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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Terminó la fantasía del éxito contra la pandemia

Los números no tienen sentimientos. La Argentina trepó esta semana al quinto lugar en el planeta entre los países con más contagios. Y la semana próxima superará el millón de casos de coronavirus. Solo quedamos por debajo de Estados Unidos, India, Brasil y Rusia. Ninguno de esos países tiene menos de 145 millones de habitantes y, entre los cuatro, pasan los dos mil millones de personas. Allí estamos entonces, pese a nuestra población de poco más de 44 millones sin censo desde hace una década.

Tampoco nos queda el refugio de las muertes por millón de habitantes. Era el coeficiente con el que Alberto Fernández y el Gobierno se burlaron de Suecia hace seis meses. Los escandinavos, con 10 millones de habitantes, pasaban los 3.000 muertos y las 300 víctimas fatales por cada millón. La Argentina no llegaba al centenar y se regodeaba a cuenta. Pero las cosas cambiaron pese a la cuarentena de doscientos diez días. Y ahora el país del “vamos ganando” se dispone a pasar a los suecos al superar los 560 muertos por cada millón de argentinos.

Es el momento adecuado para recordar las palabras del embajador de Suecia. “Esta es una nueva enfermedad y pasará tiempo antes de que sepamos qué modelos funcionan mejor”, reflexionó Anders Carlsson en un comunicado diplomático que pasará a la historia por su tono respetuoso. 

Como lo explicó en Clarín una esclarecedora crónica de Gonzalo Sánchez, Suecia no hizo aislamiento ni detuvo la economía ni suspendió las clases. Y el responsable de su estrategia sanitaria, Anders Tegnell, que no es ministro ni secretario de Estado, es una especie de héroe nacional en su tierra.

Aquello del país exitoso contra la pandemia ingresó al terreno decepcionante de la fantasía. “Argentina, de ejemplo regional a estar acorralada por el covid”, tituló el diario El País de España en un artículo que pone el foco en que “el consenso inicial con el que contó el presidente Alberto Fernández ha saltado por los aires”. 

Y los números del virus no hacen más que darle la razón a esta parábola. Esta semana, los muertos pasaron de 25.000 y todas las proyecciones hacen suponer que en noviembre ya estaremos en el top ten mundial. Muy cerca o superando posiblemente las cifras tremendas de muertos españoles, franceses o italianos.

La estrategia argentina del aislamiento total tuvo dos consecuencias principales. La más negativa: paralizó la actividad económica a tal punto que el Fondo Monetario Internacional acaba de ampliar sus proyecciones y estimar que el derrumbe en la Argentina será casi del 12 % este año. 

Recién ahora y después de muchas gestiones infructuosas, los ministros Mario Meoni y Matías Lammens consiguieron abrir un pulmón oxigenado con el regreso paulatino de los vuelos, viajes en trenes y micros y los preparativos para una temporada turística que será traumática. Algo es algo.

El otro efecto, en este caso positivo, fue darle tiempo al sistema de salud y retrasar el temido colapso de las unidades de terapia intensiva en los hospitales. 

En medio de las críticas opositoras, es el ministro de Salud porteño, Fernán Quirós, el que reconoce un aspecto valorable del aislamiento temprano. “La cuarentena precoz nos evitó una catástrofe sanitaria; no hubiéramos tenido oportunidad de atender de manera digna a todo el mundo”, declaró públicamente el funcionario de Rodríguez Larreta. Su resistencia a zambullirse en la grieta no lo ha perjudicado en las encuestas. Todo lo contrario.

El problema de la Argentina sigue siendo el mismo. En vez del método de prueba y error aplica siempre el del error insistente. Y queda todavía más en evidencia por ese afán celebratorio por anticipado. Un desafío global como el de la pandemia hubiera merecido mayor prudencia. La que suelen tener los países que siempre aprenden algo de sus tragedias.juego el sistema republicano, las instituciones y la paz social. 

Está claro que estamos ante un caso testigo, una oportunidad clave para reafirmar ante la sociedad la integridad e independencia que debe prevalecer a la hora de impartir justicia. Ceder ante indebidas presiones solo nos conducirá hacia un sistema que peligrosamente desprecie la ley de los hombres y las sociedades civilizadas, sustituyéndolas por las de la selva y los salvajes, en un retroceso de siglos. Bien cabe recordar que la fuerza es el derecho de las bestias.

 

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