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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Consolidar un ciclo o un semipresidencialismo

Cuenta la historia que en 1848 el Partido Whig de los Estados Unidos no encontraba candidato para competir en las elecciones presidenciales. Sin figuras, el partido se inclinó por Zachary Taylor, un militar sin experiencia política que volvía triunfal de la guerra mexicano-estadounidense. Nadie tenía expectativa en un triunfo de Taylor, sin embargo, a medida que la campaña avanzaba, el candidato fue recibiendo cada vez más apoyo de la gente.

En esa época, los candidatos recorrían los pueblos subidos a unos carros de banda (Bandwagon en inglés), algo así como el Menemóvil de la época. Como al hombre le iba cada vez mejor con la gente, los propios dirigentes del partido, que antes no creían en sus posibilidades, querían subirse al carro de Taylor para poder aprovecharse de su popularidad. Finalmente, Taylor se impuso en aquella elección presidencial, legándonos aquella conocida expresión popular “subirse al carro del vencedor” (o efecto Bandwagon).  Toda victoria electoral (sobre todo aquellas que eran puestas en duda en la previa), termina transformándose en una especie de filtro que se deposita sobre la figura de los triunfadores haciéndolos parecer más altos, mas lindos y más inteligentes de lo que son. Por el contrario, toda derrota produce el efecto opuesto, un efecto carro del perdedor. Como diría el exgobernador de Santa Fe, José María Vernet, “perder no es grave, el problema es la cara de boludo que te queda”.

En las actuales condiciones, un triunfo del Frente de Todos representará una consolidación de este ciclo, sobre todo después de haber sufrido una primera mitad de mandato en donde, en buena medida por la pandemia, la coalición gobernante no ha podido dar respuesta a aquel mandato de 2019 de poner en marcha la economía. Después de tanta malaria, poder ganar la elección de medio término, aunque más no sea por un voto, representará la revalidación de esa idea que sostiene la naturaleza sinfónica del Frente de Todos: la unidad del peronismo es la garantía del triunfo electoral. Siendo Alberto Fernández el depositario final de ese contrato de unidad, un triunfo rescatará su liderazgo en medio del deterioro de su popularidad. 

Los problemas para el Frente de Todos sobrevendrían con una derrota. Sobre todo si consideramos la naturaleza eminentemente electoral de la coalición gobernante: el affectio societatis del Frente de Todos fue la necesidad de ganar la elección presidencial, no la afinidad entre sus miembros. Si esa unidad fracasa en el primer turno electoral, entonces cambiará todo el sistema de incentivos de la coalición.

Al mismo tiempo Alberto Fernández, como garante de esa unidad, podría sufrir mucho una derrota electoral. Ese es el principal riesgo político que presenta un escenario de derrota para el Frente de Todos: si se pierde la elección, se volverá inexorable la necesidad de apuntalar el liderazgo de Alberto.

¿Y cómo se podría apuntalar ese liderazgo? Quizás la circunstancia se vuelva propicia para desempolvar el espíritu semipresidencial introducido en la reforma constitucional de 1994. En aquella oportunidad, para atenuar el presidencialismo, los radicales trajeron una vieja idea de Carlos Nino de crear la figura de un Jefe de Gabinete fuerte, con chances de ser removido por el Congreso. Se buscó asimilarlo a la figura del jefe de gobierno de un sistema parlamentario, para que existiera una válvula adicional para estabilizar las típicas crisis de los presidencialismos.

Si bien el Jefe de Gabinete nunca funcionó de ese modo, quizá esta sea una buena ocasión, para reforzar la gobernabilidad de un Presidente que pudiera quedar en una situación delicada: sin votos (sin popularidad), sin territorio y sin el apoyo pleno de todos los miembros de la coalición. 

Hasta acá, el Frente de Todos tuvo un gabinete esencialmente de Alberto. Si hay derrota electoral, y ese es un escenario que no hay que descartar, los estudios muestran un menor caudal electoral que 2019 y una ventaja exigua en PBA (menor a 5%), quizá sea necesario un gabinete de Todos, para reforzar esa unidad heterogénea, quizá se vuelva necesario que gobiernen Todos.

El elemento que liga a todos los miembros de esta alianza es el electoral, y sobre ese consenso básico (unidad para ganar elecciones) subsisten intereses políticos muy divergentes. Si desaparece el elemento que los liga, emergen las divisiones. Esta elección se vuelve muy relevante para el Frente de Todos. Al punto de poner a la Coalición gobernante entre dos escenarios bien contrastantes, entre la consolidación del ciclo o la necesidad de un semipresidencialismo frentetodista.

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