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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La limosna ideológica

Hace pocos días, apenas ocurrida la derrota del oficialismo en las Paso, Leandro Santoro, cabeza de la lista del Frente de Todos para diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires, dijo sin medias tintas: “La pelota ahora está en la cancha del Gobierno. La Argentina necesita que haya dinero en la calle, dólares en el Banco Central y reactivar las condiciones de consumo”.

Resumió en pocas palabras cuál es la principal estrategia de la coalición a la que pertenece con vistas a los comicios generales de noviembre: profundizar el populismo en la esperanza de poder revertir el resultado de las urnas y en claro y directo desmedro de la búsqueda de soluciones de fondo para los acuciantes problemas que afronta el país.

En efecto, el Gobierno avanza ya en varias de esas medidas. Se prepara para anunciar, entre otras, una suba de los montos de planes sociales y subsidios, un bono para jubilados y pensionados; la actualización del salario mínimo, vital y móvil, subir el piso del impuesto a las ganancias, y que las mujeres de entre 55 y 59 años y los hombres de entre 60 y 64 que se encuentren desocupados y tengan 30 años de aportes puedan acceder a la jubilación en un porcentaje por determinarse y que alcanzará el ciento por ciento cuando se cumpla la edad fijada por ley. 

Como se ve, todo está orientado a medidas cortoplacistas para incentivar el consumo, financiadas por más gasto, lo que implica más emisión monetaria y, en definitiva, más dispendio que todos los argentinos nos veremos obligados a saldar pasados los comicios, en un contexto de inflación alta y suba desmedida de la deuda en pesos.

El populismo es eso: no importan los efectos secundarios, sino alcanzar el resultado de corto plazo mediante instrumentos que se presentan como un remedio salvador, pero que en realidad no son más que venenosas y destructivas pócimas.

Nada mejor para explicar el populismo en términos llanos y directos que la cruda descripción que acuñó la politóloga y escritora guatemalteca Gloria Álvarez. Dijo: “Populismo es limosna ideológica. El populista te corta las piernas, luego te da unas muletas y te obliga a agradecerle por esas muletas que te dio tras haberte dejado sin piernas. Ahora, ¿se puede culpar a la población por el populismo? Culparla no, responsabilizarla sí, porque Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales, los Kirchner, Lula da Silva, Rafael Correa, Daniel Ortega y Nayib Bukele llegaron democráticamente al poder. La gente los votó y ahí sí existe una responsabilidad por parte de las poblaciones que siguen creyendo que ‘papá gobierno’ está para ser Santa Claus y no para ser un árbitro que vigile que haya igualdad ante la ley. La situación más desgraciada que tenemos en América Latina y que crucifica a los pobres a seguir en la pobreza es esa desigualdad ante la ley, la falta del Estado de Derecho”.

El pronunciamiento de las últimas Paso, mayoritariamente cuestionador de ese populismo, representa tan enorme llamado de atención para las autoridades que ven peligrar su autocrático proyecto de impunidad que optan por redoblar la apuesta.

La población viene de padecer un encierro eterno por una pandemia pésimamente gestionada, con casi 115.000 personas fallecidas; pérdida de empleos; cierre de comercios, dramáticos retrocesos educativos con altísima deserción escolar, constantes transgresiones de las máximas autoridades a la ley y a la palabra empeñada, un aluvión de peligrosos presos liberados; con cada vez más víctimas de la inseguridad personal y con una crisis alimentaria con casi medio país sumido en la pobreza. Viene de soportar que, mientras se le pedían sacrificios, en lo más alto del poder se hacían fiestas en la propia quinta de Olivos.

Esos aspectos son los que deberían ser tomados en cuenta por el Gobierno a la hora de pensar en verdaderas salidas. El cortoplacismo electoral es una nueva afrenta para una ciudadanía que reclama cambios profundos y no más parches, cuando la esperanza cotiza en baja y nuestros hijos creen que el futuro de sus vidas ya no está en su tierra. No es verdad, como pretenden instalar en varias usinas oficiales, que haya argentinos que odien el país.

 Lo que no quieren ni los que planean emigrar ni los que nos resistimos a la resignación es seguir viviendo en una Argentina fallida, con una dirigencia política que se siente dueña del poder para ejercerlo en su propio beneficio mientras reparte limosna a cambio de votos.

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