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Los niños por nacer

En 1998, el gobierno de la Nación dictó un decreto declarando el 25 de marzo como Día del Niño por Nacer, en coincidencia con lo dispuesto en algunos países del mundo en ocasión de celebrar la cristiandad en esa fecha la solemnidad de la anunciación. Dispuso, asimismo, la difusión de esa jornada mediante actos y celebraciones, al tiempo que alentó a los presidentes de toda América Latina a sumarse a la iniciativa.
Muy acertadamente, la norma considera “que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana”.
En estos tiempos de disensos y discrepancias, vale la pena citar tres párrafos de la excelente exposición de motivos y considerandos contenidos en aquella norma: “Que la vida, el mayor de los dones, tiene un valor inviolable y una dignidad irrepetible. Que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana. Que la calidad de persona, como ente susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones, deviene de una prescripción constitucional, y para nuestra Constitución y la legislación civil y penal, la vida comienza en el momento de producirse la concepción”.
Resulta más que oportuno recordar estos principios y enseñar en las escuelas que la vida es un don humano que debe ser respetado en cualquier instancia. Conmemorar esta fecha tiene por objeto invitar a la reflexión sobre el importante papel que representa la mujer embarazada en el destino de la humanidad, y el valor de la vida humana que porta en su seno, como destaca la norma.
“No tenemos los años que indica nuestro carnet de identidad, sino nueve meses más, que han sido los más significativos en nuestro devenir biológico e incluso psicológico”.
La frase, que encierra en sí mismo un largo debate científico, religioso y cultural, fue proclamada por el catedrático español Orts Lorca, profesor de Madrid y maestro de numerosas generaciones de médicos, y representa en el lenguaje más simple, el fundamento primigenio de la cultura de la vida. Esa cultura, desde el año 1998 gesta el primer reconocimiento representado en el ejemplo más notable del niño por nacer, en la Argentina y precisamente de la mano de un correntino.
En la carta de presentación del decreto presentado en público el 25 de marzo de 1999 en el primer acto de conmemoración del Día del Niño por Nacer, realizado en el Teatro Coliseo de Capital Federal en presencia de un enviado del Papa Juan Pablo II, se manifiesta que “la vida es el mayor de los dones, un valor inviolable y una dignidad irrepetible”. Este pensamiento es traído a la actualidad, no solo por la Iglesia Católica, sino por grupos sociales que afirman que vida y dignidad “son intrínsecas una de la otra.”
“El fundamento es que somos hechos a imagen y semejanza de Dios” y es más digno en el sentido de que “el Hombre por instinto natural busca en el orden material y espiritual, la satisfacción de sus necesidades y fines fundamentales, por que el Hombre es un ser de necesidades y fines fundamentales”, señala la iniciativa hecha ley del país.
Se trata de un planteo extraído de la filosofía aristotélica desde la reminiscencia aportada por Santo Tomás de Aquino, que indica además que “se debe entender el fin como el bien común, el de la plena satisfacción”, brújula de toda sociedad política en los estamentos ideales y no de la politiquería.
Es cierto, actualmente no existe en el conciente colectivo una idea internalizada que dicte que la vida comienza en el mismo momento en que la criatura fue procreada.
Es necesario crear en la sociedad una conciencia de defensa de la vida y de aquel ser más indefenso e inocente que es el niño por nacer.
La mujer es la portadora de la vida por llegar al mundo, pero vida desde el primer momento en que se fecunda el óvulo, por tratarse del niño por nacer la  representación del paradigma de la vida.
Así, se hace impostergable la necesidad de que la política vuelva a Dios, una inspiración esencial de todos los derechos del hombre.
Aunque no hay que confundir este concepto fundamental ni el de los derechos humanos, con aquellos que propician la despenalización del aborto y la eutanasia en nombre de la libertad y la democracia. Nuestra sociedad debería hoy tenerlo presente.

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Los niños por nacer

En 1998, el gobierno de la Nación dictó un decreto declarando el 25 de marzo como Día del Niño por Nacer, en coincidencia con lo dispuesto en algunos países del mundo en ocasión de celebrar la cristiandad en esa fecha la solemnidad de la anunciación. Dispuso, asimismo, la difusión de esa jornada mediante actos y celebraciones, al tiempo que alentó a los presidentes de toda América Latina a sumarse a la iniciativa.
Muy acertadamente, la norma considera “que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana”.
En estos tiempos de disensos y discrepancias, vale la pena citar tres párrafos de la excelente exposición de motivos y considerandos contenidos en aquella norma: “Que la vida, el mayor de los dones, tiene un valor inviolable y una dignidad irrepetible. Que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana. Que la calidad de persona, como ente susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones, deviene de una prescripción constitucional, y para nuestra Constitución y la legislación civil y penal, la vida comienza en el momento de producirse la concepción”.
Resulta más que oportuno recordar estos principios y enseñar en las escuelas que la vida es un don humano que debe ser respetado en cualquier instancia. Conmemorar esta fecha tiene por objeto invitar a la reflexión sobre el importante papel que representa la mujer embarazada en el destino de la humanidad, y el valor de la vida humana que porta en su seno, como destaca la norma.
“No tenemos los años que indica nuestro carnet de identidad, sino nueve meses más, que han sido los más significativos en nuestro devenir biológico e incluso psicológico”.
La frase, que encierra en sí mismo un largo debate científico, religioso y cultural, fue proclamada por el catedrático español Orts Lorca, profesor de Madrid y maestro de numerosas generaciones de médicos, y representa en el lenguaje más simple, el fundamento primigenio de la cultura de la vida. Esa cultura, desde el año 1998 gesta el primer reconocimiento representado en el ejemplo más notable del niño por nacer, en la Argentina y precisamente de la mano de un correntino.
En la carta de presentación del decreto presentado en público el 25 de marzo de 1999 en el primer acto de conmemoración del Día del Niño por Nacer, realizado en el Teatro Coliseo de Capital Federal en presencia de un enviado del Papa Juan Pablo II, se manifiesta que “la vida es el mayor de los dones, un valor inviolable y una dignidad irrepetible”. Este pensamiento es traído a la actualidad, no solo por la Iglesia Católica, sino por grupos sociales que afirman que vida y dignidad “son intrínsecas una de la otra.”
“El fundamento es que somos hechos a imagen y semejanza de Dios” y es más digno en el sentido de que “el Hombre por instinto natural busca en el orden material y espiritual, la satisfacción de sus necesidades y fines fundamentales, por que el Hombre es un ser de necesidades y fines fundamentales”, señala la iniciativa hecha ley del país.
Se trata de un planteo extraído de la filosofía aristotélica desde la reminiscencia aportada por Santo Tomás de Aquino, que indica además que “se debe entender el fin como el bien común, el de la plena satisfacción”, brújula de toda sociedad política en los estamentos ideales y no de la politiquería.
Es cierto, actualmente no existe en el conciente colectivo una idea internalizada que dicte que la vida comienza en el mismo momento en que la criatura fue procreada.
Es necesario crear en la sociedad una conciencia de defensa de la vida y de aquel ser más indefenso e inocente que es el niño por nacer.
La mujer es la portadora de la vida por llegar al mundo, pero vida desde el primer momento en que se fecunda el óvulo, por tratarse del niño por nacer la  representación del paradigma de la vida.
Así, se hace impostergable la necesidad de que la política vuelva a Dios, una inspiración esencial de todos los derechos del hombre.
Aunque no hay que confundir este concepto fundamental ni el de los derechos humanos, con aquellos que propician la despenalización del aborto y la eutanasia en nombre de la libertad y la democracia. Nuestra sociedad debería hoy tenerlo presente.