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Desde el fondo del alma

Es bueno tener un día dedicado a los niños y llenar de caricias y promesas alentadoras a nuestro pobre corazón. 

Por Leticia Oraisón de Turpín

Orientadora Familiar

leticiaoraison@hotmail.com 

Cuando con nostalgia volvemos a nuestros mejores recuerdos saltará con agilidad y premura nuestra época de niños, esa infancia querida, que todos sabemos añorar como la mejor etapa de la vida.

La niñez que repleta de anécdotas se presenta ante nuestros ojos, nos susurrará o gritará según su estilo, lo felices que hemos sido por el sólo hecho de vivir.

Los niños siempre son inocentes y puros y encierran dentro mucha ternura y candidez, son crédulos y sinceros, están llenos de encanto y magia, que sólo los mayores nos encargamos de minar, contaminar y despojar.

El transcurso del tiempo (a veces muy cortito) y la convivencia con los más grandes, van llenando de dudas y sombras la brillantez natural y primaria de esas inefables criaturas de Dios.

Los juegos, las risas, las fantasías y la imaginación desbordante, unidas a las destrezas y piruetas con que son capaces de sorprendernos, son partes de su constitución propia y natural, y sólo necesitan libertad de acción para incorporarlas y hacerlas realidad.

Por eso decimos siempre que la niñez es la etapa de la vida más noble y mejor recordada que nos tocara vivir, y por ese motivo estimo que debe ser obligadamente la más respetada por todos nosotros.

El sólo hecho de pensar en el valor de nuestros recuerdos infantiles deberían llevarnos a desear regalar, transmitir y delegar entre pares, los mejores deseos de bienaventuranzas para todos los niños del mundo, que merecen vivir con la misma plenitud que nos tocó, (sin discriminaciones tendenciosas y traicioneras) y saber dar aliento y apoyo permanente a la vida, a toda vida que empiece a manifestarse.

Todos los niños valen igual, no importa qué pertrechos tengan, no importa de qué dispongan, todos son iguales y así deben ser recibidos desde su  primera anunciación. Los más necesitados merecen ser más ayudados a realizarse, según su destino.

Pero en la vida real nada se consigue con magia, todo es deseo, voluntad y trabajo, hay que ocuparse, dando tiempo, dinero, enseñanzas, aliento, empuje o ánimo. En una palabra, estar preparados para ayudar con lo que se tenga o con lo que se pueda, dispuestos  siempre para el prójimo que lo necesita, sabiendo vencer la comodidad que nos paraliza y muchas veces embelesa.

Es bueno tener un día dedicado a los niños para recomponer el alma, y llenar de caricias y promesas alentadoras a nuestro pobre corazón, ya que cada niño es la mejor oferta que pueda esperarse y recibirse en la vida que Dios nos regaló.

Ya lo dijo el Maestro “Dejad que los niños vengan a Mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos”. (Mt.19;14)

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