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La performance, el cuerpo como arte

Serie de notas sobre diferentes movimientos del arte contemporáneo con conceptos claros para todos.

Por El Litoral

Domingo, 27 de junio de 2021 a las 01:03

Por Julio Sánchez Baroni (*)

Nació en Villa Ángela, Chaco, es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Buenos Aires, ha sido docente de la Universidad de Nueva York y actualmente de la Universidad Nacional del Nordeste. Escribe crítica de arte en diferentes medios (La Maga, La Nación, Clarín) y es director de la revista digital NAÉ, Nuestro Arte de Enfrente, editada por la Fadycc (Unne)

Especial para El Litoral

Algunos artistas utilizaron su propio cuerpo como un terreno de experimentación estética. Performance es el término genérico para designar toda acción artística hecha por un artista con su propio cuerpo y ayudado por entornos y materiales diversos. Es considerada por muchos teóricos como una forma de arte conceptual, ya que muchas veces de la performance (sea pública o privada) solo queda su documentación. 

El francés Yves Klein fue un precursor, su Salto al vacío (1960) era la fotografía (trucada) donde se lo veía arrojarse con los brazos en ángel al pavimento como una forma de mostrar la importancia del vacío y la necesidad de tomar decisiones que no admiten vuelta atrás. Tampoco se pueden olvidar sus Antropometrías, verdaderos ritos con mujeres embadurnadas de pintura azul que imprimían sus siluetas en telas blancas como si fueran pinceles humanos mientras una orquesta tocaba música compuesta por el mismo Klein.

La performance es un pariente muy cercano de la danza y el teatro, en los Estados Unidos Robert Rauschenberg trabajó con Merce Cunningham y su Dance Company (1955-1965), su pieza Pelican (1963) fue un hito, en ella el mismo artista patinaba provisto de un dispositivo semejante a un paraguas-paracaídas al compás de su propia grabación de sonidos de la radio, la televisión y el cine. El artista se entusiasmaba con la improvisación pública y afirmaba que “el teatro es una de las formas más puras y exigentes del arte pues no hay separación entre vida y obra, mientras que el individuo es el medio”. 

En la década del 70 muchos fueron los que realizaron performances, a tal punto de convertirla en una forma característica de este período. El crítico Jack Burnham consideraba que “la erosión en las artes plásticas hacia el teatro fue en progreso desde principio de siglo, y nunca fue tan evidente como cuando los críticos describían en detalle las actividades de Pollock y de Kooning frente o sobre las telas. Por siglos el artista eligió su subjetividad como el mejor tema y en muchos casos como el tema más legítimo”. 

La performance fue para los artistas plásticos un área que no estaba cargada de tradición, parecía la liberación definitiva del objeto y permitía que cualquier material sirviera a sus propósitos. La duración de una performance no tenía límites establecidos, podía hacerse en cualquier lugar y había un contacto directo con los espectadores. El artista ejercía un pleno control sobre la forma de exhibición y consumo de su trabajo sin la mediación de críticos, curadores o galeristas. En resumidas cuentas, este nuevo arte parecía ofrecer las posibilidades más óptimas para dejar de concebir el arte como un objeto suntuario y convertirlo en comunicación visual pura, un vehículo genuino de ideas en acción.

El alemán Joseph Beuys (1921- 1986) fue quien hizo las performances más potentes, con una personalidad fascinante y un concepto chamánico del arte. Salvado de la muerte por una tribu nómade de tártaros cuando su avión fue derribado, Beuys fue envuelto en grasa y fieltro para poder sobrevivir. Desde entonces esos fueron sus materiales emblemáticos. Se consideraba no un artista sino un transmisor que encontraba en el arte un medio para cambiar las condiciones de vida del hombre en pos de una actitud menos materialista y más espiritual. En 1965 realizó “Cómo explicarle cuadros a una liebre muerta”; cubierta su cabeza de miel y laminillas de oro, el artista le susurraba a una liebre moribunda mientras un auditorio apenas podía escuchar lo que sucedía. Beuys planteaba que una liebre moribunda tenía una energía potencial que podía ser despertada con amor y paciencia, y lo mismo podía suceder con los seres humanos.

Naum June Paik, nacido en Corea, hizo su carrera en Alemania y los Estados Unidos; comenzó como pianista clásico y compositor de música electrónica hasta que en 1960 se volcó al video para explorar y expandir el potencial visual de la música. Proclamaba que “así como la técnica del collage había reemplazado al óleo, los rayos catódicos reemplazarían a la tela”, y a partir de 1970, junto a Suya Abe, Paik inventó un video sintetizador que le permitía hacer sus propios collages de imágenes. Transformaba la pantalla en un verdadero campo de acción artística cuyo elemento principal era la luz a la vez que subvertía una tecnología que concebía su audiencia como pasiva, en un medio que respondía a la voluntad del creador. Creó una serie de performances semieróticas para la cellista Charlotte Moorman que tocaba su instrumento provista con un corpiño hecho de dos monitores de TV en miniatura.

Chris Burden (1946-2015) desafiaba la muerte en cada una de sus performances, en 1971 se encerró cinco días en un locker de 2 x 2 x 3 pies, el mismo año hizo Shooting Piece, en la que un intrépido amigo le disparó un revólver apuntando a su brazo a quince pies de largo; el tiro, en vez de rozarlo, le arrancó un buen jirón de carne. Burden decía calcular sus riesgos y encontrarlos muy energizantes. A la vez estaba “poniendo en escena algunos clásicos americanos, como matar gente”, y “averiguando qué se siente cuando alguien te dispara”. 

Portal al Paraíso fue una performance de 1973 en la que Burden unió dos cables eléctricos en su pecho, “se cruzaron y explotaron, quemándome, pero salvándome de ser electrocutado”, relató el artista. 

Un par de ingleses conocidos simplemente como Gilbert and George (1942/1943 - presente) se proclamaron a sí mismos como “esculturas vivientes”; vestidos como trajes muy formales y con las manos y rostros untados de pintura metálica se ubicaban sobre una base y remedaban muñecos mecánicos cantando canciones pasadas de moda. Para ellos su vida era una perfecta continuidad con su arte. Con mayor o menor fortuna, el cuerpo sigue siendo hasta hoy el soporte de investigaciones poéticas y artísticas.

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