimo y sin conocer el idioma. Pero fueron recibidos con los brazos abiertos. La gratuidad de la universidad pública me permitió convertirme en abogado y hacer una vida respecto de la que me declaro totalmente realizado y plenamente satisfecho. 
Sin embargo, le digo algo: gratis no es sinónimo de sin cargo. En Estados Unidos o Europa, quienes excepcionalmente acceden a una universidad de prestigio con una beca completa, deben cumplir una rigurosa rutina de estudio. 
Del mismo modo, la gratuidad de nuestra universidad pública, que no es excepcional, sino abierta a todas las personas del mundo que quieran habitar el suelo argentino, debería ser honrada exigiendo al estudiante un implacable rendimiento académico. Me parece una justa contrapartida.
—¿Qué incidencia tuvieron los golpes militares en los valores republicanos o en la docencia?  
—Cuando se produce el golpe militar de 1966 nos exigieron a los jueces jurar por el Estatuto Militar. Me negué a hacerlo y presenté mi renuncia porque juré desempeñar el cargo con arreglo y apego exclusivo a la Constitución Nacional. Pero todo depende de las convicciones de cada uno. No puede decir lo mismo Raúl Zaffaroni, quien como juez juró por el Estatuto de la dictadura de Onganía y más tarde por el Estatuto de la dictadura de Videla. Hasta escribió un libro llamado Derecho Penal Militar donde decía que, si desaparecía cualquier autoridad civil o era incapaz la que quedaba, un grupo militar podía usurpar justificadamente la función pública. 
Con el tiempo, afortunadamente, tuvo un mayor compromiso democrático que lo hizo reconocido por su defensa de las garantías constitucionales y alcanzó el cargo de ministro de la Corte Suprema. 
En el quehacer universitario recuerdo al interventor militar que asumió al frente de la Facultad en 1976, quien creó un clima irrespirable y persiguió como una patrulla perdida a determinados docentes por sus ideas, por su religión o por su orientación sexual. Lamentable.
—¿Qué percepción tiene de los estudiantes universitarios en la actualidad? 
—Reconozco que con 86 años y una educación tan formal como estricta me cuesta entender el lenguaje que utilizan “todes les jóvenes”. Igual sensación experimento con algunas palabras recientemente reconocidas por la Real Academia: almóndiga, murciégalo o toballa. 
Sin embargo, es la sociedad quien introduce estos cambios, a los que hay que hacerles un lugar. Invisibilizarlos sería una mala decisión. 
Rescato de los estudiantes que tienen una actitud mucho más simple que en mi época de juventud: absorben lo que entienden justo y cuestionan lo que les disgusta, promoviendo su cambio. 
Disfrutan de un mundo globalizado que, en general, garantiza con abundancia la libertad de expresión y el ejercicio de sus derechos. 
Pero hay que cuidar todo eso. La verdad es que no estoy seguro de que alcancen a valorar en plenitud semejante posibilidad.  
—¿Lecturas recomendadas? 
—Para novedades jurídicas, están los clásicos: cualquier libro de Couture es imprescindible en la biblioteca de un buen abogado o profesor. Fuera del ámbito legal me animo a recomendar “El capellán del diablo”, de Richard Dawkins, que contiene reflexiones sobre la esperanza, las mentiras, la ciencia y el amor. Y recomiendo también dos libros que estuve leyendo recientemente: “21 lecciones para el siglo XXI”, de Yuval Harari, quien sostiene que la vida no es un relato impuesto y que la humanidad debe buscar su destino haciendo un esfuerzo libre de prejuicios para enfrentar los nuevos retos existenciales. 
“Humanos”, de Tom Phillips, quien con gran ironía sostiene que, a pesar de dominar el mundo, los seres humanos están lejos aún de tomar buenas decisiones. Por ejemplo, aquel ciudadano inglés que emigró a Australia con sus 24 conejos que se convirtieron en una plaga de 10 mil millones. O el Rey Faruk de Egipto que contrataba ladrones para aprender a robar. 
En fin, la historia de la humanidad es como el teatro: tragedia y comedia. 
—¿La justicia existe o es una mera utopía? 
—Lo digo con vehemencia: por supuesto que existe la justicia. En realidad, a veces, ¡causa desazón lo difícil que resulta encontrarla!

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“Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos”

En el marco del Día del Profesor, el viernes se realizó una cena de agasajo a los docentes de la Facultad de Derecho, donde se recordó al doctor Ricer, quien falleciera el pasado 7 de septiembre. La actividad docente, los cambios en la enseñanza, la universidad, los golpes militares, los estudiantes y los libros, fueron temas abordados en lo que fue su última entrevista.  
 

La Facultad de Derecho de la Unne distinguió en mayo pasado al doctor Abraham Ricer como profesor extraordinario, el máximo título que otorga la casa de altos estudios a sus docentes. Y la misma institución lo recordó el viernes último en la cena por el Día del Profesor. El destacado docente falleció el 7 de septiembre dejando una vasta carrera en diversos roles ligados al derecho. 
Ricer se graduó en 1955 en la Universidad Nacional del Litoral, y en el 64 comenzó su destacada carrera como profesor en la Facultad de Derecho de la Unne y en su fructífera trayectoria llegó al cargo de decano a mediados de los 90 (agosto de 1995 a mayo de 1998). Antes, en los 80, y en su faceta de juez, fue ministro del Superior Tribunal de Justicia (STJ), de 1984 a 1989, y lo presidió durante el año 1988.  
“Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos en sus relaciones interpersonales. Por ello, necesariamente debe transformarse como lo hace la sociedad”, es una frase del doctor Ricer que se destaca en lo que fue la última entrevista que brindó, en este caso a la Revista de la Facultad de Derecho, que gentilmente permitió que El Litoral la pueda reproducir hoy completa. En la charla, además, se refirió a la actividad docente, los cambios en la enseñanza, la universidad, los golpes militares, los estudiantes y los libros. El legado de Ricer también está en estas reflexiones.
—¿Cuáles son los nuevos paradigmas que se presentan en la enseñanza del derecho? 
—El nuevo paradigma es romper los paradigmas. Porque la sociedad, como parte de su constante evolución, especialmente en este último tiempo, quebró todos los moldes conocidos y aceptados. La enseñanza del derecho debe acompañar estos cambios con mayor amplitud, sin prejuicios, sin condicionamientos y en absoluta libertad.
—¿Cómo ve la evolución de la docencia en estos últimos 50 años? 
—Cuando comencé en la docencia, a fines de 1963, era una actividad de prestigio. Actualmente, en cambio, percibo que se encuentra desvalorizada y mal remunerada. Pero destaco la impactante infraestructura de la que goza hoy nuestra Facultad, impensable en otros tiempos. Celebro también la guardería gratuita de niños, el comedor universitario de bajísimo costo y el espacio físico en el acceso de la Facultad para todas las expresiones políticas. 
Me resultan muy interesantes las encuestas a los alumnos sobre el desempeño de los profesores. Hay que trazar una línea entre los docentes dedicados que enseñan con pasión, de aquellos que se limitan a tomar lección. Es fundamental implantar estándares de calificación y formación. 
—¿Cuáles son los cambios más significativos que observa en materia de Derecho Civil? 
—Pienso el derecho como una herramienta que lleva paz a los ciudadanos en sus relaciones interpersonales. Por ello, necesariamente debe transformarse como lo hace la sociedad. 
Entre los cambios más importantes mencionaría sin dudar el matrimonio igualitario y la identidad de género. Mas allá de la opinión personal que cada uno tenga al respecto digo lo siguiente: todos los proyectos de vida son igualmente importantes. Su reconocimiento garantiza armonía y convivencia.
—¿Cree que las nuevas tecnologías impactaron en la enseñanza o en el ejercicio del derecho? 
—Comencé la profesión hace 65 años con una vieja máquina de escribir que aún conservo. Actualmente me maravillo todos los días con la posibilidad de acceder a décadas de trabajo profesional guardadas en el disco rígido o de consultar online la misma información que tengo en los más de 6.000 libros de mi biblioteca. Sin embargo, las nuevas tecnologías son apenas un soporte: todo depende de la calidad de información que contienen. 
Una cosa es una base de datos de una editorial jurídica seria. Otra muy distinta es el caso de aquel juez que adquirió triste renombre en el año 2006 por basar su sentencia en información obtenida del sitio web “El rincón del vago”.
—¿Cuáles son para usted los pilares de nuestra universidad pública? 
—Soy hijo de inmigrantes judíos que llegaron a la Argentina con lo mínimo y sin conocer el idioma. Pero fueron recibidos con los brazos abiertos. La gratuidad de la universidad pública me permitió convertirme en abogado y hacer una vida respecto de la que me declaro totalmente realizado y plenamente satisfecho. 
Sin embargo, le digo algo: gratis no es sinónimo de sin cargo. En Estados Unidos o Europa, quienes excepcionalmente acceden a una universidad de prestigio con una beca completa, deben cumplir una rigurosa rutina de estudio. 
Del mismo modo, la gratuidad de nuestra universidad pública, que no es excepcional, sino abierta a todas las personas del mundo que quieran habitar el suelo argentino, debería ser honrada exigiendo al estudiante un implacable rendimiento académico. Me parece una justa contrapartida.
—¿Qué incidencia tuvieron los golpes militares en los valores republicanos o en la docencia?  
—Cuando se produce el golpe militar de 1966 nos exigieron a los jueces jurar por el Estatuto Militar. Me negué a hacerlo y presenté mi renuncia porque juré desempeñar el cargo con arreglo y apego exclusivo a la Constitución Nacional. Pero todo depende de las convicciones de cada uno. No puede decir lo mismo Raúl Zaffaroni, quien como juez juró por el Estatuto de la dictadura de Onganía y más tarde por el Estatuto de la dictadura de Videla. Hasta escribió un libro llamado Derecho Penal Militar donde decía que, si desaparecía cualquier autoridad civil o era incapaz la que quedaba, un grupo militar podía usurpar justificadamente la función pública. 
Con el tiempo, afortunadamente, tuvo un mayor compromiso democrático que lo hizo reconocido por su defensa de las garantías constitucionales y alcanzó el cargo de ministro de la Corte Suprema. 
En el quehacer universitario recuerdo al interventor militar que asumió al frente de la Facultad en 1976, quien creó un clima irrespirable y persiguió como una patrulla perdida a determinados docentes por sus ideas, por su religión o por su orientación sexual. Lamentable.
—¿Qué percepción tiene de los estudiantes universitarios en la actualidad? 
—Reconozco que con 86 años y una educación tan formal como estricta me cuesta entender el lenguaje que utilizan “todes les jóvenes”. Igual sensación experimento con algunas palabras recientemente reconocidas por la Real Academia: almóndiga, murciégalo o toballa. 
Sin embargo, es la sociedad quien introduce estos cambios, a los que hay que hacerles un lugar. Invisibilizarlos sería una mala decisión. 
Rescato de los estudiantes que tienen una actitud mucho más simple que en mi época de juventud: absorben lo que entienden justo y cuestionan lo que les disgusta, promoviendo su cambio. 
Disfrutan de un mundo globalizado que, en general, garantiza con abundancia la libertad de expresión y el ejercicio de sus derechos. 
Pero hay que cuidar todo eso. La verdad es que no estoy seguro de que alcancen a valorar en plenitud semejante posibilidad.  
—¿Lecturas recomendadas? 
—Para novedades jurídicas, están los clásicos: cualquier libro de Couture es imprescindible en la biblioteca de un buen abogado o profesor. Fuera del ámbito legal me animo a recomendar “El capellán del diablo”, de Richard Dawkins, que contiene reflexiones sobre la esperanza, las mentiras, la ciencia y el amor. Y recomiendo también dos libros que estuve leyendo recientemente: “21 lecciones para el siglo XXI”, de Yuval Harari, quien sostiene que la vida no es un relato impuesto y que la humanidad debe buscar su destino haciendo un esfuerzo libre de prejuicios para enfrentar los nuevos retos existenciales. 
“Humanos”, de Tom Phillips, quien con gran ironía sostiene que, a pesar de dominar el mundo, los seres humanos están lejos aún de tomar buenas decisiones. Por ejemplo, aquel ciudadano inglés que emigró a Australia con sus 24 conejos que se convirtieron en una plaga de 10 mil millones. O el Rey Faruk de Egipto que contrataba ladrones para aprender a robar. 
En fin, la historia de la humanidad es como el teatro: tragedia y comedia. 
—¿La justicia existe o es una mera utopía? 
—Lo digo con vehemencia: por supuesto que existe la justicia. En realidad, a veces, ¡causa desazón lo difícil que resulta encontrarla!