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El chamame como la patria elegida

Nino Zannoni  integra “Projeto Pulso Livre” junto con Jonatan Dalmonte con el que tocarán en la Fiesta Nacional del Chamamé el 18 de enero. A los 19 años, su papá lo trajo por primera vez a Corrientes. Desde entonces este lugar del mundo es su patria. Durante el 2019 llevo adelante junto con Juan Pedro Sorribes el encuentro 
“La Ronda de Chamamé”.

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Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Nino Ernesto William nació en Amsterdam y pasó su infancia en el corazón del barrio de Jordaan en la capital de Holanda, una ciudad del comercio y cuna de pintores. El origen del nombre de Jordaan, sostienen, es una derivación de la palabra francesa ya que gran cantidad sus calles y canales llevan nombres de árboles y flores. 
Martha Jeanine Ward dio a luz a Nino un 6 de marzo de 1985 a las 23.30 en el Hospital Juliana Ziekenhuis. El niño vivió su infancia y adolescencia en un departamento grande de dos pisos en la Calle Palmdwarsstraat 31. Ese vecindario comenzó su historia en el siglo XVII, cuando la clase obrera fue poco a poco poblando la zona. Hace muchos años es muy conocida y visitada porque en ese vecindario está ubicada la casa-museo de Ana Frank, en la cual la niña judía se refugió de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero también fue el barrio que acogió al pintor Rembrandt que pasó los últimos años de su vida en esa zona de la ciudad. 
Nino salía a las 8 de la mañana de su casa sin uniforme, en zapatillas y montado en su bicicleta hacia su escuela, la Theo Thijssen School, porque las clases comenzaban a las 8.30, de modo que el ritual del viaje hasta el colegio era igual en verano o en un crudo invierno de 10 grados bajo cero. Siempre igual y siempre en bicicleta.
La escuela era un lugar agradable y divertido, pero para él era más divertida la escuela de futbol donde lo esperaba su entrenador John para jugar en el Club S. C. Buitenveldert, donde pasaba largos momentos tratando de emular a sus ídolos del Amsterdamsche Football Club Ajax, nacido en esa ciudad en el 1900.
El nombre de la escuela a la que fue Nino está relacionado con su barrio ya que Theo Thijssen nació a fines del siglo XIX en el entonces el suburbio de Jordaan, donde su padre tenía una pequeña y modesta zapatería. Cuando tenía apenas 8 años su padre se murió, se mudaron y su madre abrió una tienda de comestibles donde él y su hermano menor trabajaron intensamente. Como no era una familia rica, para poder estudiar, rindió un difícil examen y así obtener una beca que le permitió entrar a la escuela Rijkskweeks voor onderwijzers. Después de completar su estudio, se convirtió en maestro desde 1898 hasta 1921 en varias escuelas de Amsterdam.

Una cuestión de método
Los días más difíciles eran los viernes porque había que entregar las tareas. El sistema educativo en su escuela estaba basado en los métodos de María Montessori (1870-1952). Montesori “observó que el niño posee dentro de sí el patrón para su propio desarrollo (bio-psico-social). El niño se desarrolla plenamente, cuando se permite que este patrón interno dirija su propio crecimiento. Construye así su personalidad y su propio conocimiento del mundo, a partir de ese potencial interior. “El niño es el padre del hombre”, decía la doctora Montessori, ya que es el niño quien se crea a sí mismo revelando la persona en la que puede transformarse. Esa transformación es su principal tarea, una tarea intensa e incesante que lleva a cabo naturalmente y con una inmensa alegría. María Montessori sostuvo que la alegría del niño debe ser tomada como un indicador de los aciertos del sistema educativo”. 

Un país en bicicleta
A las 15 terminaba la jornada en la Theo Thijssen School y regresaba, por supuesto, en bicicleta a su casa donde lo esperaban sus padres y su hermana Scarlett que nació siete años antes que Nino, un 7 de marzo. Su madre hizo un gran esfuerzo para que cada uno tuviera su cumpleaños, cosa que por suerte sucedió.
El ambiente familiar era bueno pero en la calle estaban Davey, Zefanjo y Sem con la pelota de futbol lista para comenzar el partido. La calle era pues el escenario de memorables partidos donde la tardecita se volvía noche.
Holanda es el país de las bicicletas. La primera para Nino fue una BMX blanca y azul de ruedas azules. En casa de los Zanoni, como en la mayoría de las casas holandesas, cada uno tiene un móvil.
Holanda tiene 17 millones de habitantes y 23 millones de bicicletas. Las familias poseen una media de tres según la Oficina Central de Estadística convirtiéndose en el vehículo más utilizado (un 84% de la población); es el país con más bicis por habitante (1,3), seguido de Dinamarca (0,8) y Japón (0,6); un 16% usa modelos eléctricos, y de estos, un 6% tiene una de carreras; hay 88.000 kilómetros de rutas adaptadas, entre carriles y caminos comarcales; el 94% de los viajes empiezan en la puerta de casa.
El Gobierno tenía previsto el año pasado invertir 345 millones de euros en infraestructura para que 200.000 personas la lleven al trabajo. El mayor inconveniente es sin duda el estacionamiento. (Fuente: diario El País. “Holanda, un país con más bicicletas que habitantes, ya no tiene donde estacionarlas”, de Isabel Ferrer).
Llegó el siguiente nivel escolar y luego la universidad con una carrera relacionada con el comercio exterior de donde egresó a los 21 años. Pero su futuro no estaba allí, tampoco su actividad sería el comercio exterior. Su destino estaba al otro lado del mar, en una provincia mesopotámica, de grandes calores y tibios inviernos. La tierra de Ernesto Horacio, su padre, ahora también es la suya y el chamamé será para siempre su otra lengua.

—¿Cómo era tu vida y tu infancia en Holanda?
—Nací de padre correntino, madre norteamericana y me crié en el barrio más holandés que te puedas imaginar, con una cultura muy fuerte, típicamente holandesa. El barrio de Jordaan, con canales y casas pintorescas. El invierno es muy frío, pero caminando en el Jordaan es menos frío, son más cálidas las calles porque son más angostas.
Es un placer pasear en el invierno y complementarlo con los bares, lugares muy antiguos y con una gastronomía tremenda. Un barrio muy cultural y musical.
—¿Cómo fue tu escuela?
—Ir a la Theo Thijssen School fue algo muy lindo para mí en esa etapa de mi infancia, muy bonita, pero siempre estuve en la búsqueda de mi identidad. Eso siempre estaba presente en mis preocupaciones porque me daba cuenta de que mi casa no era la misma que la de mis vecinos, de mis amigos. Entonces, siempre me sentía diferente.
—Había tres culturas en tu casa: la tuya y la de cada uno de tus padres. ¿Cuántos años son de escuela primaria?
—Y hasta los 11 años, la primaria y de ahí te vas a una especie de secundaria. Pero la clave es que muy pronto vas decidiendo el modelo de estudios que vas a seguir. Digamos que el modelo de la educación holandesa va mucho más directo hacia dónde querés ir con tu carrera o sea que muy joven ya decidís que querés hacer de adulto.
—¿Y vos qué elegiste?
—Elegí tantas cosas, chamigo. Me hice muchos amigos por eso, porque cambiaba mucho, tenía que decidir y no era tan fácil. Hice de todo, hice de mecánico de coches, después una pasantía en Peugeot y ahí vi que había tipos en otra parte de la empresa que estaban todos de traje, se los veía muy bien y dije para qué me estoy ensuciando las manos en encontrar problemas en el motor, si puedo estar en ese sector vendiendo un coche. Ahí me animé a cambiar el rumbo para los negocios y comencé a estudiar comercio exterior y mayorista tipo compra y venta, y me especialicé en eso, estudié y me recibí, finalmente.
—Digamos que los holandeses han sido en la historia grandes comerciantes.
—Claro, grandes. Incluso en mi barrio; todo el mundo tiene algo para vender, es muy comercial, es un barrio judío. Antiguamente eran casas o edificios ya estructurados de una manera que los barcos llegaban y vendían sus mercaderías porque hay canales. La gente tiene eso en la sangre, es muy holandesa.
—¿Y cómo fue tu vínculo con la religión, que ahí en esos lugares es muy fuerte?
—Y, mi padre fue muy honesto conmigo, me habló sobre su experiencia de vida, sobre religiones en la India y Nepal, donde hay muchas religiones y, siendo católico, él me dejó a elegir siempre contando su historia, igual que mi madre. Holanda me parece que es el país menos creyente; la mayoría de la gente que conozco no profesa ninguna religión. Es impresionante, aunque en Holanda la mayoría es protestante. 
—¿Cómo surge este vínculo con la música? 
—El primer contacto con la música fue con mi madre, que era cantante. Ella se dedicó a su carrera artística durante 20 años. Pero solamente lo viví en carne propia durante cuatro años, los primeros cuatro años de mi vida, después decidió alejarse de la música para dedicarse ser madre. En mi casa siempre había mucha música. Mi padre escuchaba a Gipsy King, Vinícius de Moraes, Julio Sosa y chamamé instrumental.
—¿Qué increíble, no?
—Sí, el otro día estábamos escuchando al Quinteto de Gabriel Cocomarola y me pasó que en el tema El puñal me dio un escalofrío en todo el cuerpo porque me acordé en ese momento de que lo escuchaba cuando era niño en mi casa. Aunque mi padre no era un tipo que tenía mucho conocimiento sobre la música, no me podía decir mucho sobre la que sonaba. Sin embargo, creo que mi vínculo con el chamamé comienza en los relatos de mi padre, cuando me hablaba sobre su tierra. Era muy intenso, los domingos añorando a ese lugar que yo no conocía, hablaba de un río que era impresionante, era el mejor del mundo. Mi papá era en ese momento un aventurero, se iba a Iguazú y se quedaba tres meses en las Cataratas.
Tuvo una adolescencia muy viajera, conocía la flora y fauna de su tierra y me las repetía todos los días, todos los fines de semana que me hablaba sobre su tierra…. No tenía un perro, tenía un yacaré mi papá, era una persona muy salvaje pero muy honesta, muy sincera y siempre me hablaba sobre el Paraná de una manera muy profunda.
—¿Y qué te pasó cuando viste el Paraná?
—Con 19 años vengo con mi viejo para conocer su ciudad natal, Corrientes. No sabía hablar guaraní ni ahí y castellano tampoco. Entré en otro mundo, era un encuentro impresionante porque me encontré con el Paraná que me podía imaginar nomás, pero en ese momento lo encontraba y era una cosa energéticamente muy fuerte y simbólicamente, también. Soy holandés, mis padres nunca me criaron como holandés; sí mi escuela, mis amigos, mi barrio; pero había algo que a mí me faltaba y creo que al conocer el Paraná era el comienzo para encontrarme a mí mismo en el mundo.
—¿Y cómo es tu relación con el chamamé? ¿Por qué te emociona tanto esta música?
—No lo puedo explicar en palabras, te puedo contar que a la hora de cantarlo… es como un camino hacia adentro y saber que es cierto, es un camino cierto. Sé que es el camino que está dentro de mí, que me da la certeza de que es eso lo que tengo que hacer.
—¿Cómo componés? 
—La composición surge a partir de años de escuchar a mi padre hablar sobre los árboles, sobre los animales, el río, algo que nunca viví porque nací en un barrio de Holanda. Estaba muy lejos de conocer los mosquitos, por ejemplo.
Todo fue un descubrimiento que comienza en un relato y ese relato lo inicia mi padre. Abrí la posibilidad de imaginar y entonces vi un paisaje, estuve en el río sin estar, observé todo, cómo cantaban los pájaros, cómo volaban, cómo vivían los pescadores.
—¿Cómo llega la música?
—La música está ahí, porque el chamamé habla de todas esas cosas. El chamamé está en el paisaje que transmite la música. Tiene todos los colores, todos los movimientos y todo lo que uno encuentra en la gente.
—¿Cómo hiciste con la cuestión rítmica?
—Tengo mucho que agradecer a los músicos que me fui encontrando en el camino: Tito Gómez, Sebastián Sheridan que me llevó a pasar semanas en el paraje San Salvador, donde se respira chamamé. Me encontré con  Rudi y Nini Flores, con Luiz Carlos Borges y Jonathan Delmonte y Milagros Caliva, entre muchos más. Nací tres veces: en Holanda, en Corrientes de nuevo y en Porto Alegre, Brasil.
—¿Qué te dio el chamamé?
—Un sentido a mi vida, me dio un lenguaje musical, una poética que da sentido a mi vida, diciendo las cosas que quiero decir, cantando lo que me gusta cantar, tocar lo que siento más cercano.
—Tenés el espíritu de tu padre? Es decir, el deseo de irte, de viajar
—Y viajar, considero que sigo viajando porque estoy entre Brasil, Corrientes, Holanda y Buenos Aires. Pero no hay un lugar igual que Corrientes para mí.
—¿Qué es “La Ronda de  Chamamé”?
—Es un acto, una juntada de diferentes músicos, donde cada uno tiene su camino dentro de la música y se encuentra con otros y en esa reunión se aprende algo. Ronda es un diálogo vivo, un trueque de formación que a veces produce composiciones, nuevos shows, otras ideas. Creo que es una construcción de las cosas del ambiente y un día me llegó el nombre “la ronda”. Porque volviendo atrás a los recuerdos, a la mesa de la guitarreada, donde estamos todos muy cómodos, cantamos con el alma y compartimos una charla sentida, ahí es donde nace. En mi caso, nació el primer contacto con la música de chamamé.
—¿Cuáles fueron las primeras rondas que te acordás en Corrientes? 
—El primero que me contagió, así como que ya sabía qué quería hacer, ahí me di cuenta de que era el chamamé, Ricardo “Tito” Gómez. El me mostró un camino y descubrí que era lo que quería hacer. Juan Carlos Jensen en Mercedes me invitó para ir hasta su casa. Me acuerdo de que esa vuelta en el quincho vivían de musiqueda y yo, horas de piel de gallina –nomás te digo-, no se me iba. Era tipo continuado, cautivante y me dio mucha emoción. 
—¿Y el idioma cómo aprendiste?
—Aquí. Aprendí en el encuentro, en la ronda.
—¿Y el correntino dónde aprendiste?
—Y acá también. Me parece que se me mezclan muchos idiomas a la hora de hablar, pero bastante correntino me sale, nomás te digo (risas). Es decir, me gusta hablar así porque aprendí acá. Cuando me siento a hablar algunas cosas, les quiero decir como se dice en correntino; o sea, al porteño respeto y todo, pero no me sale así la cashe, la sherba. Me gusta la “ll”, me costó un montón. Me acuerdo de que “Yayo” Cáceres, en algún comentario que hizo, había cantado en vivo con Luiz Carlos Borges e interpretamos “De allá ité” y ahí yo decía todavía “de ashá”, pero no era a propósito, me costó mucho la “ll” y hoy en día me gusta decir “de allá”.
—¿Qué pasó cuando conociste a Nini Flores?
—Musicalmente, fue un encuentro muy importante sumando toda la experiencia que tuve acá en Corrientes y sobre todo conocer a Nini también fue demasiado fuerte. Lo conocí un año –nomás te digo-, nada más que estuve con él y es una cosa impresionante, ¿sabe?
Nini me dio la oportunidad de crecer, de sumar experiencias y charlas inolvidables. Gracias a su generosidad, me abrió igual que Luiz Carlos Borges la puerta a Brasil. Y cuando viajé con Rudi y Nini Flores a Porto Alegre en el 2016, se me abrió la puerta a Brasil en muchos sentidos. Eternamente agradecido.

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El chamame como la patria elegida

Nino Zannoni  integra “Projeto Pulso Livre” junto con Jonatan Dalmonte con el que tocarán en la Fiesta Nacional del Chamamé el 18 de enero. A los 19 años, su papá lo trajo por primera vez a Corrientes. Desde entonces este lugar del mundo es su patria. Durante el 2019 llevo adelante junto con Juan Pedro Sorribes el encuentro 
“La Ronda de Chamamé”.

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Nino Ernesto William nació en Amsterdam y pasó su infancia en el corazón del barrio de Jordaan en la capital de Holanda, una ciudad del comercio y cuna de pintores. El origen del nombre de Jordaan, sostienen, es una derivación de la palabra francesa ya que gran cantidad sus calles y canales llevan nombres de árboles y flores. 
Martha Jeanine Ward dio a luz a Nino un 6 de marzo de 1985 a las 23.30 en el Hospital Juliana Ziekenhuis. El niño vivió su infancia y adolescencia en un departamento grande de dos pisos en la Calle Palmdwarsstraat 31. Ese vecindario comenzó su historia en el siglo XVII, cuando la clase obrera fue poco a poco poblando la zona. Hace muchos años es muy conocida y visitada porque en ese vecindario está ubicada la casa-museo de Ana Frank, en la cual la niña judía se refugió de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero también fue el barrio que acogió al pintor Rembrandt que pasó los últimos años de su vida en esa zona de la ciudad. 
Nino salía a las 8 de la mañana de su casa sin uniforme, en zapatillas y montado en su bicicleta hacia su escuela, la Theo Thijssen School, porque las clases comenzaban a las 8.30, de modo que el ritual del viaje hasta el colegio era igual en verano o en un crudo invierno de 10 grados bajo cero. Siempre igual y siempre en bicicleta.
La escuela era un lugar agradable y divertido, pero para él era más divertida la escuela de futbol donde lo esperaba su entrenador John para jugar en el Club S. C. Buitenveldert, donde pasaba largos momentos tratando de emular a sus ídolos del Amsterdamsche Football Club Ajax, nacido en esa ciudad en el 1900.
El nombre de la escuela a la que fue Nino está relacionado con su barrio ya que Theo Thijssen nació a fines del siglo XIX en el entonces el suburbio de Jordaan, donde su padre tenía una pequeña y modesta zapatería. Cuando tenía apenas 8 años su padre se murió, se mudaron y su madre abrió una tienda de comestibles donde él y su hermano menor trabajaron intensamente. Como no era una familia rica, para poder estudiar, rindió un difícil examen y así obtener una beca que le permitió entrar a la escuela Rijkskweeks voor onderwijzers. Después de completar su estudio, se convirtió en maestro desde 1898 hasta 1921 en varias escuelas de Amsterdam.

Una cuestión de método
Los días más difíciles eran los viernes porque había que entregar las tareas. El sistema educativo en su escuela estaba basado en los métodos de María Montessori (1870-1952). Montesori “observó que el niño posee dentro de sí el patrón para su propio desarrollo (bio-psico-social). El niño se desarrolla plenamente, cuando se permite que este patrón interno dirija su propio crecimiento. Construye así su personalidad y su propio conocimiento del mundo, a partir de ese potencial interior. “El niño es el padre del hombre”, decía la doctora Montessori, ya que es el niño quien se crea a sí mismo revelando la persona en la que puede transformarse. Esa transformación es su principal tarea, una tarea intensa e incesante que lleva a cabo naturalmente y con una inmensa alegría. María Montessori sostuvo que la alegría del niño debe ser tomada como un indicador de los aciertos del sistema educativo”. 

Un país en bicicleta
A las 15 terminaba la jornada en la Theo Thijssen School y regresaba, por supuesto, en bicicleta a su casa donde lo esperaban sus padres y su hermana Scarlett que nació siete años antes que Nino, un 7 de marzo. Su madre hizo un gran esfuerzo para que cada uno tuviera su cumpleaños, cosa que por suerte sucedió.
El ambiente familiar era bueno pero en la calle estaban Davey, Zefanjo y Sem con la pelota de futbol lista para comenzar el partido. La calle era pues el escenario de memorables partidos donde la tardecita se volvía noche.
Holanda es el país de las bicicletas. La primera para Nino fue una BMX blanca y azul de ruedas azules. En casa de los Zanoni, como en la mayoría de las casas holandesas, cada uno tiene un móvil.
Holanda tiene 17 millones de habitantes y 23 millones de bicicletas. Las familias poseen una media de tres según la Oficina Central de Estadística convirtiéndose en el vehículo más utilizado (un 84% de la población); es el país con más bicis por habitante (1,3), seguido de Dinamarca (0,8) y Japón (0,6); un 16% usa modelos eléctricos, y de estos, un 6% tiene una de carreras; hay 88.000 kilómetros de rutas adaptadas, entre carriles y caminos comarcales; el 94% de los viajes empiezan en la puerta de casa.
El Gobierno tenía previsto el año pasado invertir 345 millones de euros en infraestructura para que 200.000 personas la lleven al trabajo. El mayor inconveniente es sin duda el estacionamiento. (Fuente: diario El País. “Holanda, un país con más bicicletas que habitantes, ya no tiene donde estacionarlas”, de Isabel Ferrer).
Llegó el siguiente nivel escolar y luego la universidad con una carrera relacionada con el comercio exterior de donde egresó a los 21 años. Pero su futuro no estaba allí, tampoco su actividad sería el comercio exterior. Su destino estaba al otro lado del mar, en una provincia mesopotámica, de grandes calores y tibios inviernos. La tierra de Ernesto Horacio, su padre, ahora también es la suya y el chamamé será para siempre su otra lengua.

—¿Cómo era tu vida y tu infancia en Holanda?
—Nací de padre correntino, madre norteamericana y me crié en el barrio más holandés que te puedas imaginar, con una cultura muy fuerte, típicamente holandesa. El barrio de Jordaan, con canales y casas pintorescas. El invierno es muy frío, pero caminando en el Jordaan es menos frío, son más cálidas las calles porque son más angostas.
Es un placer pasear en el invierno y complementarlo con los bares, lugares muy antiguos y con una gastronomía tremenda. Un barrio muy cultural y musical.
—¿Cómo fue tu escuela?
—Ir a la Theo Thijssen School fue algo muy lindo para mí en esa etapa de mi infancia, muy bonita, pero siempre estuve en la búsqueda de mi identidad. Eso siempre estaba presente en mis preocupaciones porque me daba cuenta de que mi casa no era la misma que la de mis vecinos, de mis amigos. Entonces, siempre me sentía diferente.
—Había tres culturas en tu casa: la tuya y la de cada uno de tus padres. ¿Cuántos años son de escuela primaria?
—Y hasta los 11 años, la primaria y de ahí te vas a una especie de secundaria. Pero la clave es que muy pronto vas decidiendo el modelo de estudios que vas a seguir. Digamos que el modelo de la educación holandesa va mucho más directo hacia dónde querés ir con tu carrera o sea que muy joven ya decidís que querés hacer de adulto.
—¿Y vos qué elegiste?
—Elegí tantas cosas, chamigo. Me hice muchos amigos por eso, porque cambiaba mucho, tenía que decidir y no era tan fácil. Hice de todo, hice de mecánico de coches, después una pasantía en Peugeot y ahí vi que había tipos en otra parte de la empresa que estaban todos de traje, se los veía muy bien y dije para qué me estoy ensuciando las manos en encontrar problemas en el motor, si puedo estar en ese sector vendiendo un coche. Ahí me animé a cambiar el rumbo para los negocios y comencé a estudiar comercio exterior y mayorista tipo compra y venta, y me especialicé en eso, estudié y me recibí, finalmente.
—Digamos que los holandeses han sido en la historia grandes comerciantes.
—Claro, grandes. Incluso en mi barrio; todo el mundo tiene algo para vender, es muy comercial, es un barrio judío. Antiguamente eran casas o edificios ya estructurados de una manera que los barcos llegaban y vendían sus mercaderías porque hay canales. La gente tiene eso en la sangre, es muy holandesa.
—¿Y cómo fue tu vínculo con la religión, que ahí en esos lugares es muy fuerte?
—Y, mi padre fue muy honesto conmigo, me habló sobre su experiencia de vida, sobre religiones en la India y Nepal, donde hay muchas religiones y, siendo católico, él me dejó a elegir siempre contando su historia, igual que mi madre. Holanda me parece que es el país menos creyente; la mayoría de la gente que conozco no profesa ninguna religión. Es impresionante, aunque en Holanda la mayoría es protestante. 
—¿Cómo surge este vínculo con la música? 
—El primer contacto con la música fue con mi madre, que era cantante. Ella se dedicó a su carrera artística durante 20 años. Pero solamente lo viví en carne propia durante cuatro años, los primeros cuatro años de mi vida, después decidió alejarse de la música para dedicarse ser madre. En mi casa siempre había mucha música. Mi padre escuchaba a Gipsy King, Vinícius de Moraes, Julio Sosa y chamamé instrumental.
—¿Qué increíble, no?
—Sí, el otro día estábamos escuchando al Quinteto de Gabriel Cocomarola y me pasó que en el tema El puñal me dio un escalofrío en todo el cuerpo porque me acordé en ese momento de que lo escuchaba cuando era niño en mi casa. Aunque mi padre no era un tipo que tenía mucho conocimiento sobre la música, no me podía decir mucho sobre la que sonaba. Sin embargo, creo que mi vínculo con el chamamé comienza en los relatos de mi padre, cuando me hablaba sobre su tierra. Era muy intenso, los domingos añorando a ese lugar que yo no conocía, hablaba de un río que era impresionante, era el mejor del mundo. Mi papá era en ese momento un aventurero, se iba a Iguazú y se quedaba tres meses en las Cataratas.
Tuvo una adolescencia muy viajera, conocía la flora y fauna de su tierra y me las repetía todos los días, todos los fines de semana que me hablaba sobre su tierra…. No tenía un perro, tenía un yacaré mi papá, era una persona muy salvaje pero muy honesta, muy sincera y siempre me hablaba sobre el Paraná de una manera muy profunda.
—¿Y qué te pasó cuando viste el Paraná?
—Con 19 años vengo con mi viejo para conocer su ciudad natal, Corrientes. No sabía hablar guaraní ni ahí y castellano tampoco. Entré en otro mundo, era un encuentro impresionante porque me encontré con el Paraná que me podía imaginar nomás, pero en ese momento lo encontraba y era una cosa energéticamente muy fuerte y simbólicamente, también. Soy holandés, mis padres nunca me criaron como holandés; sí mi escuela, mis amigos, mi barrio; pero había algo que a mí me faltaba y creo que al conocer el Paraná era el comienzo para encontrarme a mí mismo en el mundo.
—¿Y cómo es tu relación con el chamamé? ¿Por qué te emociona tanto esta música?
—No lo puedo explicar en palabras, te puedo contar que a la hora de cantarlo… es como un camino hacia adentro y saber que es cierto, es un camino cierto. Sé que es el camino que está dentro de mí, que me da la certeza de que es eso lo que tengo que hacer.
—¿Cómo componés? 
—La composición surge a partir de años de escuchar a mi padre hablar sobre los árboles, sobre los animales, el río, algo que nunca viví porque nací en un barrio de Holanda. Estaba muy lejos de conocer los mosquitos, por ejemplo.
Todo fue un descubrimiento que comienza en un relato y ese relato lo inicia mi padre. Abrí la posibilidad de imaginar y entonces vi un paisaje, estuve en el río sin estar, observé todo, cómo cantaban los pájaros, cómo volaban, cómo vivían los pescadores.
—¿Cómo llega la música?
—La música está ahí, porque el chamamé habla de todas esas cosas. El chamamé está en el paisaje que transmite la música. Tiene todos los colores, todos los movimientos y todo lo que uno encuentra en la gente.
—¿Cómo hiciste con la cuestión rítmica?
—Tengo mucho que agradecer a los músicos que me fui encontrando en el camino: Tito Gómez, Sebastián Sheridan que me llevó a pasar semanas en el paraje San Salvador, donde se respira chamamé. Me encontré con  Rudi y Nini Flores, con Luiz Carlos Borges y Jonathan Delmonte y Milagros Caliva, entre muchos más. Nací tres veces: en Holanda, en Corrientes de nuevo y en Porto Alegre, Brasil.
—¿Qué te dio el chamamé?
—Un sentido a mi vida, me dio un lenguaje musical, una poética que da sentido a mi vida, diciendo las cosas que quiero decir, cantando lo que me gusta cantar, tocar lo que siento más cercano.
—Tenés el espíritu de tu padre? Es decir, el deseo de irte, de viajar
—Y viajar, considero que sigo viajando porque estoy entre Brasil, Corrientes, Holanda y Buenos Aires. Pero no hay un lugar igual que Corrientes para mí.
—¿Qué es “La Ronda de  Chamamé”?
—Es un acto, una juntada de diferentes músicos, donde cada uno tiene su camino dentro de la música y se encuentra con otros y en esa reunión se aprende algo. Ronda es un diálogo vivo, un trueque de formación que a veces produce composiciones, nuevos shows, otras ideas. Creo que es una construcción de las cosas del ambiente y un día me llegó el nombre “la ronda”. Porque volviendo atrás a los recuerdos, a la mesa de la guitarreada, donde estamos todos muy cómodos, cantamos con el alma y compartimos una charla sentida, ahí es donde nace. En mi caso, nació el primer contacto con la música de chamamé.
—¿Cuáles fueron las primeras rondas que te acordás en Corrientes? 
—El primero que me contagió, así como que ya sabía qué quería hacer, ahí me di cuenta de que era el chamamé, Ricardo “Tito” Gómez. El me mostró un camino y descubrí que era lo que quería hacer. Juan Carlos Jensen en Mercedes me invitó para ir hasta su casa. Me acuerdo de que esa vuelta en el quincho vivían de musiqueda y yo, horas de piel de gallina –nomás te digo-, no se me iba. Era tipo continuado, cautivante y me dio mucha emoción. 
—¿Y el idioma cómo aprendiste?
—Aquí. Aprendí en el encuentro, en la ronda.
—¿Y el correntino dónde aprendiste?
—Y acá también. Me parece que se me mezclan muchos idiomas a la hora de hablar, pero bastante correntino me sale, nomás te digo (risas). Es decir, me gusta hablar así porque aprendí acá. Cuando me siento a hablar algunas cosas, les quiero decir como se dice en correntino; o sea, al porteño respeto y todo, pero no me sale así la cashe, la sherba. Me gusta la “ll”, me costó un montón. Me acuerdo de que “Yayo” Cáceres, en algún comentario que hizo, había cantado en vivo con Luiz Carlos Borges e interpretamos “De allá ité” y ahí yo decía todavía “de ashá”, pero no era a propósito, me costó mucho la “ll” y hoy en día me gusta decir “de allá”.
—¿Qué pasó cuando conociste a Nini Flores?
—Musicalmente, fue un encuentro muy importante sumando toda la experiencia que tuve acá en Corrientes y sobre todo conocer a Nini también fue demasiado fuerte. Lo conocí un año –nomás te digo-, nada más que estuve con él y es una cosa impresionante, ¿sabe?
Nini me dio la oportunidad de crecer, de sumar experiencias y charlas inolvidables. Gracias a su generosidad, me abrió igual que Luiz Carlos Borges la puerta a Brasil. Y cuando viajé con Rudi y Nini Flores a Porto Alegre en el 2016, se me abrió la puerta a Brasil en muchos sentidos. Eternamente agradecido.