Los números son atroces. Desde 2020 y hasta el domingo pasado se quemaron 997.721 hectáreas sobre un total de 2,3 millones que posee el delta del Paraná. Comparaciones para dimensionar el territorio arrasado por el fuego: habría que multiplicar 55 veces la superficie de Rosario o 49 la de Caba para llegar a ese número incendiado en los últimos treinta y dos meses.
Las llamas que envuelven el humedal afectan a una de las biodiversidades más ricas del país. El área es el hábitat de 567 especies de vertebrados, además de numerosas especies de aves y peces migratorios.
Todo es parte de un ecosistema que representa el 21,5% del territorio argentino, un reservorio de recursos naturales que son de vital importancia para moderar los efectos del cambio climático.
Los incendios que avanzan sobre todo ese territorio, que se extiende desde la capital de Santa Fe y hasta Campana, provocan otras afectaciones. Rosario se ha convertido, por el avance del humo, en escenario central de una problemática sanitaria. No es la única ciudad que sufre ese impacto.
El intendente Pablo Javkin estimó que, entre las localidades del sur santafesino y el norte bonaerense comprometidas por la contaminación ambiental, son alcanzadas entre 1,6 y 1,8 millón de personas. Un drama diario y persistente. A comienzos de esta semana la visibilidad en algunas zonas de la ciudad era casi nula. Una postal que evidencia el deterioro en la calidad de vida.
Estudios de la Universidad Nacional de Rosario indican que la población respiró un aire con altos niveles de contaminación que, en algunos momentos, llegó a exceder 17 veces el límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Para el médico alergista Carlos Crisci la polución de los últimos días es más nociva que aquella que sufren ciudades asiáticas como Pekín.
Frente a esa situación el ministerio de Salud sugirió evitar las actividades físicas en las escuelas y recomendó el uso del barbijo, que en los últimos días volvió a ser requerido en las farmacias: se registró un aumento en las ventas de ese producto de un 40 por ciento.
El drama está expuesto en esos datos. O al menos una parte, aquella que se puede cuantificar. Hay otras aristas que ni siquiera los especialistas se atreven a dimensionar. Un ejemplo: el tiempo que llevará al humedal recuperarse, siempre y cuando cesen las quemas y las condiciones naturales colaboren. Podrían ser décadas.
Tampoco está claro cuál es la afectación en la población ante la persistente inhalación de humo. Es un escenario inédito y sólo el tiempo permitirá a los médicos constatar el impacto en la salud. Así de inquietante. Ya comienzan a advertirse consultas en la que se verifica la presencia de sustancia tóxicas venenosas en algunos pacientes.
(EN)