El diario, mi padre y yo | Opinion
ellitoral.com.ar

Lunes 13 de Julio de 2020 CORRIENTES20°Pronóstico Extendido clima_sol

Dolar Compra: $69,50

Dolar Venta: $74,50

CORRIENTES:

El diario, mi padre y yo

imagen_1

Daniel Collinet

Los avisos se tipeaban en los talleres. Y después, se armaban en la agencia. En un tablero enorme sobre el que trabajaba un dibujante, luego de que al redactor de le ocurriera decir tal o cual cosa de un negocio, de un político, una entidad, un banco o un gobierno. Después de que con su mejor cara y mayor sencillez que rozaba la expresión más tímida y a la vez más certera de un artista en estado de composición, le presentaba la idea a quien se la había encargado. Quien se la había encargado era mi viejo. Por encargo de un cliente que se quería mostrar bonito. Y quién después de leer y releer un texto, anulaba algunas palabras y mandaba a bocetar el garabato, para presentárselo más tarde,  al tal cliente,que convencido sacaría de sus ahorros para que su marca se mire en el diario. La magia radica en la idea. Pero también en saber vendérsela al que va a pagar por ella.Y ni hablar del medio en que se publica.  

En aquel entonces, el papel del diario era el mismo que cumple hoy una galería de arte. Y ahí estaban los anuncios cargados de letras que se leían. Se masticaban. Y quedaban para siempre en las personas. Así hacían las marcas para que se las conociera.Por supuesto que si no salían en El Litoral, no existían. Lisa y llanamente. 

Mi niñez y adolescencia pasó entre cartones que exhibían anuncios y litorales que diariamente mostraban el final de obra. Me fascinaba ver el resultado de las ideas. Y leía. Avisos leía. Me enganchaba más eso que un buen libro de cuentos. Tanto que empecé a jugar a qué era publicista. 

La vida me fue animando a animarme. Y  de malas copias realizadas al principio, pasé a una redacción al menos más bonita. Decorosa. Que se hacía papillas cuando caía en manos de Papá. Odiaba el momento y dentro mío puteaba porque el tipo no sabía valorar o no entendía. Entendí yo por supuesto, que muchas veces, como ahora, las palabras redundan y merecen una quita. Después de pasar por las manos del viejo, recién se vendía y se aprobaba lo que, más tarde se publicaba. 

El hombre del traje que a mí entender no comprendía ni jota sobre cómo escribir una coma, tenía el don del olfato, el entendimiento. Y la sabiduría suficiente, para saber que decir y como decirlo. Aunque no fuese él quien  se quemara las pestañas. Su sapiencia venía con una gran pizca de habilidad comercial. Y eso, créanme, no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Mi viejo tenía una debilidad muy grande por la palabra escrita. Toda la vida me dijo que si quería ser o hacer y entender, debía leer el diario. A mí, me bastaba con los avisos, hasta que me quise hacer el conductor y después el periodista. Para no estar tan en bolas, pedía que me soplen al oído. Pero cuando ya no alcanzó con los titulares,  tuve que recurrir al recurrente consejo y empecé a leer en vez de solo hojear. Es increíble lo que esconden esas páginas. Solo así abrís un poco la cabeza. Solo así entendés y empezás a discernir. 

Las últimas balas del Lungo las utilizó, creo, en donde siempre se sintió como pez en el agua. Arrastrado por circunstancias que jorobaron sus magros ahorros, un amigo vino al rescate y lo llevó a tocar el cielo con las manos, mucho antes de su real subida a una nube. Carlos hizo lo que no tiene paga. Le devolvió el alma, al cuerpo del grandulon. Y el hombre puso el alma. Un poco, como muestra de gratitud. Y otro, mucho, porque la pasión por el diario, podía más. 

Yo soñaba con trabajar en la agencia de publicidad que mamé en casa, y poder publicar avisos El Litoral. Creo que mi viejo fantaseo más de una noche de esas en las que se dormía con la radio puesta, con dejar su impronta en algún medio. Probó varias veces con resultados inciertos. Hasta que encontró en el matutino, el mismo gusto y placer  que tenía por su querida Vigencia. Se le notaba al hablar de avisos. Al contar con pasión y admiración sobre sus charlas con redactores y jefes de áreas o secciones. Ni hablar de lo hablado con quiénes estaban y están aún hoy al mando de la nave insignia de la gráfica en la región. 

Hugo, mi padre, se fue hace un tiempo. Pero créanme que  me dejó el más grande de sus tesoros El amor por los anuncios. Y la pasión por El Diario. Lo demás, es puro cuento. 

Por cierto, la vida de hoy, está llena de contadores de realidades paralelas. Pero para contar están otros. 

Para informarse en serio, ahí sigue dando cátedra,  El Litoral.

¿Te gustó la nota?
Comentarios
Logo

El diario, mi padre y yo

Daniel Collinet

Los avisos se tipeaban en los talleres. Y después, se armaban en la agencia. En un tablero enorme sobre el que trabajaba un dibujante, luego de que al redactor de le ocurriera decir tal o cual cosa de un negocio, de un político, una entidad, un banco o un gobierno. Después de que con su mejor cara y mayor sencillez que rozaba la expresión más tímida y a la vez más certera de un artista en estado de composición, le presentaba la idea a quien se la había encargado. Quien se la había encargado era mi viejo. Por encargo de un cliente que se quería mostrar bonito. Y quién después de leer y releer un texto, anulaba algunas palabras y mandaba a bocetar el garabato, para presentárselo más tarde,  al tal cliente,que convencido sacaría de sus ahorros para que su marca se mire en el diario. La magia radica en la idea. Pero también en saber vendérsela al que va a pagar por ella.Y ni hablar del medio en que se publica.  

En aquel entonces, el papel del diario era el mismo que cumple hoy una galería de arte. Y ahí estaban los anuncios cargados de letras que se leían. Se masticaban. Y quedaban para siempre en las personas. Así hacían las marcas para que se las conociera.Por supuesto que si no salían en El Litoral, no existían. Lisa y llanamente. 

Mi niñez y adolescencia pasó entre cartones que exhibían anuncios y litorales que diariamente mostraban el final de obra. Me fascinaba ver el resultado de las ideas. Y leía. Avisos leía. Me enganchaba más eso que un buen libro de cuentos. Tanto que empecé a jugar a qué era publicista. 

La vida me fue animando a animarme. Y  de malas copias realizadas al principio, pasé a una redacción al menos más bonita. Decorosa. Que se hacía papillas cuando caía en manos de Papá. Odiaba el momento y dentro mío puteaba porque el tipo no sabía valorar o no entendía. Entendí yo por supuesto, que muchas veces, como ahora, las palabras redundan y merecen una quita. Después de pasar por las manos del viejo, recién se vendía y se aprobaba lo que, más tarde se publicaba. 

El hombre del traje que a mí entender no comprendía ni jota sobre cómo escribir una coma, tenía el don del olfato, el entendimiento. Y la sabiduría suficiente, para saber que decir y como decirlo. Aunque no fuese él quien  se quemara las pestañas. Su sapiencia venía con una gran pizca de habilidad comercial. Y eso, créanme, no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Mi viejo tenía una debilidad muy grande por la palabra escrita. Toda la vida me dijo que si quería ser o hacer y entender, debía leer el diario. A mí, me bastaba con los avisos, hasta que me quise hacer el conductor y después el periodista. Para no estar tan en bolas, pedía que me soplen al oído. Pero cuando ya no alcanzó con los titulares,  tuve que recurrir al recurrente consejo y empecé a leer en vez de solo hojear. Es increíble lo que esconden esas páginas. Solo así abrís un poco la cabeza. Solo así entendés y empezás a discernir. 

Las últimas balas del Lungo las utilizó, creo, en donde siempre se sintió como pez en el agua. Arrastrado por circunstancias que jorobaron sus magros ahorros, un amigo vino al rescate y lo llevó a tocar el cielo con las manos, mucho antes de su real subida a una nube. Carlos hizo lo que no tiene paga. Le devolvió el alma, al cuerpo del grandulon. Y el hombre puso el alma. Un poco, como muestra de gratitud. Y otro, mucho, porque la pasión por el diario, podía más. 

Yo soñaba con trabajar en la agencia de publicidad que mamé en casa, y poder publicar avisos El Litoral. Creo que mi viejo fantaseo más de una noche de esas en las que se dormía con la radio puesta, con dejar su impronta en algún medio. Probó varias veces con resultados inciertos. Hasta que encontró en el matutino, el mismo gusto y placer  que tenía por su querida Vigencia. Se le notaba al hablar de avisos. Al contar con pasión y admiración sobre sus charlas con redactores y jefes de áreas o secciones. Ni hablar de lo hablado con quiénes estaban y están aún hoy al mando de la nave insignia de la gráfica en la región. 

Hugo, mi padre, se fue hace un tiempo. Pero créanme que  me dejó el más grande de sus tesoros El amor por los anuncios. Y la pasión por El Diario. Lo demás, es puro cuento. 

Por cierto, la vida de hoy, está llena de contadores de realidades paralelas. Pero para contar están otros. 

Para informarse en serio, ahí sigue dando cátedra,  El Litoral.