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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La vecina de enfrente

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Por la calle 25 de Mayo, entre Tucumán y San Luis, existe hasta hoy una casa con un balcón a la calle sobre el lado norte. Es llamativo por lo pequeño del mismo y agradable a la vista por su evocación romántica de serenatas a la luz de la luna. Su estructura es antigua, con reja balcón de añeja factura, ventanas de madera hechas a mano por los carpinteros de otros tiempos. Ese balcón siempre me llamó la atención, es como si hubiera sido agregado con posterioridad a la construcción del caserón pretérito en la zona histórica de la ciudad. 

Los dueños de la propiedad desfilan en el tiempo como pasajeros que cambiaron de estaciones varias veces. Sus nombres variaron al igual que las estaciones de la vida. 

El balcón conforma la vista a la calle de una pequeña habitación, probablemente destinada a dormitorio o posiblemente a depósito; vaya uno a saber. Hoy, que lo observo detenidamente, advierto que su uso actual, puedo afirmar, es una habitación porque luce un aire acondicionado acorralado entre la reja y la pared. 

En otros tiempos, como al inicio del siglo XX, en la casa de enfrente a la del balcón que refiero, vivía un joven militar porteño recién radicado en la ciudad. Elegante y de buena estampa, formación impecable y buenas maneras. Denotaba en su trajinar diario solvencia económica por el modo de vestir civil, ropa hecha a medida y zapatos de calidad. 

El militar se vinculaba razonablemente con la vecindad con saludos correctos y ceremoniosos. Acudía pocas veces a las invitaciones que le cursaban sus vecinos y conocidos, manteniendo cerrado el estricto círculo castrense de la época, que aconsejaba no familiarizarse con los civiles para no comprometer a la institución. 

Los domingos concurría a misa a la iglesia de la Merced, ubicada a una escasa cuadra de la casa en la que alquilaba una habitación con baño privado. Los propietarios hablaban loas de la conducta del joven, atento y servicial, con quien compartían almuerzo y cena, en las ocasiones que no estaba de servicio. Generalmente desayuno y merienda lo hacía en su habitación donde, acompañado del café y alguna galletita o pan, leía los diarios o libros que se proveía de las librerías locales. Sin contar los que en uno de sus baúles trajo desde la Ciudad de Buenos Aires. 

Por las tardes en que no estaba de servicio se dirigía a la plaza 25 de Mayo, donde gozaba del aire libre y el fresco que el espacio público le prodigaba. Mientras leía aspiraba el aroma de las flores que adornaban el paseo. 

Volvía al atardecer cuando el sol comenzaba lentamente a esconderse en el oeste, mientras las sombras iban ocupando el lugar que la luz dejaba. Poco a poco la iluminación artificial generaba un ambiente diferente al reino de Febo. 

En muchas oportunidades observó en el balcón a una hermosa muchacha abstraída y meditabunda, que miraba con curiosidad el movimiento de personas y carruajes, en esa mezcla de animales y motores que circulaban por el lugar. Calle de tierra donde venían o se dirigían hacia el Hospital San Juan de Dios, o a los barrios de las lavanderas que practicaban su oficio a orillas del inmenso Paraná. Probablemente a la ranchería que conformaba el antiguo barrio de los descendientes de los esclavos de las congregaciones religiosas. Ese escenario bullicioso captaba la visión de la flor del balcón. 

El joven poco a poco fue avanzando en sus intenciones de acercarse a la encantadora joven, tal Romeo a su Julieta. 

En el comienzo la saludaba con la cabeza a lo que la dama correspondía con una sonrisa. Días posteriores con la mano la saludó acompañado de una gran sonrisa, gesto que la joven devolvió con donaire. Pasado cierto tiempo una noche de luna resplandeciente en el cielo azul correntino, el porteño se animó a dirigirle la palabra desde la vereda de enfrente. Teniendo como cómplices el silencio de las sombras más la falta de tránsito, que permitieron que el viento llevara las gentiles palabras románticas hasta los oídos de la bella dama, con cierto acento español, la donosa muchacha le contestó respetuosamente. Siguieron las charlas durante muchas otras noches. A veces el frío obligaba al militar a usar su capote, ella se cubría con mantón de manila que resaltaba el color perla de su tez y el azul marino de sus ojos. La invitaba insistentemente a pasear, prometiendo pedir el permiso oportuno a quien correspondiera. Ella inexorablemente contestaba con una excusa, él insistía. Le arrojaba flores que la moza asía en el aire aceptando el requiebro, más se aventuraba el soldado. Su espíritu le decía que estaba enamorado y le proponía matrimonio, el oro y el mundo entero como dote. Una sutil sonrisa cargada de misterio era la respuesta, aducía al instante mil motivos; desde un pequeño resfrío a la enfermedad de su padre, variando con el tiempo. 

No pudo el joven ocultar más sus pasiones, comentando en la mesa un domingo su felicidad y desdicha a la vez. 

Los dueños de la casa y los hijos lo miraban con curiosidad mezclado con asombro, interrogándose con miradas suspicaces. El joven abrió su corazón de par en par expresando que se aventuraría a la casa de enfrente, donde se hallaba el balcón. Hablaría con los padres o responsables de la muchacha que lo tenía embargado hasta el último cariño de su ser. 

Al decir esto recordaba el detalle de los aros de perla que adornaban las orejas de su amada. Con ceremonia y lenta determinación el dueño de casa rompió el silencio. Solicitó al enamorado que lo escuchara un momento, después que hiciera lo que mejor le pareciera. 

-Vea usted -dijo el dueño de casa- el edificio de enfrente al cual pertenece el mágico balcón que usted menciona está abandonado hace muchos años, más de treinta. Por lo que colijo que usted tiene mucha imaginación o ha sido objeto de algún engaño. 

El impacto fue tremendo. El muchacho, conociendo la seriedad de quien profiriera las palabras, buscó con la mirada la de la esposa, la que con tristeza afirmó lo que se escuchara. El militar se levantó apresuradamente y corrió a la puerta, cruzó la calle y comenzó a golpear la aldaba de la puerta vieja. No teniendo respuesta golpeaba las ventanas, el silencio le respondía. Volvió a la vieja puerta que ante la patada que pegó el muchacho la cerradura herrumbrada cedió. La puerta se abrió dejando al asolado visitante ante el espectro de una casa abandonada, poblada de telarañas y ausente de muebles. Subió la escalera que se dirigía a la habitación del balcón y solo encontró flores secas: eran las que él las había arrojado al amor de su vida. Quedó petrificado, no entendía nada, no hallaba explicación para su desvarío. 

Volvió a salir a la calle, lo esperaban los señores de la casa en que residía, quienes lo acompañaron hasta su habitación exigiéndole que tomara un té para calmarse. 

Le explicaron que los dueños de la casa pertenecían a una antigua familia correntina, cuyas tumbas fueron mudando de cementerios con el paso de los años. Primero en la Iglesia Matriz, luego al cementerio de la Cruz, más tarde al cementerio de la Limita y el San Juan Bautista. Su panteón ocupaba un lugar en el callejón central. El último heredero se marchó a España hacía años y nunca más volvió. 

El domingo a la mañana bajo una llovizna sutil y el ambiente gris, el militar con la congoja de su situación a cuestas, fue acompañado por la familia que lo alojaba hasta un antiguo panteón. Las placas de bronce con las fotos de los que allí yacían ilustraban al visitante quienes eran. Lo sorprendió la muchacha sonriente de la fotografía con la perla en la oreja. Simplemente decía en escuetas líneas: “Nació en 1870 Paula Prado González y falleció a los 17 años, víctima de la epidemia en 1887…” 

Con los ojos cargados de lágrimas, el joven enamorado de un espíritu que lo cautivó desde el más allá, depositó en el jarrón las flores que llevó consigo. El cardenillo y el abandono de la tumba no hicieron mella en el ánimo del prendado, buscaba explicaciones y no las encontraba racionalmente. La muchacha del balcón era real, recibía las flores como Julieta de su Romeo porque las vio dentro de la habitación abandonada. 

Pasaron los años el joven continuó su vida de soltero, nunca se casó, quedó bloqueado para el amor. En cuanta reunión de amigos concurre jura que la niña de la foto le sonríe, como solía hacerlo desde el balcón, cuando viene a Corrientes a rendirle homenaje depositándole flores en el panteón abandonado. Es lo único que lo vincula al tiempo actual, ya que su estructura por el abandono se va deteriorando cada vez más. Durante muchos años fue escenario de un muchacho ya mayor que hablaba con la fotografía de una muerta. 

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