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Ariel Ovando o “la carne del idioma”

Nació en Curuzú Cuatiá en 1980. Poeta y docente, ha publicado en diarios y revistas de Corrientes. Ha participado en festivales de poesía. Integra el libro “Los poetas interiores” (una muestra de la nueva poesía argentina) publicado en Madrid en 2005. Ha publicado los poemarios “Doble penumbra” y “Madera de diablo”.

Por El Litoral

Domingo, 01 de marzo de 2020 a las 01:00
Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Hacia el año 2003 la editorial madrileña Amargord me encargó la elaboración de una antología de la nueva poesía argentina. Las primeras pautas, los primeros nombres de poetas que se vinieron a la cabeza, fueron aquellos que pertenecían a la llamada poesía argentina de los noventa, la mayoría de ellos nacidos en Buenos Aires. 

Ante este rasgo común también pronto constaté su tendencia objetivista en el uso de la palabra derivada en general de la poesía norteamericana. De inmediato me vino a la cabeza el inicio de un insigne libro de Sarmiento: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión; el desierto la rodea por todas partes…”. 

Sin duda, en la llamada poesía argentina de los noventa solo contaban los poetas del “no desierto”, por lo que me pregunté ¿qué, quiénes escribían en ese desierto que rodea al país por todas partes? Y me puse a trabajar, obteniendo un muestrario más o menos federal de la poesía argentina a los que llamé “epifánicos” por su tendencia a lo lírico, a la pérdida de referentes externos de la realidad. 

El libro se publicó en 2005, conteniendo treinta y seis poetas argentinos de hasta cuarenta años. Entre esas propuestas aparecía el jovencísimo Ariel Ovando con una voz madura, cargada de simbolismos. Poesía celebratoria, heredera del surrealismo y del barroco americano: “Ante el cántaro de nuestros huesos, invadidos de agua y brote,/ pájaros inclinados sobre carroñas que no son tales:/ palabras que se retuercen, respiran la niebla y sus laberintos/ de pies amarillos, y aún sueñan ser hijas del día de aire y fuego”. 

El poeta de Curuzú es muy consciente de la artillería del lenguaje potenciado por la profusión de imágenes que se yuxtaponen y encabalgan, en algunos casos, para urdir un complejo tapiz de ritmos y texturas significativas.

Muestrario mInimo

El espejo a oscuras

Mi poema es hijo de las arañas

discípulo cariñoso de los 

    [movimientos del cangrejo

que moja la arena sobre 

    [el tajo efímero,

estría pausada entre dos lunas,

compañero de ebrios 

    [manteles a rayas,

casi desnudos, envueltos 

    [por la respiración

húmeda del animalito astral,

alumno piadoso

de las langostas

que en su baile siembran lejanías

de mortales fragmentos arrojados

al sol.

Hijo de las arañas sí,

de la baba de barrocos nudos,

haciendo cantar como ángeles

concéntricos cervatillos 

    [de la imagen,

sol polvoriento de los dioses 

    [de piel

ancha y sucesiva:

mi poema como caballos de estío

convocados por blandas campanas

    [al agua de la revelación.

Y sí, en mi poema

debería haber un pájaro,

y debería cantar,

convocar los movimientos 

    [de la lluvia

y las marrones cicatrices

en la tierra de espejos arrasados

hasta los huesos.

Mi poema debe ser luna,

mi poema debe ser río

y un dios con manos de maíz,

un manar, polvo cantante

de las cigarras que asoman

su entraña vibrante con palmeras     [del estío.

En mi poema.

no debo ser sino un reptil

con tiempo en lugar de ojos.

Música insular 

Acaríciame la lengua con todos         [tus demonios,

con un lento pulsar de las hojas 

    [sobre las aldeas

donde se prepara la tempestad 

    [en los ojos nativos.

En el dorso enrojecido,

al fondo de las bocas

fabrica el surco de pavuras

donde la semilla de maledicencia

se desgarre en islas,

en el pecho innumerable

de un jaguar enmascarado

Como el insecto en el cuenco 

    [de sal, como la carne 

    [del idioma

curtida por tejedoras de un rocío         [pálido e incierto,

esa levedad del hombre 

    [entre dos mundos,

entre dos arcillas que devienen 

    [vanas y laboriosas,

y que vuelven más amarillas las         [aguas en los ojos 

    [del ciervo

si cruza las neblinas, incendiando palabras bosques o insectos

en la boca un moribundo,

-acaríciame la lengua,

y también los silencios,

el dulce manar del tiempo

desde el centro del árbol prodigioso

y puesto a arder en sortilegios 

    [sobre un mapa 

de ganados marchitos;

el agua desdeñosa acaricia,

y el silencio herido por las         [criaturas

que calientan sus corazones 

con el hornillo de palabras;

acaricia, bordado de Benarés,

tierno botón que abre 

    [una centuria

de las cóleras,

los árboles cóncavos del agua

donde la flecha se hace 

    [sonoro espejo

para la prosodia de los adornados,

ráfagas o flechas, panteras con 

    [ojos verdes que cantan

insólitas letanías al árbol desierto     [del amanecer

Acaricia los idiomas entornados         [en los cuerpos,

los largos fuegos arrobados 

    [en el centro del bosque,

los vocablos amatorios que 

    [sobrevivan al devenir

de las plantas acuáticas sobre las 

    [grandes ciudades; 

y acaricia lo fugitivo

la flecha y el fantasma que hace         [miles de años

evita ser herido por la punta 

    [de pedernal,

por el agua que corre por las 

    [piedras para no ser agua. 

Lo demás es otro verbo 

    [por pervertir.

Otro abismo que contemplar. 

La pluma del diablo debe acariciar el corazón,

el agua de los caballos debe 

    [renacer en 

    [los ojos del paisaje.

Acaricia el ala que sale de tus ojos arrancando

con furia, el carbón ancho y 

    [vulnerado de tu silencio

hasta hacerlo florecer en palabras, 

en miles de cuerpos que el mar de     [las constelaciones

devuelve cantando,

renaciendo.

Acaricia el lento collar de 

    [palabras heredadas

después de sentir pavor 

    [en otro cuerpo,

en otro verbo encarnado

sobre el lustro de 

    [las grandes mareas,

acaricia el códice de los jardines         [perfumados,

antes de la estación con la lluvia         [entre los muslos,

antes de que el abejorro nazca 

    [de la estrella

y su lengua se tense en gemelas         [épicas de amapola:

y que los cuerpos concéntricos

se reconozcan en la luz,

y la memoria los ilumine cuando         [los sonidos

espanten pavorosos los rincones         [de la caída;

prehistoria de los cuerpos que 

    [crecen al fondo 

    [de sí mismos,

acarreando voces desde 

    [el fondo de las voces,

mirando las tormentas sin cantar         [o enloquecer;

prohijando flores y hormigas 

    [por igual,

acariciando toda la muerte 

    [que pueda brillar

al fondo del tambaleante 

    [venero de palabras,

río de luciérnagas en el reverbero     [de sombras,

infinito de islas elocuentes 

    [caídas de bruces

en los calendarios presididos 

    [por el sol,

en las aguas pavorosas del sentido.

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