Por Rodrigo Galarza
Especial para El Litoral
Tal como dice Castel, el protagonista de El túnel de Ernesto Sábato: “Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué”, quizá el lector de El asaltante…recordará (o creerá recordar) que alguna vez nos acercamos a la obra de un valioso poeta de Corrientes llamado Carlos Viola Soto. En aquella nota remarcábamos la dificultad a la que me tuve que enfrentar para recabar una mínima información biográfica y más aún para poder acceder a sus poemarios: tras una intensa búsqueda en la red di con una pista que indicaba que Equinoccio (1952) y Periplo (1954) pertenecían al catálogo de la biblioteca de la Fundación March de Madrid. Debo confesar que aunque parecía alentador el descubrimiento no estaba seguro de que los libros estuvieran realmente accesibles, por lo que seguí con la pesquisa hasta dar con el dato de que supuestamente ambos poemarios se hallaban allí por pertenecer a la biblioteca personal de Julio Cortázar.
A partir de saber que la biblioteca personal de Julio Cortázar estaba en la Fundación March, me surgió por supuesto la pregunta ¿por qué allí? Más tarde pude enterarme de que Aurora Bernárdez, primera esposa y albacea del Cronopio, la había donado.
Constatar este hecho me planteó muchas cuestiones acerca de cómo nuestro bendito país protege sus activos culturales. Recordé lo que sucedió cuando apareció el manuscrito del Martín Fierro que estuvo a punto de ser vendido a una universidad alemana ya que el gobierno argentino no quería pagar la suma exigida por quien lo tenía. Lo cierto es que un coleccionista particular pagó los 120.000 dólares para posteriormente donarlo al Museo Histórico Nacional.
La pesquisa me llevó a constatar que los poemarios de Viola Soto se hallaban físicamente en la biblioteca, en el apartado de libros dedicados al autor de Rayuela. En ese sentido no me sorprendió tanto que el poeta correntino le hubiese dedicado sus libros ya que sabía de la amistad que ambos habían sostenido antes de que Cortázar se exiliara en Francia.
La llamada a la Fundación March no se hizo esperar, tampoco el buen hacer de la encargada correspondiente que de inmediato me invitó a que me acercara a la biblioteca para disponer in situ de los libros el tiempo que fuera necesario.
Al día siguiente acudí a la cita. Me recibió un moderno edificio con elegantes auditorios, salas de exposiciones y una amplia biblioteca.
Al anunciarme en la sección Julio Cortázar, explicando el motivo de mi visita, me salió al paso una mujer de mediana edad muy afable que tras constatar mi nombre me dijo que la siguiera, que me estaba esperando. En el breve recorrido entre anaqueles me preguntó el porqué de mi interés por estos libros, y sí estaba escribiendo alguna tesis.
Los poemarios estaban, cada uno, dentro de un envoltorio plástico etiquetado. Al entregármelos, la mujer me deseó suerte y me recomendó “mucho cariño” en el uso; luego me indicó un escritorio.
Abrí Equinoccio y leí: “a Julio Cortázar, gran amigo, con el cariño y la admiración de” y debajo la firma del poeta con la fecha en números romanos: 26/3/52.
No viene mal recordar a nuestros lectores que el poeta correntino Carlos Viola Soto profundizó su conocimiento sobre poesía contemporánea. Su “hacer” no solo se limitó a la producción poética sino también a la escritura de ensayos y a la traducción, colaborando asiduamente en la revista Sur y en los principales diarios del país. Junto a Alberto Girri publicó, en 1956, Poesía italiana contemporánea (Traducción, selección y notas) y en 1963 su canónica traducción y selección Antología poética de Ezra Pound. Además de algunas traducciones de Paul Claudel.
Una a una fui escaneando con el celular las páginas de ambos libros; aunque no podía, cada tanto, evitar detenerme en la fuerza expresiva de su palabra, a veces solemne, culturalista; otras irreverente; leía por ejemplo: “Es verdaderamente inútil/ que te vistas de novio/ para acudir a los prostíbulos./ El arte y el tedio son juegos de paciencia,/ hermanos menores de la astrología,/ la caza de los remordimientos/ un deporte de invierno” o “Y pálidos cuerpos/ en los museos y en la calles/ escarbando/ escarbando/ Oh la plegaria, señor, es como el fuego/ todo lo consume/ todo menos la ceniza”.
La voz del bibliotecario me sustrajo de la lectura; era tiempo de devolver los libros o bien regresar por la tarde. Con el mismo cuidado con que la mujer me había entregado los ejemplares se los devolví muy agradecido. Muy agradecido de poder llevar en la memoria del teléfono la voz de un poeta correntino que llegaba a mí casi setenta años después de su publicación, y como si fuera poco, me llegaba desde la biblioteca personal de Julio, el Cronopio mayor.
¡Salud, poesía y libaciones!
Muestrario mínimo
A un poeta de la época
Quisieras abolir la musgosa prosodia,
decidirte por la oscura sintaxis,
alegremente malévola, de la verdad desnuda,
encenderte de cólera y acariciar períodos
con brutalidad de reciente marido.
Pero la vieja musa de picante polvo
te hace estornudar violentamente
y eliges las sonoras metáforas
para vengarte de tu orfandad.
Quizás en la rosada cáscara
de injustas evocaciones,
en la sutil letargia
de un recuerdo mal aprendido,
te alegrarás de to pequeña inmortalidad.
Una hoja seca contiene el destino de los dictadores,
como las bocas agudamente implícitas
contienen espantosas inhibiciones.
Es verdaderamente inútil
que te vistas de novio
para acudir a los prostíbulos.
El arte y el tedio son juegos de paciencia,
hermanos menores de la astrología,
la caza de los remordimientos
un deporte de invierno.