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MARIO OSCAR ESTECHE VIVODA

Por El Litoral

Viernes, 01 de abril de 2005 a las 21:00
“Nuestro batallón fue asignado a la defensa de los Montes Tambledow, Saper Hill y Wiliam. Una cadena de cerros en forma de herradura que protegía a Puerto Argentino. La posición que me fue encomendada estaba orientada a la defensa del Puesto Comando. A partir de allí las actividades que se desarrollaban eran permanentes, pensando en el futuro ataque ingles. Días y noches, dedicados a la fortificación de los búnker, lo que dio frutos a hora de la batalla. Tenia un buen campo de tiro ya que me ubique en un lugar construyendo dos nidos de ametralladoras, uno hacia Saper Hill y el otro dirigido al Valle de Mody BrooK, siempre tratábamos de ubicarnos del lado enemigo e imaginar como nos vería él, y así se evidenciaban las fallas.

Abril transcurría sin novedad, el frío y la lluvia eran casi permanentes y por momentos las posiciones se inundaban.

El 1 de mayo los ingleses iniciaron el ataque. En la madrugada de ese día. Aviones Harriers dispararon sus cohetes y misiles sobre el aeropuerto. Desde la Isla Ascensión aviones Vulcan recorrieron miles de kilómetros y arrojaron sus bombas de 500 kilos sin lograr el objetivo de dañar la pista. Durante la mañana la artillería anti aérea argentina derribó dos o más aviones enemigos. Y por la noche los buques ingleses hicieron estremecer Puerto Argentino disparando con sus cañones de 155 mm. por más de una hora.

Después el silencio. Todos nos preguntábamos si había algún camarada muerto o herido, y de nuevo a reforzar las posiciones. Ese día despertábamos a la realidad de por qué estábamos ahí. La guerra contra un enemigo histórico había empezado, y éramos nosotros, conscriptos de 19 o 20 años los que tendríamos en suerte escribir una nueva pagina en la historia de la patria: algunos con su sangre derramada en el combate y otros llevando con orgullo y dignidad el recuerdo de nuestros hermanos caídos y nuestra participación en defensa de nuestra soberanía, aunque muchas personas después del regreso al continente nos darían la espalda.

Todo se hizo después cuesta arriba, las primeras bajas de nuestros pilotos, el hundimiento del Crucero Gral. Belgrano y el desembarco ingles en Darwin pese a la valiente resistencia de los combatientes del Regimiento 12 de Mercedes nos alertó a la posibilidad de un inminente ataque terrestre a nuestras posiciones. Recuerdo el 25 de mayo, cuando en una pequeña ceremonia en el cerro cantamos el himno nacional. El comandante Robacio habló y nos envolvió un nuevo espíritu de cuerpo que repercutió elevando la moral de los combatientes.

Poco después nos ordenaron desarmar un galpón en las cercanías de Puerto Argentino para usar sus vigas y chapas en la fortificación de nuestras posiciones. Una vez allí y dentro del lugar nos sacudió una fuerte explosión. Quedé aturdido y paralizado por el humo y el polvo de la detonación de una mina inglesa. No tenia heridas, pero mi oído zumbaba y sangraba a la vez que podía observar al conscripto Escobar, un camarada y amigo que muy cerca y pidiendo auxilio cayó arrodillado delante de mi.

La mina le voló la mano izquierda y su ojo se salía de lugar; también le sangraba el abdomen. Rápidamente fue evacuado al hospital de campaña. De regreso a las posiciones comprendí la dura experiencia que acababa de vivir. Otra noche, estando en mi pozo, comencé a tirarle a una bengala que iluminaba nuestra posición. La artillería inglesa no se hizo esperar, los ingleses nos habían detectado. Luego de algunas descargas, hubo un impacto muy cerca que voló mi arma y me tiro hacia atrás.

Así llegaron los últimos días estando verdaderamente intacto. Con las primeras luces del día 14 de junio pude ver las siluetas de los ingleses, y junto a mi compañero Alicio Aguirre -que era auxiliar de mi ametralladora- empezamos a descargar simultáneamente todas nuestras municiones y nuestra bronca contenida por más de sesenta días. Helicópteros ingleses desembarcaban sus tropas aproximadamente a 600 metros instalando ametralladoras y lanzacohetes.

Inmediatamente después, al mismo tiempo que soportábamos un intenso cañoneo naval y terrestre recibimos con Alicio la orden de replegarnos a las inmediaciones de Puerto Argentino, la que ignoramos por encontrarnos en ese momento en condiciones favorables frente a una avanzada inglesa, protegiendo a la vez el repliegue de fracciones de otras unidades. Nuevamente recibimos la orden de replegarnos, y aun estando el grupo intacto, y con municiones, en Puerto Argentino, el General Menéndez firmaba la capitulación”.

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