Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”
En San Lorenzo, departamento de Saladas, sobre el arroyo del mismo nombre funciona la Escuela 101, que es la cabecera de la zona. Allí se desarrolla la historia que les voy a contar.
Algunas construcciones son nuevas y otras muy antiguas que acompañan la tradición del pueblo, que tiene como antecedente la reducción indígena de Santiago Sánchez.
Don Leonardo, así era conocido en el pueblo, tenía muchos hijos; el vivir en el campo era el ambiente propicio para que ello ocurriera.
Los acontecimientos más importantes de la zona eran los casamientos, velorios, novenas, reuniones de días patrios en la plaza con alambre del pueblo para que los animales no coman las plantas, como última diversión esperar en la estación del tren Urquiza que pasara el que venía o iba a Buenos Aires, saludando a pasajeros, y en algunas ocasiones recibían algún diario que venía de la capital de regalo.
La apacible vida transcurría sin demora alguna, trabajo, algún baile en las pistas La Correntina o Lito, uno que otro asado, procesión el 10 de agosto, partido de fútbol entre los maestros de la zona. Sin embargo, la desgracia anda suelta sin cuidado alguno, no avisa para nada, llega nomás. Desde que compró la antigua casa en el pueblo nunca nadie vio a Leonardo hacer ninguna ostentación. Hombre prudente, más bien silencioso, buen padre; de trabajo, digamos. Con el fin de festejar los quince de su hija compró un vaca, linda, con la cual haría un asado a la noche; la carneó con ayuda de algunos vecinos, hizo el correspondiente reparto y para el almuerzo ya estaban comiendo como anticipo un “avance” de lo que vendría a la noche. Repito: la desgracia no avisa. El animal estaba enfermo, su mujer, él y sus hijos murieron intoxicados rápidamente, el mismo destino para sus beneficiados vecinos, aunque hay que rescatar que algunos se salvaron por la rápida intervención de un médico que de casualidad estaba en la localidad, que no dio abasto cuando llegaron a lo de Leonardo, el espectáculo era dantesco, muchas criaturas tiradas en el patio en posiciones que demostraban dolor y sufrimiento.
Aunque dicen algunos hombres del lugar que antes de morir Leonardo enterró sus pertenencias, oro y plata. Algunos buscaron en el lugar por los dimes y diretes. En realidad se dieron cuenta que nadie sabía de dónde vino don Leonardo. Enterrados los muertos por la caridad del pueblo, aunque el campo valía algo, la casa quedó abandonada por la creencia de que los fantasmas la habitaban y la tragedia que acompañaba su historia.
El tiempo siguió su curso. Por fin apareció un corajudo que compró la vieja casa, Nemesio. Trajo un cura, pidió que la bendiga, prendió las velas por siete días y por si acaso nomás vino la curandera del lugar a meter mano en algún exorcismo para que descansen en paz los muertos.
Nemesio se dio a la tarea de remodelar su propiedad, no se sentía tranquilo. A veces se preguntaba si era o no cierto que el propietario anterior escondió un tesoro. En la tarea de arreglar la casa advirtió que se estaba hundiendo el marco principal de la puerta de entrada, cediendo el piso y la madera de abajo demostraba el paso de los años que la fue carcomiendo. Como encontró muchos pozos realizados por los buscadores de tesoros, atribuyó la causa a uno de ellos. Apuntaló la puerta que seguramente por su tamaño había pertenecido a la antigua Mansión de Invierno que existió en Empedrado, cuyo desmantelamiento fue realizado con trabajo de hormiga; el marco era grande, pero grande. Sacó la madera de abajo y para su sorpresa encontró apilados ceremoniosamente siete lingotes de oro puro.
No podía creer lo que veía. Rápido echó tierra y enfiló para otro lugar donde estaban sus ayudantes. “Mañana terminamos la puerta”, agregó. A la noche, con ausencia de testigos fue trasladando los lingotes de a uno a un lugar seguro. Tenían un sello especial que no conocía: un águila abierta y palabras raras; lo copió más o menos y se dirigió a la casa de don Bauffman, para evitar sospechas, porque el hombre era un señor preparado, armó bien su relato. “Mire, don Bauffman, cuando estuve en Buenos Aires, en la Avenida de Mayo (donde van todos los correntinos) vi un dibujo más o menos así en unas monedas”, siguió. El otro lo miró sospechosamente y contestó: “Eso es el símbolo del Tercer Reich”, dándole una explicación somera de lo que significaba. Recordaba el Nemesio haber escuchado que en el carrizal cercano a San Lorenzo había llegado la autoridad a investigar un transmisor sobre actividades raras nazis en la zona; no tenía idea de qué se trataba. Agradeciendo a su interlocutor, se retiró y se dirigió a su casa. El hombre prudentemente se dirigió a Corrientes en el tren con un cajón con mercaderías, en tercera clase, llevando oculto un lingote que fue a vender a una joyería conocida de la época.
Nemesio nunca volvió ni se supo nada de él. Dicen que personas extrañas llegaron a su casa con una autorización que tenía muchos sellos, llevaron un bulto y tal como llegaron, desaparecieron. Otros afirman que lo vieron en la Central muy golpeado y que cantó todo lo que sabía, luego —repito— desapareció y nadie encontró jamás su cuerpo.
El joyero antes de morir le contó a uno de sus hijos que cuando estaba negociando con Nemesio, un hombre de traje negro, sombrero y cara de muy peligroso tomó a Nemesio del brazo, puso el lingote en un portafolio, amenazó al joyero que no abriera la boca. Adiós Nemesio y su oro, robado a los judíos durante el holocausto. El joyero conocía el origen del oro por el sello de los bancos suizos. Oro maldito se llamaba en el mundo mucho tiempo después.
Quién o quiénes trajeron el oro a estas tierras todavía nadie dio una explicación certera. Un dicho —y viene bien a cuento— sostiene que algunos de los que vinieron después de la Segunda Guerra o entre guerra tenían vínculo con el Tercer Reich. Una jovencita que habitaba por esos lugares relató a su maestro que escuchó una conversación entre don Iptani y don Balán. El primero vestido de traje muy elegante invitaba a Balán a viajar a Bariloche porque, sostuvo, murió el “jurer”. ¿Se trataba de Hitler? Probablemente, de allí la conexión con los misteriosos lingotes que se desparramaron por la Argentina, si unimos el carrizal Saladas Corrientes, más los movimientos sospechosos, se cierra el círculo.
En cuanto a la casa abandonada, en algunas noches se observa que es visitada por una sombra, nadie duda de que el alma del Nemesio pasee por ella, o ¿será otro?