Comienzo con el slogan que identificaba a la orquesta de Jazz Santa Anita: “ritmo en el alma”. Mucho de eso hay en la creación musical: “alma” y “pasión”.
El hombre ante la urgente necesidad, hace lo imposible por superarla. Es el límite pero también el principio de algo por comenzar. Cuenta la crónica que como toda guerra, las consecuencias cada vez son mayores. Pero, a veces, la imaginación puede más. Sucedió en la segunda guerra mundial con la toma de Francia por los alemanes, que en París la música de jazz para muchos fue la panacea para soportar y servir a su país invadido. A propósito, existe un compilado discográfico, un CD, titulado “Jazz en París - Jazz de ocupación”, que vuelca esa música que se hizo tonificante, con grandes músicos que hoy queda la duda cuáles eran sus verdaderos nombres, ya que por ser judíos cambiaban el nombre por seguridad. El secretario general del Hot Club de Francia, Charles Delauney, propuso conciertos y conferencias sobre jazz que dada su gran popularidad, le permitía recorrer todo el país para exponer, como así también para llevar informaciones a la Resistencia francesa que peleaba en inferioridad de condiciones con las armas a su alcance. Muchos músicos calificados de jazz fueron desaparecidos al quedar al descubierto sus verdaderos nombres. En la Argentina, felizmente el advenimiento de los judíos en el tango tuvo otro cariz, su ubicación social en el nuevo país de adopción les permitía desarrollar su vital talento. Esther Echenbaum Jonisz y Ernesto Mario Lach nos cuentan dándonos algunos nombres sobre el destino de estos grandes músicos, productores de espectáculos, poetas, compositores venidos a nuestro suelo. Por ejemplo un gran espaldarazo brindaba Max Glücksmann, por ser pionero del cine nacional, de la industria del disco y productor de los concursos de tango. Fue amigo de Carlos Gardel, un gran actor que formaba binomio con Enrique Muiño, Elías Alippi, cuyo nombre verdadero era Isaías; Luis Rubinstein, autor de “Inspiración”, un periodista del espectáculo ligado al mundo del tango, autor, productor, versionista al castellano de grandes éxitos internacionales; Ben Molar, cuyo nombre era Moisés Smorlarchik Brenner. El cantante de Osvaldo Pugliese, León Zuker, que actuaba bajo el seudónimo de Roberto Beltrán, hermano del actor Marcos Zuker. El director, compositor y arreglador y bandoneonista Ismael Spitalnik. El pianista Miguel Nijensohn. Los violinistas Mario Abramovich y Raúl Kaplún.
Se recuerda aún a un pionero, el bandoneonista Antonio Gutman, que en 1914 formó su Cuarteo Típico “El Rusito”. Por primera vez grabó en 1927 la cantante Rosita Montemar, cuyo nombre era Rosa Spruk, el tango de Osvaldo Pugliese y Eduardo Moreno, “Recuerdo”. El gran cantante Marcos Guillermo Piker, más conocido como Guillermo Galvé. Julio Rosenberg fue arreglador nada más ni nada menos que de las orquestas de Julio De Caro y Pedro Laurenz. Haciendo un paralelismo con el “jazz de ocupación” que ejercieron los músicos en la París tomada por los alemanes, con los pioneros que enriquecieron nuestra música de identidad como el tango y toda la música popular, en principio ha sido tal la urgencia de construir una realidad diferente, pero más que nada dar riendas sueltas a la pasión por la música, diríamos, activando “ritmo en el alma”, con la diferencia de que de la guerra de Europa a la Argentina había un gran trecho: paz para vivir y crear fortaleciendo nuestra cultura.
Los autores mencionados, Esther Echenbaum Jonisz y Ernesto Mario Lach, en su artículo de los judíos en el tango y en la cultura argentina recuerdan una frase memorable emparentada con las diferencias que las sociedades injustamente disparan, perteneciente al psicólogo austríaco Viktor E. Frankl: “Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la raza de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Lo demás, es pura historia”.
Adalberto Balduino