Por Rodrigo Galarza
Especial para El Litoral
La primera vez que oí una cita del Martín Fierro fue en boca de Pedro Salazar, mi abuelo materno. El Hito, como lo llamábamos, había sentenciado para apaciguar al corrillo de nietos que nos peleábamos por “el corazón” de la sandía recién partida: “Los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera; / tengan unión verdadera / en cualquier tiempo que sea, / porque si entre ellos pelean / los devoran los de afuera”.
Con la sonrisa y parsimonia que le caracterizaba, el Hito dijo que la sentencia era de Fierro. Recuerdo que mis diez u once años no me permitieron comprender a qué refería con fierro y menos esas palabras dichas en medio de la tórrida siesta de verano bajo la sombra de un mango, allá en Mburucuyá, cuando una sinfonía enloquecida de chicharras hacía vibrar el aire, las abejas se disputaban el vino secreto del parral, y el “uhú” de las palomas narcotizaba a las lagartijas casi convertidas en piedra.
La nietada aguardaba impaciente que el abuelo se levantara de la siesta (la abuela lo hacía antes). Lo veíamos atravesar el largo corredor con baldosas negras y blancas dispuestas como tabla de ajedrez; y ahora que me viene a la memoria su imagen podría decir que el Hito era un rey, un rey que se movía de un modo muy particular: un espléndido criollo, piel de tabaco y robustez de timbó; de hablar pausado, a través del cual morosamente desgranaba un castellano preciso.
“Ahí viene, ahí viene” decíamos al unísono los nietos, mientras cada uno intentaba lograr una buen sitio alrededor de una mesada dispuesta bajo un frondoso mango.
Y el portoncito que dividía los patios rezongaba al girar sobre sus goznes.
El Hito agarraba la sandía (lisa u overa) y la hacía girar transversalmente o la ponía de pie buscando el mejor lado para cortarla; en tanto nosotros seguíamos impacientes el movimiento de sus manos hasta que la partía; y muchas veces la propia fruta en su punto culmen de madurez, se partía sola emitiendo un ruidito que prometía ambrosía.
Había algo de disposición clerical en las manos del abuelo, como si el ritual de partir la sandía no fuera solo eso, sino repartir dones de la tierra venido de lo alto. Los cierto es que sus apóstoles, de variadas edades y procedencias (Mburucuyá, Caá Catí, Corrientes, Concordia) sabíamos que si nos distraíamos, el abuelo, en su afán de ser el primer degustador, no tenía más remedio… que hincar en el corazón de la sandía.
No pasó mucho tiempo y el abuelo volvió a mencionar al Martín Fierro, esta vez durante un almuerzo bajo otros mangos. Contó que en el libro los consejos del Viejo Vizcacha eran muy graciosos pero que era mejor seguir los de Fierro.
Si bien en las comidas se hablaba de todo, a mí me quedó resonando lo de “Fierro”. Recordé que un primo venido de Buenos Aires había dicho esa palabra pero refiriéndose al hierro. ¿Quién era ese tal Martín Fierro que ocupaba la cabeza llena de libros de mi abuelo? Habría que descubrirlo, ir hacia él… y no tardé en hacerlo.
En la biblioteca había dos ediciones: creo recordar una de Losada y otra de lujo. Me prendí por la segunda. Aún recuerdo la fascinación al abrir el libro: la calidad de sus tapas, la tipografía con letras capitales, la textura de sus hojas y, como si fuera poco, unas impactantes ilustraciones que muchos años después comprendí que fueron hechas por el maestro mendocino Carlos Alonso.
Con el libro-objeto en la mano busqué un lugar fresco para leerlo. El lugar elegido fue un rincón casi en penumbras del living. Allí, tirado en el suelo, me dispuse a conocer a ese personaje que tanto fascinaba a mi abuelo; pero pronto descubrí que ese tal Martín Fierro hablaba raro, o, mejor dicho, “en difícil”, tan difícil como tratar de entender por qué según las leyes de Newton una pluma cae a la misma velocidad que una palta.
Debo confesar que, aunque me sentí un tanto derrotado, la vigorosidad de las litografías (hoy las nombro así) me mostraron la impronta de un gaucho que de algún modo había visto en las yerras de mi abuelo Teodomiro.
La comprensión del Martín Fierro vendría muchos años después, mientras tanto el abuelo Hito nos ilustraba sobre episodios de historia argentina que conocía en profundidad, ya que él mismo era investigador. Recuerdo cuando nos hablaba de Urquiza y de Rosas, de Facundo Quiroga, del Chacho Peñaloza; de las batallas de Pago Largo, Caá Guazú, Laguna Limpia, etc; de la habilidad estratégica del manco Paz. Mis primos mayores seguramente entendían mejor que yo los temas, pero aún hoy recuerdo el timbre de su voz, sus pausas, su calada al cigarro, la pasión con que relataba cada episodio como si él hubiese sido testigo.
Mientras escribo aquí en Madrid estas palabras para vos, querido lector de El asaltante…, me llega el canto del zorzal de pecho colorado que anidaba en el mango, amoité, en Mburucuyá, cuando el patio era el mundo y alguien empezaba a abrir los ojos.
¡Salud, poesía y libaciones!
***
De niño tenía una pelota azul
creía que era el mundo rodando a mis pies.
Hoy ruedo a los pies del mundo
creyendo todavía en aquel niño.