Especial para El Litoral
Hacia el año 2003 la editorial madrileña Amargord me encargó la elaboración de una antología de la nueva poesía argentina. Las primeras pautas, los primeros nombres de poetas que se vinieron a la cabeza, fueron aquellos que pertenecían a la llamada poesía argentina de los noventa, la mayoría de ellos nacidos en Buenos Aires.
Ante este rasgo común también pronto constaté su tendencia objetivista en el uso de la palabra derivada en general de la poesía norteamericana. De inmediato me vino a la cabeza el inicio de un insigne libro de Sarmiento: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión; el desierto la rodea por todas partes…”.
Sin duda, en la llamada poesía argentina de los noventa solo contaban los poetas del “no desierto”, por lo que me pregunté ¿qué, quiénes escribían en ese desierto que rodea al país por todas partes? Y me puse a trabajar, obteniendo un muestrario más o menos federal de la poesía argentina a los que llamé “epifánicos” por su tendencia a lo lírico, a la pérdida de referentes externos de la realidad.
El libro se publicó en 2005, conteniendo treinta y seis poetas argentinos de hasta cuarenta años. Entre esas propuestas aparecía el jovencísimo Ariel Ovando con una voz madura, cargada de simbolismos. Poesía celebratoria, heredera del surrealismo y del barroco americano: “Ante el cántaro de nuestros huesos, invadidos de agua y brote,/ pájaros inclinados sobre carroñas que no son tales:/ palabras que se retuercen, respiran la niebla y sus laberintos/ de pies amarillos, y aún sueñan ser hijas del día de aire y fuego”.
El poeta de Curuzú es muy consciente de la artillería del lenguaje potenciado por la profusión de imágenes que se yuxtaponen y encabalgan, en algunos casos, para urdir un complejo tapiz de ritmos y texturas significativas.
Muestrario mInimo
El espejo a oscuras
Mi poema es hijo de las arañas
discípulo cariñoso de los
[movimientos del cangrejo
que moja la arena sobre
[el tajo efímero,
estría pausada entre dos lunas,
compañero de ebrios
[manteles a rayas,
casi desnudos, envueltos
[por la respiración
húmeda del animalito astral,
alumno piadoso
de las langostas
que en su baile siembran lejanías
de mortales fragmentos arrojados
al sol.
Hijo de las arañas sí,
de la baba de barrocos nudos,
haciendo cantar como ángeles
concéntricos cervatillos
[de la imagen,
sol polvoriento de los dioses
[de piel
ancha y sucesiva:
mi poema como caballos de estío
convocados por blandas campanas
[al agua de la revelación.
Y sí, en mi poema
debería haber un pájaro,
y debería cantar,
convocar los movimientos
[de la lluvia
y las marrones cicatrices
en la tierra de espejos arrasados
hasta los huesos.
Mi poema debe ser luna,
mi poema debe ser río
y un dios con manos de maíz,
un manar, polvo cantante
de las cigarras que asoman
su entraña vibrante con palmeras [del estío.
En mi poema.
no debo ser sino un reptil
con tiempo en lugar de ojos.
Música insular
Acaríciame la lengua con todos [tus demonios,
con un lento pulsar de las hojas
[sobre las aldeas
donde se prepara la tempestad
[en los ojos nativos.
En el dorso enrojecido,
al fondo de las bocas
fabrica el surco de pavuras
donde la semilla de maledicencia
se desgarre en islas,
en el pecho innumerable
de un jaguar enmascarado
Como el insecto en el cuenco
[de sal, como la carne
[del idioma
curtida por tejedoras de un rocío [pálido e incierto,
esa levedad del hombre
[entre dos mundos,
entre dos arcillas que devienen
[vanas y laboriosas,
y que vuelven más amarillas las [aguas en los ojos
[del ciervo
si cruza las neblinas, incendiando palabras bosques o insectos
en la boca un moribundo,
-acaríciame la lengua,
y también los silencios,
el dulce manar del tiempo
desde el centro del árbol prodigioso
y puesto a arder en sortilegios
[sobre un mapa
de ganados marchitos;
el agua desdeñosa acaricia,
y el silencio herido por las [criaturas
que calientan sus corazones
con el hornillo de palabras;
acaricia, bordado de Benarés,
tierno botón que abre
[una centuria
de las cóleras,
los árboles cóncavos del agua
donde la flecha se hace
[sonoro espejo
para la prosodia de los adornados,
ráfagas o flechas, panteras con
[ojos verdes que cantan
insólitas letanías al árbol desierto [del amanecer
Acaricia los idiomas entornados [en los cuerpos,
los largos fuegos arrobados
[en el centro del bosque,
los vocablos amatorios que
[sobrevivan al devenir
de las plantas acuáticas sobre las
[grandes ciudades;
y acaricia lo fugitivo
la flecha y el fantasma que hace [miles de años
evita ser herido por la punta
[de pedernal,
por el agua que corre por las
[piedras para no ser agua.
Lo demás es otro verbo
[por pervertir.
Otro abismo que contemplar.
La pluma del diablo debe acariciar el corazón,
el agua de los caballos debe
[renacer en
[los ojos del paisaje.
Acaricia el ala que sale de tus ojos arrancando
con furia, el carbón ancho y
[vulnerado de tu silencio
hasta hacerlo florecer en palabras,
en miles de cuerpos que el mar de [las constelaciones
devuelve cantando,
renaciendo.
Acaricia el lento collar de
[palabras heredadas
después de sentir pavor
[en otro cuerpo,
en otro verbo encarnado
sobre el lustro de
[las grandes mareas,
acaricia el códice de los jardines [perfumados,
antes de la estación con la lluvia [entre los muslos,
antes de que el abejorro nazca
[de la estrella
y su lengua se tense en gemelas [épicas de amapola:
y que los cuerpos concéntricos
se reconozcan en la luz,
y la memoria los ilumine cuando [los sonidos
espanten pavorosos los rincones [de la caída;
prehistoria de los cuerpos que
[crecen al fondo
[de sí mismos,
acarreando voces desde
[el fondo de las voces,
mirando las tormentas sin cantar [o enloquecer;
prohijando flores y hormigas
[por igual,
acariciando toda la muerte
[que pueda brillar
al fondo del tambaleante
[venero de palabras,
río de luciérnagas en el reverbero [de sombras,
infinito de islas elocuentes
[caídas de bruces
en los calendarios presididos
[por el sol,
en las aguas pavorosas del sentido.