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No somos iguales, nuestra libertad nos diferencia

La libertad de cada uno está asentada y sostenida por la responsabilidad y la voluntad que uno ponga en ejercerla. 

Por Leticia Oraisón de Turpín

Orientadora Familiar

leticiaoraison@hotmail.com 

No somos iguales, la libertad que tenemos nos diferencia. Mejor todavía, podemos decir que el uso o abuso que hagamos de la libertad que recibimos como regalo de Dios nos diferencia, nos distingue, nos identifica.  

Con iguales posibilidades, recursos, inteligencia y desafíos, cada uno reacciona a su manera y cada quien establece las desigualdades, porque estas surgen de nuestras acciones, acciones que responden al pensamiento y a la voluntad ejercida en cada momento. Pero esa libertad que es propia de cada hombre, esa libertad que es regalo de nacimiento dada por Dios, no le pertenece a nadie más que a uno mismo. Nadie tiene el derecho de apropiarse de la libertad individual de cada persona. La libertad, al igual que la vida, es sagrada.  

Y así como se defiende la vida como un bien esencial, se debe resguardar la libertad, porque es propia de la naturaleza humana.  

La libertad de cada uno está asentada y sostenida por la responsabilidad y la voluntad que uno ponga en ejercerla.  

Y como propiedad privada que es, no puede enajenarse porque se rompe la igualdad de posibilidades que hace que cada uno la ejerza según sus convicciones.  

No puede el Estado, ni gobierno alguno determinar qué clase de educación quieren y eligen los padres para sus hijos. La educación es primeramente un legado familiar y viene desde la cuna y a partir de ese momento empieza la transmisión de principios, virtudes y conductas concebidas como mejores y más enriquecedoras de cualidades morales, sociales y comunitarias.  

Hay que fortalecer el pluralismo de opciones educativas, tendiendo siempre a la excelencia, y son los padres los que tienen que tomar las determinaciones al respecto de dónde y cómo quieren que sus hijos reciban esta educación.  

Los padres tienen el derecho a defender la escuela que quieren para sus hijos, la que, respetando el diseño curricular definido por el Estado, buscará que también su aplicación se encuadre dentro de sus creencias y convicciones.  

No se puede permitir que los cuadernillos escolares sobre Educación Sexual que se reparten en los establecimientos educativos sean la única opción de transmisión de conocimiento sobre el tema. Tema que siempre fue de prioridad familiar. No obstante, si debe impartirse en las escuelas, que se enseñe con los valores humanos que los padres determinen y en las escuelas que respondan a sus convicciones.  

Porque no es lo mismo educar la sexualidad en el amor, en ese amor sublime que como expresión de donación personal se entrega con elección y preferencia, a transmitir información sobre genitalidad y acoplamiento a nivel animal, instintivamente, sin razonamiento ni elección de prioridades que nos diferencien notablemente de las otras especies inferiores en la escala zoológica.  

Los seres humanos tenemos, como consecuencia de la libertad, la posibilidad de elegir con inteligencia y voluntad lo que queremos, siendo irrefutablemente responsables de todas nuestras inclinaciones instintivas y concupiscentes, porque podemos ejercerlas a conciencia, a diferencia de los animales que no saben refrenarlas. 

La escuela, según su ideario, tiene que tener la posibilidad de cumplir con las exigencias curriculares impuestas por el Estado, pero con la metodología y enfoque moral que los padres elijan. No somos iguales en las ideas y hay que respetar esas diferencias de concepciones.  

Si las escuelas ya no pueden diferenciarse según sus convicciones religiosas, se están cercenando libertades y garantías que están expresadas en nuestra Constitución, libertad de credos, libertad de expresión, libertad de albedrío y tantas otras formas de vivir y manifestarse con autonomía.  

“Es por eso que no estamos de acuerdo con aquellos métodos que tienen como objetivo la instalación de un pensamiento único”. 

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