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Qué bello es vivir

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral.

Es una frase que establece sin retaceos el libre albedrío del ser humano en las tierras del señor. Sin embargo, esa valoración comúnmente la pasamos de largo por tenerla sobrentendida, por estar presente, ya que somos quienes la conformamos. Pero igualmente en su dimensión nos falta y nunca está demás el piropo que confirma y reafirma su grandeza armónica.

El título que ostenta el artículo, que no es nuevo porque muchos de vez en cuando lo han expresado, identifica una película del año 1946, en blanco y negro, producida por Liberty en Hollywood, por el director Frank Capra y socios. La película con las ideas de Capra, desarrolla el libro de Philip Van Doren Stern que, luego con guionistas duchos -inclusive él-, adaptan un gran suceso cinematográfico que encontró el reconocimiento varios años después. El elenco de lujo, encabezado por James Stewart, Donna Reed, Lionel Barrymore, entre muchos y destacados componentes del reparto. Se trata de la historia de George Bailey, interpretada por James Stewart, instalado en el pueblo de Bedford Falls. Bailey, un hombre simple pero íntegro, de muchos actos de arrojo en su vida simple, salvando siempre vidas, solucionando problemas, siendo un buen samaritano para los demás, lo cual lo califica como excelente ser humano. Sin embargo, él no se tenía muy en cuenta, hombre de grandes cualidades con sus depresiones propias por ser como realmente se imaginaba, con problemas y no brillante, ni siquiera valorando las cosas buenas que hacía espontáneamente a sus semejantes. Sirvió en la guerra como piloto, siendo condecorado por salvar a soldados en un vehículo anfibio. De vuelta a su pueblo, un equívoco hace que lo involucren en un fraude de 8.000 dólares no cometido, por lo que, decidido a acabar con todas su supuesta mala racha decide suicidarse, pero al querer hacerlo una persona mayor se tira al río para hacerlo por él. Abandona sus propósitos suicidas, se arroja y lo salva. Ese hombre era su ángel guardián enviado desde el cielo por San José, en misión de salvarlo y erigirlo realmente como era, en una gran persona, por cuanto él no se veía así. El pueblo, conmovido por sus acciones y el revés del fraude pergeñado por otros, realiza una colecta que excede generosamente el monto de 8.000 dólares, como compensación moral y material a tantas acciones memorables que en su vida lo venía haciendo en su pueblo. Y es justamente en la Nochebuena cuando sucede  esa reivindicación, deponiendo su actitud suicida y comprendiendo qué bello es vivir, más aún teniendo una gran familia que lo amaba. La película logra el espaldarazo años después de su estreno no tan exitoso, justamente en las fiestas, cuando algunas cadenas televisivas emitieron como material incuestionable a tan digna fecha. A partir de allí el milagro del reconocimiento. Ella fue nominada a 5 premios Óscar, y la American Film Institute la define como integrante del tándem de las 100 mejores películas de la historia del cine.

Casi casi “Qué bello es vivir” es como lo que nos acontece con la pandemia, que nos enseñó a valorar la vida, la nuestra y la de todos mucho más que antes, que aprendimos a extrañar el acto más emotivo del afecto humano: el abrazo cálido y afectivo. Si hacemos una lista de cosas que la vida nos otorga, no alcanzan las hojas para anotarlas. En mi caso particular, amén de la familia, valoro ese don que la vida me ha conferido, el de permitirme hacer radio. De comunicarme desde un micrófono y a través de tantos año en el aire, hacerme cotidiano, alguien más de la familia de todos. Para mí no hay momento más especial de esta vida que elaborar la producción semana a semana, para estar con todos los impedimentos que la distancia con la pandemia nos ha conferido, domingo a domingo para estar con ese alguien llamado oyente.

Como soy un “enfermo” de radio, porque si digo “animal de radio” lo copio a Lalo Mir, la radio es mi vida; más vale un fanático enamorado del medio en que le da movimiento a sus sueños. Lo conocí personalmente a Lalo Mir como conductor del programa en que Radio Mitre de Buenos Aires a través de la Fundación Néstor Ibarra, hizo en su estudio mayor para conferirme el premio por un reportaje hecho. Aclaro que Lalo Mir nació en San Pedro, provincia de Buenos, al igual que Fernando Bravo, como César Mascetti. Bueno, justamente él, Lalo Mir, es el autor del prólogo que le hiciera al libro de Carlos Ulanovsky, un periodista estudioso de los medios, titulado: “Siempre los escucho. Retratos de la radio argentina en el siglo XXI”. Él lo dice y escribe: “La radio no se ve / la mamama era la única que miraba / el aparato miraba / era una radio medio capilla de madera / estaba sobre la mesita en la galería / alimentada por una batería de auto / de una camionetita Ruby del 29 / yo tendría unos seis o siete años / la viejita tana no podía entender cómo salían esas voces / dónde estaba esa gente que hablaba / las orquestas, todo / y cuando todo el mundo salía del rancho hacia el campo / bien de madrugada / sintiéndose más sola / ignorando mi presencia tal vez porque yo era un niño / metía la cabeza atrás del aparato y miraba / un rato largo / después seguía con las tareas / y la radio quedaba encendida en tangos / voces chacareras noticias / y nadie la miraba”.

Lo primero y esto están plenamente comunicados. Es una muestra en distintos planos de lo bello que es vivir. Haciendo cada uno lo propio. El primero con su actitud samaritana, haciendo importante al otro y preservando lo más valioso: la vida. Esto último también tiene que ver con la vida, de lo bello que es comunicarse y muchas veces no prestar atención a ello, ser solidarios por acercar palabras, ideas que confluyen en soluciones. La conexión de personas de una radio que en la soledad de un estudio, propone una charla que se hace amiga, confidente, con muchas certezas que guardan la atención y tratan de ser sinceras. Para mí forma parte de mi vida, hago amigos, me permite días previos investigar, confraternizar con el conocimiento, con la música y sus cultores, pero más que nada dando crédito de que la amistad es sincera aunque nunca nos hubiésemos cruzados. Haciendo valer la virtud mayor de la radio, porque escucharla permite imaginarla, es decir, encender esa magia que contagia, anima, envalentona. Que despierta la poderosa imaginación donde se contienen todos los sentimientos, en que los recuerdos nos juegan casi siempre la emoción de una imagen, de un instante que ha sido muy importante para nosotros.

Qué bello es vivir. Saber un poco más del otro. Interesarnos por discernir que imaginar es rever cosas que las tenemos arrumbadas en un rincón del alma y que una melodía, una poesía, unas líneas, el tono de una voz conocida se viene de atrás del tiempo para recordarnos que, aunque a veces triste, forma parte de esa belleza. Valorarlas. Compartirlas. En alguna parte ese prólogo, Lalo Mir habla de esa magia de imaginar: “Tardé mucho tiempo / muchos años / en comprender que no importaba lo que veía / ni lo que tenía ni lo que tocaba en el lugar donde estaba / cualquier micrófono cualquier parlante cualquier frecuencia / solo una palabra / mágica / ¡y zas! / se te aparecen de nuevo todos los paisajes / aunque tengas los ojos cerrados”. Es que la vida, como la radio, vive palabra por palabra esa belleza con que la vida se interconecta.

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